canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 73
literatura fantástica
Juego de tronos
Había suplicado a Ned que no se fuera, no en aquel momento, y menos con lo que había
pasado; la situación era completamente diferente, ¿no se daba cuenta? Fue inútil. Él le dijo que no
tenía elección y decidió marcharse.
—No puedo dejarlo solo ni un momento, porque ese momento podría ser el último. Tengo que
estar con él por si... por si...
Tomó la mano inerte de su hijo y entrelazó los dedos con los suyos. Era una mano tan frágil y
enflaquecida, tan débil... pero, pese a todo, aún se notaba el calor de la vida a través de la piel.
—No se va a morir, madre. —El tono de Robb se había suavizado—. El maestre Luwin dice
que el peligro de muerte ha pasado.
—¿Y si el maestre Luwin está equivocado? ¿Y si Bran me necesita y yo no estoy aquí?
—Rickon te necesita —replicó Robb bruscamente—. Sólo tiene tres años, no entiende qué
está pasando. Cree que todos lo han abandonado y me sigue todo el día, se me agarra a la pierna y no
para de llorar. No sé qué hacer con él. —Hizo una pausa y se mordisqueó el labio inferior, un gesto
que le había visto cuando era pequeño—. Y yo también te necesito, madre. Lo intento, pero no
puedo... no puedo hacerlo todo yo solo.
El repentino arrebato de emoción le quebró la voz, y Catelyn recordó que sólo tenía catorce
años. Quiso levantarse, correr a él y abrazarlo, pero Bran la tenía agarrada por la mano y no pudo
moverse.
En el exterior de la torre un lobo empezó a aullar. Catelyn se estremeció.
—Es el de Bran. —Robb abrió la ventana para que el aire de la noche entrara en habitación de
la torre, tan mal ventilada. El aullido se oyó con más fuerza. Era un sonido frío y solitario, lleno de
melancolía y desesperación.
—No, no —dijo ella—. Bran necesita calor.
—Lo que necesita es oírlos cantar —dijo Robb. En algún lugar de Invernalia un segundo lobo
empezó a aullar a coro con el primero, y luego un tercero, más cerca—. Peludo y Viento Gris —añadió
Robb mientras sus voces subían y bajaban al unísono—. Si prestas atención se nota la diferencia.
Catelyn estaba temblando. Era la pena, era el dolor, era el aullido de los lobos huargo. Noche
tras noche, los aullidos, el viento gélido y el castillo tan gris y tan vacío, siempre igual, siempre igual,
y su niño tendido allí destrozado, el más dulce y cariñoso de sus hijos, el más encantador, Bran, que
adoraba reír y trepar y soñaba con ser caballero, ahora todo eso se había acabado, nunca volvería a oír
su risa. Sollozó, soltó la mano del niño y se tapó los oídos para protegerse de aquellos aullidos
espantosos.
—¡Haz que se callen! —gritó—. No lo soporto, que se callen, que se callen, que se callen...
¡Mátalos, lo que sea, pero haz que se callen!
No recordó cómo cayó al suelo, pero Robb la tuvo que levantar y sostenerla con brazos
fuertes.
—No tengas miedo, madre. Jamás le harían daño. —La ayudó a llegar hasta el catre que
estaba en un rincón de la habitación—. Cierra los ojos —le dijo con cariño—. Descansa. El maestre
Luwin dice que apenas has dormido desde la caída de Bran.
—No puedo —sollozó ella—. Que los dioses me perdonen, Robb, no puedo, ¿y si se muere
mientras duermo, y si se muere, y si se muere...? —Los lobos seguían aullando. Catelyn gritó y volvió
a taparse los oídos—. ¡Por los dioses, cierra la ventana!
—Sólo si me prometes que vas a dormir. —Robb se dirigió hacia la ventana, pero cuando iba
a cerrar los postigos se oyó otro sonido por encima del aullido lastimero de los lobos huargo—. Son
los perros —dijo, prestando atención—. Todos los perros están ladrando a la vez. Eso sí que es raro...
—Catelyn oyó claramente cómo su hijo tragaba saliva. Alzó la vista, y lo vio muy pálido a la luz de la
lamparilla—. Fuego —susurró el muchacho.
«Fuego —pensó ella—, ¡Bran!»
—Ayúdame —dijo apremiante mientras se incorporaba en el catre—. Ayúdame con Bran.
—La torre de la biblioteca se ha incendiado —dijo Robb; no dio señal de haberla oído.
Catelyn alcanzaba a ver la luz rojiza y parpadeante por la ventana abierta. Se relajó, aliviada.
Bran estaba a salvo. La biblioteca se encontraba al otro lado del patio, el fuego no llegaría hasta allí.
—Gracias a los dioses —susurró.
—No te muevas de aquí, madre —dijo Robb mirándola como si se hubiera vuelto loca—.
Volveré en cuanto apaguemos el fuego.
Salió corriendo, y lo oyó gritar a los guardias y descender a toda prisa, saltando los escalones
de dos en dos.
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