canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 99

literatura fantástica Juego de tronos JON El patio resonaba con la canción de las espadas. Bajo la lana negra, el cuero tratado y la cota de mallas, el sudor corría helado por el pecho de Jon, que forzó más el ataque. Grenn se tambaleó hacia atrás, tratando de defenderse con torpeza. Cuando alzó la espada, Jon aprovechó el hueco para lanzar un ataque con un movimiento de barrido que dio a su contrincante en la pierna y lo dejó cojeando. Al golpe descendente de Grenn respondió con otro ataque por encima del hombro que le abolló el casco. Cuando Grenn intentó un ataque lateral, Jon lo desvió y le golpeó en el pecho con el antebrazo envuelto en mallas. A continuación le asestó un mandoble en la muñeca que le arrancó un grito de dolor y le hizo soltar la espada. —¡Ya basta! —Ser Alliser Thorne tenía una voz más cortante que el acero valyriano. —El bastardo me ha roto la muñeca —dijo Grenn apretándose la mano. —El bastardo te ha dejado cojo, te ha abierto esa cabeza hueca que tienes y te ha cortado la mano. O es lo que te habría hecho si estas espadas tuvieran filo. Por suerte para ti la Guardia necesita también mozos de cuadra, no sólo guerreros. —Ser Alliser hizo un gesto en dirección a Jeren y a Sapo—. Poned de pie al Uro, tiene que preparar un funeral. Jon se quitó el casco mientras los demás chicos ayudaban a Grenn a levantarse. Le gustó la sensación del aire gélido de la mañana en el rostro. Se apoyó en su espada, respiró hondo y se permitió disfrutar un momento del sabor de la victoria. —Eso es una espada, no el bastón de un anciano —le dijo Ser Alliser con brusquedad—. ¿Te duelen las piernas, Lord Nieve? —No —respondió Jon. Detestaba que lo llamaran así, era el apodo burlón que Ser Alliser le había puesto el primer día que fue a entrenar. Los demás chicos se lo habían apropiado y ahora tenía que aguantarlo constantemente. Envainó la espada larga. Thorne avanzó hacia él a zancadas. Sus ropas de cuero negro susurraban ligeramente cuando se movía. Era un hombre compacto, de unos cincuenta años, frugal y duro, con hebras grises en el pelo negro y ojos como esquirlas de ónice. —Dime la verdad. —Estoy cansado —reconoció Jon. El brazo le ardía por el peso de la espada, y ahora que el combate había terminado empezaba a notar las magulladuras. —Lo que te pasa es que eres débil. —He ganado. —No. El Uro ha perdido. Uno de los chicos dejó escapar una risita burlona. Jon era demasiado inteligente para responder. Había derrotado a todo el que Ser Alliser le había puesto por delante y no había conseguido nada. El maestro de armas no tenía para él más que palabras mordaces. Estaba seguro de que Thorne lo detestaba. Pero claro, aún detestaba más a los otros chicos. —Se acabó —les dijo Thorne—. Hay un límite para la ineptitud que puedo soportar en un día. Si alguna vez nos atacan los Otros, ruego a los dioses que tengan arqueros, porque no servís más que para detener las flechas. Jon siguió a los demás hasta la armería, caminando solo. Allí andaba solo a menudo. El grupo con el que se entrenaba era de casi veinte muchachos, pero no había ni uno al que pudiera considerar su amigo. La mayoría le llevaban dos o tres años, y aun así ninguno luchaba la mitad de bien que Robb a los catorce. Dareon era rápido, pero tenía miedo de que lo hirieran. Pyp manejaba la espada como si fuera una daga, Jeren era débil como una niña, Grenn era lento y torpe. Los golpes de Halder eran brutales, pero dejaban su guardia abierta. Cuanto más tiempo pasaba con ellos, más los despreciaba Jon. Una vez en el interior, Jon colgó la espada y la vaina de un gancho en el muro de piedra, haciendo caso omiso de los que lo rodeaban. Empezó a quitarse metódicamente las mallas, el cuero y las prendas de lana empapadas en sudor. En los braseros de hierro situados a ambos extremos de la estancia alargada ardían pedazos de carbón, y aun así el muchacho tiritaba. Allí el frío lo acompañaba siempre. En pocos años olvidaría cómo era el calor. El cansancio le cayó encima de repente mientras se ponía las prendas negras que eran su atuendo cotidiano. Se sentó en un banco mientras trataba de abrocharse la capa. «Hace tanto frío...», pensó recordando los cálidos salones de Invernalia, donde el agua caliente recorría los muros como la sangre el cuerpo de los hombres. Había poco calor en el Castillo Negro. Allí los muros eran fríos, y las personas más frías aún. 99