canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 93
literatura fantástica
Juego de tronos
CATELYN
—Llegaremos a Desembarco del Rey en menos de una hora.
—Tus remeros nos han prestado un gran servicio, capitán —dijo Catelyn mientras se apartaba
de la borda forzando una sonrisa—. Cada uno de ellos recibirá un venado de plata como muestra de mi
gratitud.
—Sois demasiado generosa, Lady Stark. —El capitán Moreo Tumitis hizo una breve
reverencia—. La única recompensa para ellos es el honor de transportar a una dama de vuestra
alcurnia.
—Pero seguro que aceptarán la plata.
—Como deseéis —dijo Moreo con una sonrisa.
Hablaba a la perfección la lengua común, con apenas un deje tyroshi. Le contó que llevaba
treinta años surcando el mar Angosto, al principio como remero, luego como oficial, y al final como
capitán de galeras mercantes propias. El Danzarín de las Tormentas, una galera de dos mástiles y
sesenta remos, era su cuarta nave y la más rápida de todas.
Era sin duda la nave más rápida disponible en Puerto Blanco cuando Catelyn y Ser Rodrik
Cassel llegaron tras su agotadora cabalgada río abajo. Los tyroshis tenían fama de avaros, y Ser Rodrik
habría preferido alquilar una chalupa pesquera en Tres Hermanas, pero Catelyn insistió en hacerse con
la galera. Fue una suerte. Habían tenido el viento en contra la mayor parte del viaje, y sin los remos de
la galera en aquellos momentos todavía estarían pasando por los Dedos, en vez de volar hacia
Desembarco del Rey y el final del viaje.
«Falta muy poco», pensó Catelyn. Los dedos heridos por la daga aún le palpitaban bajo las
vendas de lino. Sentía como si el dolor la espolease, le impidiera olvidar. No podía doblar el dedo
anular ni el meñique de la mano izquierda, y jamás recuperaría plenamente el movimiento de los otros
tres. Pero era un bajo precio por la vida de Bran.
Ser Rodrik apareció en cubierta en aquel momento.
—Mi buen amigo —saludó Moreo a través de su barba verde. A los tyroshis les gustaban los
colores vivos hasta en el vello facial—. Me alegra constatar que tienes mejor aspecto.
—Sí —asintió Ser Rodrik—. Hace casi dos días que no deseo morir. —Hizo una reverencia
ante Catelyn—. Mi señora...
Era verdad que tenía mejor aspecto. Estaba un poco más delgado que cuando zarparon de
Puerto Blanco, pero casi volvía a ser él mismo. Los fuertes vientos del Mordisco y las inclemencias
del mar Angosto no le
habían sentado bien, y a punto estuvo de caer por la borda cuando una tormenta estalló sobre
ellos de manera inesperada en Rocadragón, pero consiguió aferrarse a un cabo hasta que tres hombres
de Moreo lograron rescatarlo y ponerlo a salvo bajo cubierta.
—El capitán me decía que falta poco para que lleguemos —dijo Catelyn.
—¿Tan pronto acaba el viaje? —Ser Rodrik esbozó una sonrisa irónica.
Tenía un aspecto extraño sin sus poblados bigotes blancos. Parecía más menudo, menos
imponente y diez años más viejo. Pero en el Mordisco se había impuesto la lógica y se sometió a la
navaja de afeitar de un marinero, después de que se le ensuciaran por tercera vez cuando vomitó por
encima de la borda.
—Os dejaré solos para que habléis de vuestros asuntos —dijo el capitán Moreo. Hizo una
reverencia y se alejó.
La galera surcaba las aguas como una libélula, los remos subían y bajaban a un ritmo
impecable. Ser Rodrik se agarró a la borda y contempló la orilla.
—No he sido un protector muy valiente.
—Estamos aquí, Ser Rodrik, y a salvo —dijo Catelyn tomándole el brazo—. Es lo único que
importa. —Metió la mano entre los pliegues de la túnica, con los dedos rígidos, buscando algo. Aún
tenía la daga. Necesitaba tocarla de cuando en cuando para recuperar la seguridad—. Ahora tenemos
que encontrar al maestro armero del rey, y rezar para que sea de confianza.
—Ser Aron Santagar es un hombre engreído, pero honrado. —Ser Rodrik hizo gesto de
acariciarse los bigotes, para descubrir una vez más que ya no los tenía. Aquello siempre lo
desconcertaba—. Puede que reconozca la daga, sí... Pero en el momento que pisemos tierra estaremos
en peligro, mi señora. En la corte hay muchos que conocen vuestro rostro.
—Meñique —murmuró Catelyn entre dientes.
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