literatura fantástica
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Juego de tronos
JON
La yegua relinchó suavemente cuando Jon Nieve le apretó las cinchas.— Calma, preciosa— dijo en voz baja, tranquilizándola con una caricia. El viento que soplaba en el establo era un aliento frío de muerte en el rostro, pero Jon no le prestó atención. Ató el rollo a la silla, pese a la torpeza y rigidez de los dedos heridos.— Fantasma— susurró—. Conmigo.— Y el lobo acudió, con sus ojos como brasas.— Jon, por favor, no lo hagas. Montó, cogió las riendas con una mano, e hizo que el animal se volviera hacia la noche. Samwell Tarly estaba ante la puerta del establo, la luna llena asomaba por encima del hombro. La sombra que proyectaba era inmensa y negra, como la de un gigante.— Apártate de mi camino, Sam.— No puedes, Jon— dijo el muchacho—. No te lo permitiré.— Preferiría no tener que hacerte daño— dijo Jon—. Apártate a un lado, o te arrollaré.— No me lo creo. Por favor, tienes que hacerme caso... Jon picó espuelas, y la yegua emprendió el galope hacia la puerta. Sam se mantuvo firme un instante, con la cara tan pálida y redonda como la luna a su espalda, la boca abierta en una inmensa « o » de sorpresa. En el último momento, cuando ya casi estaba sobre él, saltó a un lado, como Jon había sabido que haría, tropezó y cayó al suelo. La yegua saltó por encima de él y salió a la noche.
Jon se echó sobre la cabeza la capucha de la gruesa capa y encaminó a la yegua en la dirección correcta. Se alejó a caballo del Castillo Negro, que estaba sumergido en el silencio. Fantasma corría a su lado. Sabía que había hombres de guardia sobre el Muro, pero miraban siempre hacia el norte, no hacia el sur. Nadie lo vería partir, sólo Sam Tarly, que todavía estaría en los viejos establos, intentando ponerse en pie. Esperaba que Sam no se hubiera hecho daño en la caída. Era tan gordo y torpe que sería propio de él romperse una muñeca o torcerse un tobillo.— Se lo advertí— dijo Jon en voz alta—. Además, no tenía por qué entrometerse. Flexionó los dedos de la mano herida mientras cabalgaba, abriéndolos y cerrándolos. Le seguían doliendo, pero al menos ya le habían quitado las vendas.
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La luz de la luna se derramaba sobre las colinas mientras Jon recoma los recovecos del camino real. Tenía que alejarse lo máximo posible del Muro antes de que se dieran cuenta de que se había marchado. Al amanecer, se apartaría del camino y cabalgaría a campo traviesa, entre prados, arbustos y arroyos, para evitar a los perseguidores. Pero de momento la velocidad tenía más valor que la discreción. No era como si no pudieran imaginar hacia dónde se dirigía.
El Viejo Oso estaba acostumbrado a levantarse con las primeras luces del alba, de manera que Jon tenía hasta el amanecer para poner tantas leguas como pudiera entre él y el Muro... todo eso si Sam Tarly no lo traicionaba. El muchacho gordo era obediente, y se amedrentaba con facilidad, pero quería a Jon como a un hermano. Si lo interrogaban diría la verdad, no le cabía duda, pero no se lo imaginaba enfrentándose a los guardias de la Torre del Rey para despertar a Mormont.
Al ver que Jon no acudía para recoger en la cocina el desayuno del Viejo Oso, irían a buscarlo a su celda, y se encontrarían a Garra encima de la cama. Le había costado mucho dejarla allí, pero no había perdido el sentido del honor hasta el punto de llevársela. Ni siquiera Jorah Mormont había hecho semejante cosa cuando huyó deshonrado. Sin duda Lord Mormont encontraría a alguien más digno de tal espada. Al pensar en el anciano, Jon se sentía muy mal. Sabía que su deserción sería como un puñado de sal sobre la herida aún abierta de la deshonra de su hijo. No podía haber peor manera de pagarle su confianza, pero era inevitable. Hiciera lo que hiciera, Jon sentía que estaba traicionando a alguien.
Ni siquiera en aquel momento estaba seguro de hacer lo más honorable. Para los sureños era más sencillo. Podían hablar con sus septons, alguien les decía cuál era la voluntad de los dioses y los ayudaba a distinguir el bien del mal. Pero los Stark adoraban a los antiguos dioses, los dioses sin nombre, y quizá los árboles corazón escucharan, pero no hablaban.
Cuando las luces del Castillo Negro se perdieron de vista, Jon se permitió aminorar la marcha. Le quedaba un largo camino por delante, y sólo disponía de un caballo. En las aldeas y granjas podría cambiar la yegua por un caballo descansado, pero no si estaba herida o reventada.
También tendría que buscarse ropas nuevas, mejor dicho, robarlas. Iba vestido de negro de los pies a la cabeza: botas altas de montar, polainas de tejido basto, túnica, chaleco de cuero, capa gruesa de lana... Hasta la espada larga y la daga iban en vainas de piel de topo negro, y