canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 74
literatura fantástica
Juego de tronos
En el exterior, en el patio, se oían gritos de «¡Fuego!», pasos apresurados, relinchos de
caballos asustados y ladridos frenéticos de los perros del castillo. Mientras escuchaba aquel caos, se
dio cuenta de que los aullidos habían cesado. Los lobos huargo estaban en silencio.
Catelyn se acercó a la ventana, murmurando una oración silenciosa de agradecimiento a los
siete rostros de Dios. Al otro lado del patio, en la biblioteca, las llamaradas brotaban de las ventanas.
Se quedó observando cómo la columna de humo se alzaba hacia el cielo y recordó con tristeza los
libros que los Stark habían acumulado a lo largo de los siglos. Luego cerró los postigos.
Al darse la vuelta vio al hombre.
—No teníais que estar aquí —murmuró con voz ronca—. Aquí no tenía que haber nadie.
Era un hombrecillo menudo, sucio, con ropas marrones mugrientas y hedor a caballerizas.
Catelyn conocía a todos los hombres que trabajaban en los establos y no era uno de ellos. Estaba flaco,
tenía el pelo rubio y lacio, y los ojos claros muy hundidos en el rostro huesudo. Y llevaba una daga en
la mano.
—No —dijo Catelyn mirando el cuchillo y a Bran. La palabra se le quedó trabada en la
garganta, fue apenas un susurro. El hombre alcanzó a oírla.
—Es un acto de misericordia —dijo—. Ya está muerto.
—No —repitió Catelyn más alto, había recuperado la voz—. No, no.
Corrió hacia la ventana para pedir ayuda a gritos, pero aquel hombre era más veloz de lo que
había supuesto. Le tapó la boca con una mano, le echó la cabeza hacia atrás y le puso la daga en la
garganta. El hedor que despedía era insoportable.
Catelyn agarró la hoja con las dos manos y tiró con todas sus fuerzas para apartársela de la
garganta. Lo oyó maldecir junto a la oreja. Tenía los dedos resbaladizos por la sangre, pero no soltó la
daga. La mano que le cubría la boca presionó con más fuerza, impidiéndole la respiración. Ella giró la
cabeza hacia un lado y sus dientes encontraron carne. Se los clavó con fuerza en la palma de la mano.
El hombre rugió de dolor. Catelyn le hincó aún más los dientes y dio un tirón desgarrador, y de pronto
él la soltó. El sabor de la sangre le llenó la boca. Respiró una bocanada de aire y gritó, él la agarró del
pelo y la empujó, Catelyn tropezó y cayó al suelo. Lo vio sobre ella, jadeante, tembloroso. Él todavía
aferraba la daga con la mano derecha, llena de sangre.
—Aquí no tenía que haber nadie —repitió como un idiota.
Catelyn vio la sombra que se deslizaba por la puerta abierta tras él. Se oyó un ruido sordo que
no llegaba a ser un gruñido, apenas un susurro amenazante, pero él también lo debió de oír porque
empezó a darse la vuelta justo cuando el lobo saltaba. Hombre y bestia cayeron juntos, en parte sobre
Catelyn. El lobo mordió. El grito del hombre duró menos de un segundo, lo que tardó el animal en
arrancarle media garganta.
La sangre cayó como una lluvia cálida sobre el rostro de Catelyn.
El lobo la miraba. Tenía las fauces enrojecidas y empapadas, y los ojos le brillaban con
destellos dorados en la oscuridad de la habitación. Se dio cuenta de que era el lobo de Bran.
Gracias —susurró Catelyn con un hilo de voz.
Alzó la mano, temblorosa. El lobo se acercó con suavidad, le olfateó los dedos y lamió la
sangre con una lengua húmeda y áspera. Cuando se la hubo limpiado se dio media vuelta sin hacer el
menor ruido, se subió de un salto a la cama de Bran y se tendió junto a él. Catelyn se echó a reír,
histérica.
Así fue cómo la encontraron Robb, el maestre Luwin y Ser Rodrik cuando irrumpieron con la
mitad de los guardias de Invernalia. Tuvieron que esperar a que se calmara antes de abrigarla con
mantas y llevarla al Gran Torreón, a sus habitaciones. La Vieja Tata la desnudó, la ayudó a entrar en la
bañera llena de agua humeante y le limpió la sangre con un paño suave.
Después llegó el maestre Luwin a vendarle las heridas. Los cortes en los dedos eran
profundos, llegaban casi hasta el hueso, y tenía el cuero cabelludo en carne viva en los puntos donde el
hombre le había arrancado mechones enteros. El maestre le dijo que el dolor no había hecho más que
empezar y le dio la leche de la amapola para ayudarla a dormir.
Por fin, Catelyn cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos le dijeron que había dormido durante cuatro días. Catelyn asintió y se
incorporó en la cama. Todo lo sucedido tras la caída de Bran le parecía una pesadilla, un sueño
espantoso de sangre y pena, pero el dolor en las manos le recordaba que era muy real. Se sentía débil y
aturdida, pero también decidida, como si le hubieran quitado un gran peso de encima.
—Traedme un trozo de pan con miel —dijo a sus sirvientas—, y avisad al maestre Luwin,
tiene que cambiarme los vendajes.
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