canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 405

literatura fantástica
Juego de tronos
Y vio a su hermano Rhaegar, a lomos de un corcel tan negro como su armadura. Dentro de su yelmo, a través de la estrecha hendidura para los ojos, el fuego ardía.— El último dragón— susurró lejana la voz de Ser Jorah—. El último, el último. Dany levantó el visor negro. El rostro que vio tras él era el suyo propio. Después, y durante largo rato, sólo hubo dolor, fuego y susurros procedentes de las estrellas. El sabor de las cenizas la despertó.— No— gimió—. No, por favor.—¿ Khaleesi?— Jhiqui se acercó a ella, asustada como un cervatillo. La tienda estaba a oscuras, silenciosa, cerrada. Del brasero salían flotando algunas cenizas, y Dany las siguió con la mirada hasta ver cómo se perdían por el agujero para el humo de la parte superior. « Volaba— pensó—, tenía alas, tenía alas.» Pero no había sido más que un sueño.— Ayudadme— susurró Dany, tratando de incorporarse—. Traedme...— Tenía la garganta en carne viva, y no sabía qué quería que le trajeran. ¿ Qué era lo que le dolía tanto? Era como si la hubieran despedazado, para luego volver a reconstruirla—. Quiero...
— Sí, khaleesi.— Jhiqui salió corriendo de la tienda, llamando a gritos. Dany necesitaba... algo... a alguien... ¿ el qué? Sabía que se trataba de algo importante. Era lo único que importaba en todo el mundo. Rodó sobre un costado, se incorporó sobre un codo y trató de liberarse de la manta que le envolvía las piernas. Le costaba mucho moverse. El mundo parecía moverse en medio de brumas. « Tengo que...» La encontraron en la alfombra, arrastrándose hacia sus huevos de dragón. Ser Jorah Mormont la cogió en brazos y la depositó de nuevo sobre las sedas de dormir, mientras ella se debatía sin fuerzas. Vio por encima del hombro del caballero a sus tres doncellas, a Jhogo con su sombra de bigote, y también el rostro ancho y plano de Mirri Maz Duur.— Es necesario— intentó decirles—. Tengo que...— Dormid, princesa— dijo Ser Jorah.— No— suplicó Dany—. Por favor. Por favor.— Sí.— La tapó con las sedas, aunque estaba ardiendo—. Dormid y recuperad las fuerzas, khaleesi. Volved con nosotros.
Y allí estaba Mirri Maz Duur, la maegi, que le ponía una copa en los labios. Notó el sabor de la leche agria, y también el de algo más, algo espeso y amargo. El líquido caliente le corrió por la barbilla. Consiguió tragar algo. La tienda se hizo más oscura, y el sueño volvió a apoderarse de ella. Pero no hubo pesadillas. Flotó, serena y tranquila, en un mar negro que no tenía orillas.
Tras un tiempo, una noche, un día, un año, no habría sabido decirlo, volvió a despertar. La tienda estaba a oscuras, las paredes de seda se agitaban como alas con cada ráfaga de viento del exterior. En aquella ocasión Dany no trató de levantarse.
— Irri— llamó—. Jhiqui, Doreah.— Acudieron al instante—. Tengo la garganta seca. Muy seca.— Le llevaron agua. Estaba tibia y no sabía bien, pero Dany la bebió con ansiedad, y envió a Jhiqui a buscar más. Irri humedeció un paño suave y le limpió la frente—. He estado enferma— añadió Dany. La muchacha dothraki asintió—. ¿ Cuánto tiempo?— Mucho— susurró. El paño resultaba refrescante, pero Irri parecía tan triste que le dio miedo. Cuando Jhiqui regresó con más agua, Mirri Maz Duur la acompañaba, todavía adormilada.— Bebed— dijo al tiempo que volvía a acercar una copa a los labios de Dany. Pero en aquella ocasión era sólo vino. Vino dulce. Dany bebió, y volvió a tenderse, escuchando el sonido pausado de su respiración. Notaba los miembros pesados, y el sueño volvió a invadirla.— Traedme...— murmuró con voz aletargada—. Traedme... quiero...—¿ Sí?— preguntó la maegi—. ¿ Qué queréis, khaleesi!— Traedme... los huevos... los huevos de dragón... por favor...— Sentía las pestañas como si fueran de plomo, y el cansancio impidió que los sostuviera entre sus brazos.
Cuando despertó por tercera vez, un rayo de sol dorado entraba por el agujero para el humo, y estaba abrazada a uno de los huevos de dragón. Era el más claro, el de las escamas color crema, con vetas espirales de oro y bronce. Dany sintió el calor que procedía de su interior. Bajo las finas sedas del lecho, tenía la piel desnuda cubierta de una película de sudor.
« Rocío de dragón », pensó. Pasó los dedos con suavidad por la superficie de la cascara, siguiendo las vetas doradas, y sintió cómo en lo más profundo de la piedra algo se agitaba a modo de respuesta. Aquello no la asustó. Ya no tenía miedo de nada, el miedo se había quemado.
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