canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 403

literatura fantástica
Juego de tronos
menudo qué había sido de la septa Mordane, aunque se dio cuenta de que, en realidad, lo había sabido desde el principio.—¿ Por qué la matasteis a ella?— preguntó—. Había hecho votos a los dioses...— Era una traidora.— Joffrey estaba de mal humor. La reacción de Sansa no era la que había esperado—. Aún no me has dicho qué me vas a regalar por mi día del nombre. ¿ Quieres que yo te haga un regalo a ti?— Si mi señor lo desea...— respondió.— Tu hermano también es un traidor, ¿ lo sabías?— Joffrey sonrió, y Sansa supo que se estaba burlando de ella. Giró en la pica la cabeza de la septa Mordane—. Me acuerdo de él, de cuando lo vi en Invernalia. Mi perro decía que era el señor de la espada de madera. ¿ Verdad, Perro?—¿ Sí?— replicó el Perro—. No lo recuerdo.— Tu hermano derrotó a mi tío Jaime.— Joffrey se encogió de hombros, con gesto petulante—. Mi madre dice que fue una traición y una trampa vil. Cuando se enteró lloró mucho. Todas las mujeres son débiles, hasta ella, aunque finja que no. Dice que nos tenemos que quedar en Desembarco del Rey por si atacan mis otros tíos, pero a mí no me importa. Después del festín del día de mi nombre, reuniré un ejército y mataré a tu hermano yo mismo. Eso es lo que te regalaré. La cabeza de tu hermano.— Puede que mi hermano me regale tu cabeza— se oyó decir Sansa, embargada por la furia.— No te burles de mí.— Joffrey frunció el ceño—. Una buena esposa no se burla de su señor.
Meryn, dale una lección.
En aquella ocasión el caballero la agarró por la barbilla y le mantuvo la cabeza inmóvil mientras la golpeaba. Le dio dos bofetadas, de izquierda a derecha la primera, de derecha a izquierda la segunda, más fuerte. Le partió el labio, y la sangre le corrió por la barbilla y se le mezcló con la sal de las lágrimas.
— Te pasas la vida llorando— le reprochó Joffrey—. Estás más bonita cuando sonríes.— Sansa se obligó a sonreír por miedo a que le dijera a Ser Meryn que la golpeara de nuevo si no lo hacía, pero no sirvió de nada, el rey sacudió la cabeza—. Límpiate la sangre, estás hecha un asco.
El parapeto exterior le llegaba a la mandíbula, pero en el lado interior del adarve no había nada, nada excepto una caída libre hasta el patio, veinte o veinticinco metros más abajo. Se dijo que sólo tenía que darle un empujón. Estaba justo allí, justo allí, sonriendo con aquellos labios gordos como gusanos.
« Puedes hacerlo— se dijo—. Puedes hacerlo. Ahora.» Ni siquiera le importaba caer con él. No le importaba lo más mínimo.
— Miradme, niña.— Sandor Clegane se había arrodillado ante ella, ¡ entre ella y Joffrey! Con una delicadeza sorprendente en un hombre tan corpulento, le secó la sangre que manaba del labio roto.
— Os lo agradezco— dijo Sansa con la vista baja. Había perdido la ocasión. Era una niña buena, y siempre cuidaba sus modales.
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