canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 397
literatura fantástica
Juego de tronos
—Lanzó una mirada furiosa de reojo en dirección al lobo negro—. Quiero que comprendas esto, Bran:
el hombre que confía en los hechizos, se bate en duelo con una espada de cristal. Como les pasó a los
niños. Mira, quiero enseñarte una cosa. —Se levantó, cruzó la estancia, y regresó con un frasco verde
en la mano sana—. Echa un vistazo. —Quitó el tapón, y sacó un puñado de puntas de flecha, negras,
brillantes. Bran cogió una.
—Son de cristal.
—Es vidragón —señaló Osha, sentada junto a Luwin con las vendas en la mano mientras
Rickon se acercaba con curiosidad.
—De obsidiana —dijo el maestre Luwin al tiempo que extendía el brazo herido—. Forjada en
los fuegos de los dioses, en lo más profundo de la tierra. Los niños del bosque cazaban con estas armas
hace miles de años. Los niños no trabajaban el metal. En lugar de cotas de mallas llevaban jubones
largos de hojas entrelazadas, y se envolvían las piernas en cortezas de árbol, de manera que parecían
fundirse con los bosques. En lugar de espadas llevaban cuchillos de obsidiana.
—Y todavía lo hacen. —Osha colocó compresas suaves sobre las mordeduras del antebrazo
del maestre, y las vendó con largas tiras de lino.
Bran examinó de cerca la punta de flecha. El cristal negro era brillante y resbaladizo. Le
pareció muy hermosa.
—¿Me puedo quedar con una?
—Como quieras —dijo el maestre.
—Yo también quiero una —dijo Rickon—. Quiero cuatro. Porque tengo cuatro años.
—Ten cuidado —le advirtió Luwin mientras hacía que las contara—, aún están muy afiladas.
No te vayas a cortar.
—Habíame de los niños —dijo Bran. Le parecía un tema muy importante.
—¿Qué quieres saber?
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—Todo.
—Eran el pueblo de la Era del Amanecer —dijo el maestre Luwin mientras se tironeaba de la
cadena del cuello—, los primeros, antes de que existieran reinos y reyes. En aquellos tiempos no había
castillos ni aldeas, ni ciudades, ni siquiera había un mercado entre este lugar y el mar de Dorne. Y no
había hombres. En las tierras que hoy conocemos como los Siete Reinos sólo habitaban los niños del
bosque.
»Eran morenos y hermosos, de pequeña estatura, los adultos no eran más altos que nuestros
niños. Vivían en las profundidades del bosque, en cuevas e islas en medio de los lagos, y en ciudades
secretas de los árboles. Eran ligeros, rápidos y gráciles. Machos y hembras cazaban juntos, con arcos
de arciano y trampas arrojadizas. Sus dioses eran los dioses del bosque, del arroyo, de la piedra, los
antiguos dioses cuyos nombres son secretos. A sus sabios los llamaban verdevidentes, y tallaban
rostros extraños en los arcianos para que vigilaran los bosques. Nadie sabe cuánto tiempo reinaron los
niños, ni de dónde llegaron.
»Pero, hace unos doce mil años, aparecieron en el este los primeros hombres, cruzaron el
Brazo Roto de Dorne antes de que estuviera roto, Llegaron con espadas de bronce y grandes escudos
de cuero, y montaban a caballo. A este lado del mar Angosto jamás se había visto un caballo. Sin duda
aquellas bestias asustaron a los niños tanto como las caras en los árboles a los primeros hombres.
Empezaron a construir aldeas y granjas, y para ello talaron los rostros y los echaron al fuego. Los
niños, horrorizados, fueron a la guerra. Dicen las antiguas canciones que los verdevidentes utilizaron
magia negra para hacer que los mares se alzaran, barrieran la tierra, y destrozaran el Brazo, pero ya era
tarde, no se podía cerrar la puerta. Las guerras prosiguieron hasta que la tierra se tornó roja con la
sangre de los hombres y los niños, pero más sangre de niños que de hombres, porque los hombres eran
más altos, más fuertes, y la madera y la obsidiana podían bien poco contra el bronce. Por último
prevaleció la sabiduría de las dos razas, y los héroes y jefes de los primeros hombres se reunieron con
los verdevidentes y los danzarines de los bosques, entre los bosques de arcianos de una isleta situada
en el centro del gran lago llamado Ojo de Dioses.
»Allí fraguaron el Pacto. Los primeros hombres se quedaron con las tierras costeras, las altas
llanuras y los prados luminosos, las montañas y los pantanos, pero los bosques serían para siempre de
los niños, y ningún arciano se talaría en ningún lugar del reino. Para que los dioses fueran testigos, se
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