literatura fantástica
Juego de tronos
« El Perro tenía razón— pensó—. No soy más que un pajarito que repite las palabras que me han enseñado.» El sol se había puesto tras el muro oeste, y las piedras de la Fortaleza Roja tenían un brillo oscuro como la sangre.
— En cuanto sea posible, te dejaré preñada— dijo Joffrey mientras caminaban por el patio de entrenamientos—. Si el primero sale estúpido, te cortaré la cabeza y me buscaré una esposa más lista. ¿ Cuándo crees que podrás tener hijos?
— La septa Mordane dice que la mayoría...— Sansa estaba tan avergonzada que no podía mirarlo a la cara—. La mayoría de las niñas de noble cuna tienen el florecimiento a los doce o trece años. Joffrey asintió.— Por aquí.— La llevó hacia la caseta de guardia, en la base de las escaleras que llevaban a las almenas.— No— dijo Sansa con voz teñida de miedo, mientras se apartaba de él, temblorosa. Había comprendido adonde se dirigían—. No, por favor, no me obliguéis, os lo suplico...— Quiero enseñarte lo que les pasa a los traidores.— Joffrey apretó los labios.— No quiero subir.— Sansa agitaba la cabeza, enloquecida—. No quiero subir.— Le diré a Ser Meryn que te suba a rastras— replicó él—. Y será peor. Más te vale obedecer. Joffrey fue a agarrarla por el brazo, y Sansa se apartó, retrocedió y chocó contra el Perro.— Subid, niña— dijo Sandor Clegane al tiempo que la empujaba hacia el rey. Tenía la boca torcida hacia el lado quemado de la cara, y Sansa casi pudo oír el resto de la frase: « Te hará subir sea como sea, así que dale lo que quiere ».
Se obligó a tomar la mano tendida de Joffrey. El ascenso fue una pesadilla, cada peldaño le suponía un esfuerzo, como si los peldaños fueran de barro y se hundiera hasta los tobillos. ¡ Y cuántos peldaños había! Eran miles, miles de miles, siempre en dirección al horror que aguardaba en el baluarte.
Desde lo más alto de las almenas se divisaba el mundo entero. Sansa alcanzó a ver el Gran Sept de Baelor en la colina de Visenya, donde había muerto su padre. Al otro extremo de la calle de las Hermanas estaban las ruinas ennegrecidas por el fuego de Pozo Dragón. En el oeste, el sol rojizo estaba ya medio oculto tras la Puerta de los Dioses. El mar salado quedaba a su espalda, y al sur estaban el mercado del pescado, los muelles y las corrientes agitadas del río Aguasnegras. Y al norte...
Se volvió en aquella dirección, y sólo vio la ciudad, las calles, los callejones, las colinas y las hondonadas, y más calles, y más callejones, y a lo lejos los muros de piedra. Pero sabía que al otro lado estaba el campo, granjas, prados, bosques, y aún más allá, al norte, muy al norte, se alzaba Invernalia.—¿ Qué miras?— preguntó Joffrey—. Esto es lo que quiero que veas. Ahí. Un grueso parapeto de piedra protegía el extremo exterior del baluarte, era tan alto que le llegaba a Sansa a la barbilla, y cada metro y medio había aspilleras para los arqueros. Las cabezas estaban entre las aspilleras, a todo lo largo del muro, clavadas en picas de hierro de manera que parecieran contemplar la ciudad. Sansa las había visto nada más salir al adarve, pero el río, las calles bulliciosas y el sol poniente eran un espectáculo mucho más hermoso. « Puede obligarme a mirar las cabezas— se dijo—, pero no puede obligarme a verlas.»— Éste es tu padre— dijo—. Éste de aquí. Perro, dale la vuelta para que lo vea. Sandor Clegane cogió la cabeza por el pelo y la giró. La habían bañado en brea para que se conservara más tiempo. Sansa la miró con tranquilidad, sin verla. En realidad no parecía su padre. Ni siquiera parecía real.—¿ Cuánto tiempo he de mirarla?—¿ Quieres ver el resto?— Joffrey pareció decepcionado. Había muchas.— Si a Su Alteza le place... Joffrey la precedió por el adarve, pasaron junto a una docena de cabezas y también ante dos picas vacías.— Estas dos las guardo para mis tíos Stannis y Renly— explicó. El resto de las cabezas llevaban clavadas mucho más tiempo que la de su padre. A pesar de la brea, la mayoría ya no eran reconocibles. El rey le señaló una.— Esa de ahí es la de tu septa. Sansa ni siquiera habría sabido que se trataba de una mujer. La mandíbula podrida se había desprendido, y los pájaros le habían comido una oreja y casi toda una mejilla. Se había preguntado a
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