canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 80
literatura fantástica
Juego de tronos
—La casa con ruedas de la reina no es lugar para una loba —dijo Sansa—. Y además, a la
princesa Myrcella le dan miedo, ya lo sabes.
—Myrcella es una criaja. —Arya rodeó el cuello de Nymeria con el brazo, pero en cuanto
sacó el cepillo la loba huargo se liberó de su presa y escapó. La niña lo tiró al suelo, frustrada—. ¡Ya
verás cuando te atrape! —gritó.
Sansa no pudo disimular una leve sonrisa. En cierta ocasión el encargado de las perreras le
había dicho que cada animal sale a su amo. Dio un rápido abrazo a Dama. La loba le lamió la mejilla,
y Sansa dejó escapar una risita. Arya la oyó, y se dio media vuelta.
—Me importa un cuerno lo que digas, yo me voy a caballo. —Su rostro alargado, equino,
tenía el gesto testarudo que significaba que iba a imponer su voluntad.
—Dioses, Arya, hay veces que pareces una chiquilla —suspiró Sansa—. De acuerdo, iré yo
sola. Así será todo más agradable. Dama y yo nos comeremos todas las pastas de limón, y lo
pasaremos mejor sin ti.
Se dio media vuelta para marcharse, pero el grito de Arya la alcanzó.
—¡ A ti tampoco te dejarán entrar con Dama!
Desapareció persiguiendo a Nymeria por la orilla del río antes de que a Sansa se le ocurriera
una respuesta.
Sola y humillada, Sansa emprendió el camino de vuelta hacia la posada; sabía que la septa
Mordane la estaría esperando. Dama caminaba a su lado con pisadas suaves. La niña estaba al borde
de las lágrimas. Ella sólo quería que las cosas fueran bonitas, agradables, igual que en las canciones.
¿Por qué no era Arya dulce, delicada y amable como la princesa Myrcella? Le habría encantado tener
una hermana así.
No comprendía cómo dos hermanas podían ser tan diferentes, habiendo nacido con tan sólo
dos años de diferencia. Ojalá Arya fuera bastarda, como su medio hermano Jon, así todo sería más
sencillo. Si hasta se parecía a Jon, tenía el rostro alargado y el pelo oscuro de los Stark, sin rastro de
los rasgos ni de la complexión de su madre. Y, según se rumoreaba, la madre de Jon había sido una
vulgar campesina. En cierta ocasión, cuando era pequeña, Sansa había llegado a preguntar a su madre
si no se habría cometido algún error. Quizá los grumkins habían secuestrado a su verdadera hermana.
Pero su madre se echó a reír y le dijo que no, que Arya era su hija, hermana legítima de Sansa, sangre
de su sangre. Sansa no creía que su madre tuviera motivo alguno para mentir, así que debía de ser
verdad.
Cuando se acercó al centro del campamento su congoja se desvaneció en el aire. Ante la casa
con ruedas de la reina se había reunido toda una multitud. A los oídos de Sansa llegó un murmullo de
voces entusiasmadas. Alcanzó a ver que las puertas estaban abiertas; la reina se encontraba en la cima
de los peldaños de madera y sonreía a alguien situado más abajo.
—Es un gran honor el que nos hace el Consejo, señores —la oyó decir.
—¿Qué pasa? —preguntó a un escudero que conocía.
—El Consejo ha enviado jinetes de Desembarco del Rey para que nos proporcionen escolta el
resto del camino —respondió él—. Una guardia de honor para la familia real.
Sansa se moría por ver mejor, así que permitió que Dama le abriera un camino entre la
multitud. La gente se apresuró a apartarse de la loba huargo. Cuando estuvo más cerca vio a dos
caballeros que habían hincado la rodilla en tierra ante la reina; lucían unas armaduras tan refinadas y
hermosas que la hicieron parpadear.
La armadura de uno de los caballeros mostraba un complicado diseño de escamas esmaltadas
en blanco, tan brillantes como la nieve recién caída, con engastes y cierres de plata que brillaban al sol.
Cuando se quitó el casco Sansa vio que se trababa de un anciano de pelo tan blanco como su
armadura, pero pese a ello parecía fuerte y gallardo. Llevaba sobre los hombros la capa nívea de la
Guardia Real.
Su acompañante tenía unos veinte años, y su armadura era de acero color verde oscuro como
el de un bosque. Sansa no había visto jamás a un hombre tan atractivo; era alto, de constitución fuerte,
con cabellos color negro azabache que le caían sobre los hombros y enmarcaban un rostro
perfectamente afeitado en el que brillaban unos alegres ojos verdes a juego con la armadura. Llevaba
bajo el brazo un yelmo astado con una magnífica rejilla de oro.
Al principio Sansa no se fijó en el tercer desconocido. No se había arrodillado como los otros.
Estaba de pie a un lado, junto a los caballos, y lo observaba todo con una expresión sombría en el
rostro huesudo. Tenía la tez afeitada, llena de cicatrices de viruelas, con las mejillas y los ojos
hundidos. No parecía un anciano, pero apenas le quedaban unos mechones de cabello sobre las orejas,
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