canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 94
literatura fantástica
Juego de tronos
El rostro acudió rápidamente a su memoria, la cara de un niño, aunque ya no era ningún niño.
Su padre había muerto hacía varios años, de manera que era Lord Baelish, pero lo seguían llamando
Meñique. Edmure, el hermano de Catelyn, le había puesto aquel apodo hacía mucho tiempo, en
Aguasdulces. Las modestas posesiones de su familia se encontraban en el más pequeño de los Dedos,
y además Petyr era flaco y menudo para su edad.
—Lord Baelish estaba... eh... —Ser Rodrik carraspeó y se perdió en la búsqueda del
término más educado. Pero Catelyn estaba por encima de la cortesía.
—Era el pupilo de mi padre, pasamos la infancia juntos en Aguasdulces. Para mí era como
un hermano, pero sus sentimientos eran menos... fraternales. Cuando se anunció mi compromiso
con Branden Stark, Petyr lo desafió por el derecho a mi mano. Fue una locura. Brandon tenía
veinte años, Petyr apenas quince. Tuve que suplicarle a Brandon que le perdonara la vida; lo dejó
escapar con tan sólo una cicatriz. Después mi padre lo expulsó. No he vuelvo a verlo desde
entonces. —Alzo el rostro hacia la brisa, como si el aire fresco pudiera borrar los recuerdos—. Me
escribió a Aguasdulces cuando asesinaron a Brandon, pero quemé la carta sin leerla; entonces ya
sabía que Ned se casaría conmigo en lugar de su hermano.
—Ahora Meñique es miembro del Consejo Privado del rey —dijo Ser Rodrik mientras
volvía a intentar acariciarse los bigotes inexistentes.
—Sabía que llegaría lejos —asintió Catelyn—. Siempre fue muy listo, incluso de niño,
pero una cosa es ser listo y otra ser inteligente. ¿Cómo lo habrán tratado los años?
Muy por encima de ellos, el vigía gritó algo desde su puesto. El capitán Moreo se acercó
por la cubierta, repartiendo órdenes a diestro y siniestro, y a su alrededor el Danzarín de las
Tormentas se vio inmerso en una vorágine de actividad mientras Desembarco del Rey se
empezaba a divisar sobre las tres altas colina s.
Catelyn sabía que hacía trescientos años las colinas estaban pobladas de bosques, y tan
sólo un puñado de pescadores vivía en la orilla norte del Aguasnegras, donde aquel río profundo y
rápido desembocaba en el mar. Fue entonces cuando Aegon el Conquistador llegó en barco desde
Rocadragón. Allí fue donde su ejército pisó tierra y allí, en la colina más alta, construyó su
primera y rudimentaria fortificación de madera y barro.
En aquellos momentos la ciudad cubría la playa hasta donde alcanzaba la vista de Catelyn.
Había mansiones, glorietas, graneros, almacenes de ladrillo, posadas de madera, tenderetes
callejeros, tabernas, cementerios y burdeles; cada edificación apoyada en las contiguas. Hasta sus
oídos, pese a la distancia, llegaba el griterío del mercado de pescado. Entre los edificios había
calles anchas bordeadas de árboles, callejuelas serpenteantes y callejones tan estrechos que dos
hombres no los podían recorrer hombro con hombro. En la cima de la colina de Visenya se alzaba
el Gran Sept de Baelor, con sus siete torres de cristal. Al otro lado
de la ciudad, en la colina de Rhaenys, se divisaban los muros ennegrecidos del Pozo
Dragón, cuya enorme cúpula estaba derrumbada y no era ya más que una ruina, tras las puertas de
bronce que llevaban más de un siglo cerradas. La calle de las Hermanas iba de una estructura a la
otra, recta como una flecha. A lo lejos se alzaban los muros de la ciudad, altos y fuertes.
A lo largo de la dársena se alineaban un centenar de muelles, y el puerto estaba lleno de
barcos. Continuamente iban y venían botes pesqueros de altura y fluviales, los barqueros
realizaban una y otra vez el trayecto entre las dos orillas del Aguasnegras, y las galeras mercantes
descargaban productos de Braavos, Pentos y Lys. Catelyn divisó la engalanada barcaza de la
reina, amarrada junto a un ballenero panzón del Puerto de Ibben con el casco alquitranado,
mientras que, río arriba, una docena de navíos de guerra dorados y esbeltos reposaban sobre sus
cascos, con las velas recogidas y los crueles espolones de acero lamidos por el agua.
Y dominándolo todo, observándolo todo de forma amenazadora desde la alta colina de
Aegon, estaba la Fortaleza Roja: siete torres enormes, achatadas y coronadas por baluartes de
hierro; una inmensa barbacana de aspecto macabro; salas abovedadas, puentes cubiertos,
barracones, mazmorras y graneros; gruesos muros horadados de aspilleras para los arqueros...
todo en piedra de un color rojo claro. Aegon el Conquistador había dirigido su construcción. Su
hijo, Maegor el Cruel, la había finalizado. Después ordenó cortar la cabeza a todos los artesanos,
albañiles y carpinteros que habían trabajado en ella. Juró que sólo los que llevaran la sangre del
dragón conocerían los secretos de la fortaleza que los Señores Dragón habían construido.
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