literatura fantástica
Juego de tronos
y los llevaba tan largos como la melena de una mujer. Su armadura era una cota de mallas color gris acero sobre cuero endurecido, simple y sin ningún adorno, que parecía antigua y muy usada. Sobre el hombro derecho se le veía la sucia empuñadura de cuero de un espadón de dos manos, que llevaba a la espalda porque era demasiado largo como para colgárselo de la cintura.
— El rey ha salido de caza, pero sé que cuando regrese se sentirá muy complacido de veros— decía la reina a los dos caballeros que se habían arrodillado ante ella.
Sansa no podía apartar la vista del tercer hombre. Éste pareció notar la presión de su mirada y volvió la cabeza muy despacio hacia ella. Dama gruñó. De pronto Sansa Stark se vio invadida por el terror más aplastante que había sentido en la vida. Dio un paso atrás y tropezó con alguien.
Unas manos fuertes la agarraron por los hombros, y durante un momento Sansa pensó que se trataba de su padre; pero al darse la vuelta vio el rostro quemado de Sandor Clegane, que la miraba desde arriba con la boca retorcida en una mueca que intentaba ser una sonrisa.—¿ Tiemblas, niña?— preguntó con voz áspera—. ¿ Tanto miedo te doy? Le daba miedo, sí, como había sucedido desde la primera vez que puso los ojos sobre el destrozo que había causado el fuego en aquel rostro, aunque en aquel momento no le pareció ni la mitad de aterrador que el otro. De todos modos Sansa se debatió para librarse de sus manos; el Perro se echó a reír, y Dama se interpuso entre ellos con un gruñido de advertencia. Sansa se dejó caer de rodillas y echó los brazos al cuello de la loba. A su alrededor se congregó un grupo boquiabierto, notaba todas las miradas clavadas en ella, y oyó comentarios en voz baja y risas ahogadas.— Un lobo— dijo un hombre.— Por los siete infiernos, es un huargo— dijo otro.—¿ Qué hace en el campamento?— insistió el primero.— Los Stark los contratan como amas de cría— le llegó la voz áspera del Perro. Sansa se dio cuenta de que los dos caballeros recién llegados la miraban, y miraban también a Dama con las espadas desenvainadas. Volvió a sentir miedo y vergüenza. Se le llenaron los ojos de lágrimas.— Ve con ella, Joffrey— oyó decir a la reina. Y de pronto, allí estuvo su príncipe.— Dejadla en paz— dijo Joffrey. Se alzaba junto a ella hermoso como un sueño, vestido de cuero negro y lana azul, con rizos dorados que brillaban al sol como una corona. Le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—¿ Qué sucede, mi dulce dama? ¿ Qué temes? Nadie osará hacerte daño. Envainad todos las espadas. La loba es su mascota; eso es todo.— Miró a Sandor Clegane—. Y tú, Perro, fuera de aquí, asustas a mi prometida.
El Perro, siempre fiel, hizo una reverencia y se alejó silencioso entre el gentío. Sansa trató de controlarse. Se sentía estúpida. Era una Stark de Invernalia, una dama de noble cuna, y algún día sería reina.— No ha sido culpa suya, mi dulce príncipe— intentó explicarle—. Fue por el otro. Los dos caballeros recién llegados intercambiaron una mirada.—¿ Payne?— rió el joven de la armadura verde.— Ser Ilyn también me da miedo a veces, hermosa dama— dijo a Sansa con amabilidad el más anciano, el de blanco—. Su aspecto inspira temor.
— Como debe ser.— La reina había bajado de la casa con ruedas. Los espectadores se apartaron para abrirle paso—. Si los malvados no temen a la Justicia del Rey, es que nos hemos equivocado al elegirlo para ese puesto.
— Entonces, Alteza, no cabe duda de que la elección fue acertada-— dijo Sansa que había recuperado por fin la compostura. Una carcajada general estalló a su alrededor.— Bien dicho, niña— dijo el anciano de blanco—. Como corresponde a la hija de Eddard Stark. Es un honor conocerte, aunque haya sido de manera tan irregular. Soy Ser Barristan Selmy, de la Guardia Real.
Hizo una reverencia. Sansa conocía sobradamente el nombre, y las frases corteses que la septa Mordane le había enseñado a lo largo de los años acudieron a su memoria.
— Lord comandante de la Guardia Real— dijo—, consejero de nuestro rey Robert, como antes lo fuisteis de Aerys Targaryen. El honor es mío, buen caballero. Hasta en el lejano norte cantan los bardos las hazañas de Barristan el Bravo.
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