canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 79
literatura fantástica
Juego de tronos
—Mentira —se empecinó Arya—. Si vinieras con nosotros alguna vez lo verías.
—No me gusta montar a caballo —replicó Sansa con convicción—. Te manchas toda, y luego
te duele todo el cuerpo.
—No te muevas —ordenó Arya a Nymeria después de encogerse de hombros—. No te estoy
haciendo daño. —Miró a Sansa—. Cuando estábamos cruzando el Cuello conté treinta y seis tipos de
flores que no había visto en mi vida, y Mycah me enseñó un lagarto león.
Sansa se estremeció. Habían tardado doce días en cruzar el Cuello por un cenagal negro,
interminable. Jamás lo había pasado peor. El aire era húmedo y pegajoso, el paso era tan estrecho que
ni siquiera podían levantar bien el campamento por las noches y se veían obligados a pernoctar en
medio del camino real. Los árboles semiahogados los asfixiaban al pasar, con ramas que goteaban de
las que pendían cortinas de fungosidades macilentas. Había flores enormes que brotaban en el lodo y
flotaban en charcas de agua estancada, pero cualquier imbécil que se saliera de la ruta para arrancar
una se encontraba con arenas movedizas, serpientes acechando desde los árboles y lagartos león
flotando en el agua como troncos negros con ojos y dientes.
Nada de eso detenía a Arya, claro. Un día se presentó con su sonrisa de caballo, el pelo
enredado, la ropa llena de barro y un manojo de flores verdes y púrpuras para su padre. Sansa deseó
con toda su alma que le dijera a Arya que debía aprender a comportarse como la dama de alta cuna que
teóricamente era, pero en vez de eso la abrazó y le agradeció las flores. Aquello la hizo sentir aún
peor.
Luego resultó que las flores color púrpura se llamaban «besos venenosos» y a Arya le salió un
sarpullido por los brazos. Sansa pensó que así aprendería la lección, pero en vez de eso Arya se rió, y
al día siguiente se frotó barro por los brazos, como cualquier campesina ignorante, sólo porque su
amigo Mycah le dijo que así dejarían de picarle. También tenía ronchas y magulladuras en los brazos y
en los hombros, verdugones violáceos y manchas verdosas y amarillentas. Sansa se las había visto
cuando su hermana se desnudaba antes de acostarse. Sólo los siete dioses sabían cómo se había hecho
aquello.
Arya seguía cepillando los nudos del pelaje de Nymeria, al tiempo que hablaba de las cosas
que había visto en el viaje hacia el sur.
—La semana pasada divisamos una atalaya encantada, y el día anterior perseguimos una
manada de caballos salvajes. Tendrías que haber visto cómo huyeron en cuanto olieron a Nymeria. —
La loba se retorció ante un tirón, y Arya la regañó—. Para quieta, tengo que cepillarte el otro lado,
estás llena de barro.
—No debes salirte de la columna —le recordó Sansa—. Lo dijo padre.
—Tampoco me alejé tanto. —Arya se encogió de hombros—. Además, Nymeria me
acompañó. Y no lo hago todos los días. También es divertido cabalgar junto a los carromatos y charlar
con la gente.
Sansa sabía bien con qué tipo de gente le gustaba charlar a Arya: escuderos, mozos de cuadra,
sirvientas, ancianos, niños desnudos, jinetes libres de lenguaje grosero y linaje incierto... Arya trababa
amistad con cualquiera. El tal Mycah era el peor: hijo de un carnicero, de trece años, sin la menor
educación, dormía en el carromato de la carne y olía como el tajo del matadero. Sansa sentía náuseas
sólo con verlo, pero por lo visto Arya prefería su compañía a la de su hermana.
—Tienes que venir conmigo —dijo Sansa, que empezaba a perder la paciencia—. No puedes
desobedecer a la reina. La septa Mordane te está esperando.
Arya hizo caso omiso. Tironeó con fuerza del cepillo. Nymeria gruñó y se zafó de ella,
agraviada.
—¡Vuelve ahora mismo!
—Nos darán té y pastas de limón —prosiguió Sansa, adulta y razonable. Dama se restregó
contra su pierna. Ella la rascó detrás de las orejas, tal como sabía que le gustaba, y la loba se sentó a su
lado para observar cómo Arya perseguía a Nymeria—. ¡No me digas que prefieres montar un caballo
viejo y maloliente, y acabar toda sudorosa y magullada, en vez de tumbarte sobre almohadones de
plumas y tomar pastas con la reina!
—La reina no me cae bien —dijo Arya sin darle importancia. Sansa se quedó boquiabierta.
¡Ni siquiera su hermana podía decir semejante cosa! Pero la niña siguió hablando, sin darse cuenta—.
Además, no me deja que vaya con Nymeria.
Se puso el cepillo debajo del cinturón y se dirigió a su loba. Nymeria, cautelosa, la observó
acercarse.
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