canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 417

literatura fantástica
Juego de tronos
enterrados ». ¿ Cuántos de sus hermanos negros estarían allí aquella noche, explotando la mina? Eso también iba contra el juramento, pero por lo visto a nadie le importaba.
Hasta que no pasó de largo del pueblo, Jon no volvió a aminorar la marcha. Tanto él como la yegua estaban ya empapados de sudor. Desmontó, tiritando; la mano quemada le dolía mucho. Bajo los árboles había una zona con nieve derritiéndose, que brillaba a la luz de la luna, mientras el agua goteaba para formar pequeños charcos. Jon se acuclilló, juntó las manos y cogió un puñado. Estaba fría como el hielo. Bebió y se lavó la cara hasta que sintió como agujas en las mejillas. Los dedos le palpitaban más que desde hacía muchos días, y también notaba un latido sordo en la cabeza. « Estoy haciendo lo correcto— se dijo—. Entonces, ¿ por qué me siento tan mal?» La yegua parecía cansada, de manera que Jon la cogió por las riendas y avanzó un rato a pie. El camino era tan estrecho que dos hombres a caballo no habrían podido pasar a la vez más que con muchas dificultades, y estaba salpicado de piedras y cortado por diminutos arroyos. Montar al galope había sido una verdadera tontería, había corrido el riesgo de romperse el cuello. Jon se preguntó por qué se habría comportado así. ¿ Tanta prisa tenía por morir?
A lo lejos, entre los árboles, el grito distante de algún animal asustado le hizo levantar la vista.
La yegua relinchó, nerviosa. ¿ Habría cazado ya el lobo? Se puso las manos en torno a la boca.—¡ Fantasma!— gritó—. ¡ Fantasma, conmigo! No obtuvo más respuesta que un batir de alas tras él, cuando un buho alzó el vuelo. Jon siguió la marcha con el ceño fruncido. Tiró de la yegua durante media hora, hasta que el sudor del animal se secó. Fantasma no apareció. Jon montó y cabalgó de nuevo, pero la desaparición del lobo lo preocupaba.—¡ Fantasma!— llamó de nuevo—. ¿ Dónde estás? ¡ Conmigo! ¡ Fantasma! En los bosques no había animal que pudiera asustar a un lobo huargo, ni siquiera a uno que no había alcanzado el tamaño de la madurez, a excepción de... No, Fantasma era demasiado listo para atacar a un oso. Y si hubiera por allí alguna manada de lobos, Jon ya habría escuchado los aullidos.
Decidió hacer una parada para comer, así se le asentaría el estómago, y Fantasma tendría tiempo para alcanzarlo. Aún no corría peligro, el Castillo Negro seguía durmiendo. Sacó de las alforjas una galleta, un trozo de queso y una manzanita arrugada. También llevaba algo de carne salada, y un trozo de panceta que había hurtado de la cocina, pero 744 prefería reservar la carne para el día siguiente. Cuando se le acabara, tendría que cazar, y eso lo obligaría a ir más despacio.
Jon se sentó bajo los árboles y se comió la galleta y el queso, mientras la yegua pastaba por los bordes del camino real. Dejó la manzana para el final. Se había puesto un poco blanda, pero la pulpa era acida y jugosa. Ya sólo le quedaba el corazón cuando oyó los sonidos: caballos, y procedentes del norte. Jon se puso en pie con rapidez y caminó hasta la yegua. ¿ Podría escapar al galope? No, estaban demasiado cerca, sin duda lo oirían, y si procedían del Castillo Negro...
Tiró de las riendas de la yegua y la guió hasta situarla detrás de unos cuantos centinelas color gris verdoso.— Tranquila— susurró, al tiempo que se acuclillaba para mirar por entre las ramas más bajas. Si los dioses eran generosos, los jinetes pasarían de largo. Probablemente no fueran más que aldeanos de Villa Topo, o granjeros de camino hacia sus campos, aunque, ¿ qué hacían allí a medianoche...?
Prestó atención al sonido de los cascos, que se acercaban cada vez más por el camino real. A juzgar por el ruido eran al menos cinco o seis. Las voces empezaron a llegar entre los árboles.—... ¿ Seguro que ha venido por aquí?— No podemos estar seguros.— Por lo que sabemos, igual se ha ido hacia el este. O ha salido del camino para atajar por el bosque. Es lo que haría yo.—¿ En la oscuridad? Idiota. Te romperías el cuello al caerte del caballo, o acabarías de vuelta en el Muro cuando amaneciera.— No es verdad.— Grenn parecía enfurruñado—. Yo cabalgaría hacia el sur. Se sabe dónde está el sur por las estrellas.—¿ Y si hubiera nubes?— preguntó Pyp.— Entonces no cabalgaría.—¿ Sabéis dónde estaría yo en su lugar?— intervino otra voz—. En Villa Topo, buscando tesoros enterrados.
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