canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 401
literatura fantástica
Juego de tronos
—No —dijo al tiempo que se levantaba. Hubiera querido gritarle, golpearlo, hacerle tanto
daño como le había hecho a ella, advertirle que si se atrevía a abofetearla de nuevo ordenaría que lo
exiliaran cuando fuera reina... pero recordó lo que le había dicho el Perro—. Haré lo que ordene Su
Alteza.
—Igual que yo —replicó él.
—Sí... pero vos no sois un auténtico caballero, Ser Meryn.
Sansa sabía que Sandor Clegane se habría reído. Otros hombres la habrían insultado, o
amenazado, o suplicado perdón. Ser Meryn Trant, no. A Ser Meryn Trant no le importaba en absoluto.
En la galería no había nadie aparte de Sansa. Se quedó allí de pie, con la cabeza inclinada,
tratando de contener las lágrimas mientras Joffrey, sentado en el Trono de Hierro, dispensaba lo que él
consideraba justicia. Nueve de cada diez casos lo aburrían, se los pasaba al Consejo, y se movía
inquieto mientras Lord Baelish, el Gran Maestre Pycelle o la reina Cersei resolvían el asunto. Pero,
cuando decidía fallar respecto a algo, ni la reina madre podía hacerlo cambiar de opinión.
Llevaron a su presencia a un ladrón, e hizo que Ser Ilyn le cortara la mano allí mismo, en la
corte. Dos caballeros le presentaron una disputa por unas tierras, y decretó que se batieran en duelo al
amanecer. «A muerte», añadió. Una mujer cayó de rodillas para suplicarle que le entregara la cabeza
de un hombre ejecutado por traición. Dijo que lo había amado, y que quería darle un entierro digno.
—Si amabas a un traidor, seguro que tú también eres una traidora —dijo Joffrey. Dos capas
doradas se la llevaron a rastras a las mazmorras.
Lord Slynt estaba sentado a la cabeza de la mesa del Consejo, con su cara de sapo; llevaba un
jubón de terciopelo negro y una deslumbrante capa de hilo de oro, y asentía con aprobación cada vez
que el rey pronunciaba una sentencia. Sansa miró con odio aquel rostro tan poco agraciado,
recordando cómo había tirado al suelo a su padre para que Ser Ilyn lo decapitara. Deseaba con todas
sus fuerzas hacerle daño, deseaba que algún héroe lo tirase a él al suelo y le cortara la cabeza.
«Ya no quedan héroes», susurró una vocecita en su interior, y recordó lo que Lord Petyr le
había dicho en aquel mismo lugar: «La vida no es una canción, querida. Algún día lo descubrirás, y
será doloroso».
«En la vida real, los monstruos vencen», se dijo, y volvió a oír la voz del Perro, un sonido frío
de metal contra piedra: «Ahorraos un poco de dolor, niña. Dadle lo que quiere».
El último caso fue el de un bardo de taberna, un hombre rechoncho acusado de cantar una
canción en la que se ridiculizaba al difunto rey Robert. Joff hizo que le entregaran su lira, y le ordenó
que cantara la canción allí mismo. El bardo se echó a llorar, y juró que no volvería a cantar aquella
canción, pero el rey insistió. Era una canción graciosa, sobre Robert luchando con un cerdo. El cerdo
era el jabalí que lo había matado,
pero Sansa se dio cuenta de que en algunos versos casi parecía como si hablara de la reina.
Cuando terminó, Joffrey anunció que había decidido mostrarse misericordioso: el bardo conservaría
los dedos o la lengua. Disponía de un día entero para tomar la decisión. Janos Slynt asintió.
Fue el último asunto de la tarde, para alivio de Sansa, pero su tortura personal no había
concluido. Cuando la voz del heraldo despidió a la corte, salió corriendo de la galería, sólo para
encontrarse con Joffrey, que la esperaba al pie de las escaleras. El Perro y Ser Meryn iban con él.
El joven rey la examinó de pies a cabeza con ojo crítico.
—Tienes mucho mejor aspecto que antes.
—Gracias, Alteza —dijo Sansa. Eran palabras vacías, pero lo hicieron asentir y sonreír.
—Pasea conmigo —ordenó Joffrey al tiempo que le ofrecía el brazo. Sansa no tuvo más
remedio que aceptar. El roce de su mano, que otrora la hubiera emocionado, ahora le provocaba
escalofríos—. Pronto será mi día del nombre —añadió Joffrey mientras se dirigían hacia el fondo del
salón del trono—. Habrá un gran festín, y regalos. ¿Qué me vas a regalar tú?
—Eh... aún no lo he pensado, mi señor.
—«Alteza» —la corrigió bruscamente—. Eres estúpida, ¿no? Mi madre dice que sí.
—¿De veras? —Con todo lo que había pasado, ya no debería tener el poder de hacerle daño
con unas simples palabras, pero le seguían resultando dolorosas. La reina había sido siempre tan
amable con ella...
—Sí. Tiene miedo de que nuestros hijos sean tan estúpidos como tú, pero le he dicho que no
debe preocuparse. —El rey hizo un gesto, y Ser Meryn les abrió la puerta.
—Gracias, Alteza —murmuró.
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