canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 404
literatura fantástica
Juego de tronos
DAENERYS
Las alas proyectaban sombras sobre sus sueños febriles.
—No querrás despertar al dragón, ¿verdad?
Caminaba por un largo pasillo, bajo arcos de piedra elevados. No podía mirar atrás, no debía
mirar atrás. A lo lejos se divisaba una puerta, diminuta en la distancia, pero aun así sabía que estaba
pintada de rojo. Caminó más deprisa, y sus pies desnudos dejaron huellas ensangrentadas en la piedra.
—No querrás despertar al dragón, ¿verdad?
Vio la luz del sol sobre el mar dothraki, la llanura viviente, que olía a tierra y a muerte. El
viento agitó la hierba, la hizo ondularse como si fuera agua. Drogo la tenía entre sus brazos fuertes, le
acariciaba el sexo con la mano, la abría y despertaba aquella humedad dulce que sólo él conocía, y las
estrellas les sonreían desde el cielo, estrellas a plena luz del día.
—Mi hogar —susurró cuando la penetró y la llenó con su semilla.
Pero de repente las estrellas ya no estaban, y unas alas enormes ocultaron el cielo azul, y el
mundo se incendió.
—... no querrás despertar al dragón, ¿verdad?
El rostro de Ser Jorah estaba demacrado y triste.
—Rhaegar fue el último dragón —le dijo. Se calentó las manos translúcidas sobre un brasero,
en el que los huevos de piedra humeaban, rojos como carbones. Y se desvaneció, su carne perdió el
color, tuvo menos sustancia que el viento—. El último dragón —le susurró débilmente antes de
esfumarse.
Sintió la oscuridad a su espalda, y la puerta roja parecía más lejana que nunca.
—... no querrás despertar al dragón, ¿verdad?
Viserys estaba ante ella, gritando: «El dragón no suplica, puta. No puedes dar órdenes al
dragón. Soy el dragón y quiero mi corona». El oro fundido le corría por la cara como si fuera cera
derretida, le dejaba surcos profundos en la carne. «¡Soy el dragón y quiero mi corona!», chillaba, y sus
dedos saltaron como serpientes, le mordieron los pezones, la pellizcaban, se retorcían... todo eso
mientras los ojos de Viserys estallaban y le corrían como gelatina por las mejillas quemadas,
ennegrecidas.
—... no querrás despertar al dragón...
La puerta roja estaba muy lejos, y sentía a la espalda el aliento gélido que se cernía sobre ella.
Si la alcanzaba, moriría con una muerte que iba más allá de la muerte, aullaría eternamente sola en la
oscuridad. Echó a correr.
—... no querrás despertar al dragón...
Sentía el calor en su interior, era un ardor espantoso en el vientre. Su hijo era alto y orgulloso,
con la piel cobriza de Drogo, y el pelo como oro blanco de su madre, y los mismos ojos color violeta,
pero almendrados. Sonrió, y tendió los brazos hacia ella, pero cuando abrió la boca sólo salió fuego.
Vio que el corazón le ardía dentro del pecho, y al instante desapareció, convertido en cenizas, como
una polilla que se hubiera acercado demasiado a una llama. Lloró por su hijo, por la promesa de una
boca dulce sobre el pecho, pero las lágrimas se convirtieron en vapor en cuanto le tocaron la piel.
—... querrás despertar al dragón...
A lo largo de los muros había fantasmas, ataviados con vestimentas descoloridas de reyes.
Tenían en las manos espadas de fuego pálido. Los cabellos eran de plata, o de oro, o de platino, y los
ojos de ópalo y amatista, turmalina y jade.
—¡Más deprisa! —le gritaban—. ¡Más deprisa, más deprisa! —Siguió corriendo, sus pies
derretían la piedra que tocaban—. ¡Más deprisa! —gritaron los fantasmas con una sola voz, y ella
gritó a su vez, y se lanzó hacia adelante.
Un cuchillo de dolor le rajó la espalda, sintió que se le abría la piel, le llegó el hedor de la
sangre al arder, y vio la sombra de las alas. Y Daenerys Targaryen voló.
—... despertar al dragón...
La puerta se alzaba ante ella, la puerta roja, tan cercana, tan cercana, el pasillo era una sombra
borrosa a su alrededor, el frío quedaba atrás. Y de pronto la piedra había desaparecido, de pronto
volaba sobre el mar dothraki, cada vez más alta, la hierba verde se mecía bajo ella, y todo lo que vivía
y respiraba sentía pánico al ver la sombra de sus alas. Podía oler el hogar, podía verlo, estaba allí, al
otro lado de la puerta, campos verdes y grandes casas de piedra, y brazos que le darían calor. Abrió la
puerta...
—... al dragón...
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