canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Página 416

literatura fantástica Juego de tronos la cota de mallas que llevaba colgada de la silla era negra. Si lo apresaban, cualquiera de aquellas prendas supondría su muerte. Los pueblos y aldeas al norte del Cuello recibían con desconfianza a cualquier forastero vestido de negro, y pronto habría hombres persiguiéndolo. Jon sabía que, cuando los cuervos del maestre Aemon emprendieran el vuelo, no habría refugio para él. Ni siquiera en Invernalia. Bran querría dejarlo entrar, pero el maestre Luwin era más sabio. Atrancaría las puertas y le negaría la entrada, como debía ser. Era mejor no pasar por allí. Pero, en su mente, veía claro y diáfano el castillo, como si hubiera salido de él el día anterior: las altas murallas de granito, el salón principal con los olores del humo, los perros y la carne asada, las habitaciones de su padre, la habitación de la torre que había sido su dormitorio... Una parte de él deseaba más que nada en el mundo volver a oír la risa de Bran, comer una de las empanadas de carne de Gage, y oír los cuentos de la Vieja Tata sobre los niños del bosque y Florian el Bufón. Pero no había huido del Muro para eso. Se había marchado porque era hijo de su padre y hermano de Robb. Una espada regalada, aunque fuera tan bella como Garra, no hacía de él un Mormont. Tampoco era Aemon Targaryen. El anciano había tenido que decidir en tres ocasiones, y en tres ocasiones había optado por el honor, pero había sido su decisión. Ni siquiera en aquellos momentos sabía Jon si el maestre se había quedado porque era débil y cobarde, o porque era fuerte y honorable. Pero comprendía lo que le había contado sobre el dolor de elegir. Lo comprendía demasiado bien. Tyrion Lannister aseguraba que la mayoría de los hombres prefería negar una verdad dolorosa antes que enfrentarse a ella, pero Jon estaba harto de negar cosas. Era quien era, Jon Nieve, bastardo y fugitivo, sin madre, sin amigos, perseguido. Durante el resto de su vida, durase lo que durase, sería un forajido, un hombre silencioso que se ampararía en las sombras sin atreverse a pronunciar su verdadero nombre. En los Si