literatura fantástica
Juego de tronos
Dany se tocó la frente. Tenía la piel fresca bajo el sudor, se le había ido la fiebre. Se forzó a sentarse. La cabeza se le fue un momento, y sintió un dolor profundo entre los muslos. Pero tenía fuerzas. Sus doncellas acudieron corriendo en cuanto las llamó.— Agua— pidió—. Un frasco de agua, tan fresca como sea posible. Y fruta. Sí, fruta. Dátiles.— Como digáis, khaleesi.— Decidle a Ser Jorah que venga— pidió, al tiempo que se levantaba. Jhiqui se acercó con una túnica de seda, y se la echó sobre los hombros—. Preparadme un baño caliente, y llamad a Mirri Maz Duur, y...— De repente, recuperó la memoria y flaqueó—. Khal Drogo— consiguió decir, mirándolas con ojos llenos de miedo—. ¿ Está...?— El khal vive— respondió Irri en voz baja, y salió corriendo a buscar el agua. Dany vio que sus ojos estaban llenos de sombras. Se volvió hacia Doreah.— Cuéntamelo.— Voy... voy a llamar a Ser Jorah.— La chica lysena inclinó la cabeza y salió también corriendo de la tienda. Jhiqui habría deseado escapar con ellas, pero Dany la agarró por la muñeca.—¿ Qué pasa? Tengo que saberlo de una vez. Drogo... y mi hijo.—¿ Por qué no había pensado en el bebé hasta entonces?—. Mi hijo... Rhaego... ¿ dónde está? Traédmelo.— El niño... no vivió, khaleesi— dijo la doncella con la mirada baja. Su voz era un susurro asustado. Dany le soltó la muñeca. « Mi hijo está muerto », pensó mientras Jhiqui salía de la tienda. En cierto modo, lo había sabido desde el principio, desde que despertara por primera vez y viera las lágrimas en los ojos de Jhiqui. No, lo había sabido antes aun de despertar. De pronto recordó el sueño, recordó al hombre alto de la piel cobriza y la larga trenza de oro blanco que estallaba en llamas.
Debía llorar, sabía que debía llorar, pero tenía los ojos tan secos como las cenizas. En el sueño había llorado, y las lágrimas se le habían convertido en vapor al rozarle las mejillas.
« El dolor también se ha quemado », pensó. Sentía tristeza, pero... aun así, notaba que Rhaego se alejaba de ella, como si no hubiera existido jamás.
Ser Jorah y Mirri Maz Duur llegaron unos momentos más tarde, y encontraron a Dany de pie ante los dos huevos de dragón, los que seguían en el cofre. Le pareció que estaban tan calientes como el que había tenido abrazado mientras dormía, cosa que le resultaba muy extraña.
— Venid aquí, Ser Jorah— pidió. Le cogió la mano y la puso sobre el huevo negro, el de las espirales color escarlata—. ¿ Qué sentís?— Un cascarón, duro como la roca.— El caballero la miró con cautela—. Escamas.—¿ Y calor?— No. Es piedra fría.— Apartó la mano—. ¿ Os sentís bien, princesa? ¿ No creéis que deberíais acostaros? Seguís muy débil.—¿ Débil? Estoy fuerte, Jorah.— Para complacerlo, se recostó sobre un montón de cojines—.
Decidme cómo murió mi hijo.— No llegó a vivir, princesa. Las mujeres dicen...— Perdió la voz. Dany se dio cuenta de que había perdido mucho peso, y de que cojeaba al moverse.— Contádmelo. Contadme lo que dicen las mujeres.— Dicen que el niño era...— Él apartó la vista. Tenía una mirada obsesiva en los ojos. Dany aguardó, pero Ser Jorah no podía pronunciar las palabras. Tenía el rostro ensombrecido por la vergüenza. Él también parecía casi un cadáver.
— Monstruoso— terminó en su lugar Mirri Maz Duur. El caballero era un hombre poderoso, pero Dany comprendió en aquel momento que la maegi era más fuerte, más cruel e infinitamente más peligrosa—. Retorcido. Yo misma os lo saqué. Tenía escamas como de lagarto, sin ojos, y un muñón de cola, y alitas de cuero, como las de un murciélago. Cuando lo toqué, la carne se le desprendió del hueso, y por dentro estaba lleno de gusanos y apestaba a podredumbre. Llevaba años muerto.
« Oscuridad », pensó Dany. La terrible oscuridad que la perseguía para devorarla. Si volvía la vista atrás estaría perdida.
— Mi hijo estaba vivo y fuerte cuando Ser Jorah me metió en esta tienda— dijo—. Sentí sus patadas, luchaba por nacer.
— Será como decís— respondió Mirri Maz Duur—, pero la criatura que salió de vuestro vientre era tal como os he dicho. En la tienda estaba la muerte, khaleesi.
— Sólo había sombras— susurró Ser Jorah, pero Dany captó la duda que impregnaba su voz—. Yo lo vi, maegi. Te vi, estabas sola, bailando con las sombras.
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