canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 396
literatura fantástica
Juego de tronos
Bran nunca había visto al maestre Luwin tan inseguro. Peludo le había desgarrado la manga y
la carne del brazo, y la sangre goteaba.
—Osha, la antorcha —pidió con voz tensa de dolor. La mujer la cogió antes de que se
apagara. Las piernas de la estatua de su tío estaban manchadas de hollín—. ¡Esa... esa bestia...! —
siguió Luwin—. ¡Ordené que lo encadenaran en las perreras!
—Lo he soltado yo. —Rickon acarició el hocico ensangrentado de Peludo, que le lamió los
dedos—. No le gustan las cadenas.
—Rickon —dijo Bran—, ¿quieres venir conmigo?
—No. Me gusta estar aquí.
—Pero está oscuro. Y hace frío.
—No tengo miedo. Quiero esperar a padre.
—Puedes esperar conmigo —insistió Bran—. Lo esperaremos todos juntos, tú, yo y los lobos.
Ambos animales se estaban lamiendo las heridas, y habría que vigilarlos de cerca.
—Sé que la intención es buena, Bran —intervino el maestre con firmeza—, pero Peludo es
demasiado salvaje para andar suelto. Si lo dejamos libre por el castillo, acabará por matar a alguien. Sé
que es duro, pero este lobo tiene que estar encadenado, o... —Luwin titubeó. «O muerto», pensó Bran.
—No puede estar encadenado —dijo—. Esperaremos todos en tu
torre.
—Imposible —replicó el maestre Luwin.
—Si mal no recuerdo, Bran es el señor —dijo Osha con una sonrisa. Tendió la antorcha a
Luwin, y volvió a coger a Bran en brazos—. Vamos a la torre del maestre.
—¿Vienes, Rickon?
—Pero que venga también Peludo —dijo su hermano después de asentir, echando a andar tras
Osha y Bran.
Al maestre Luwin no le quedó más remedio que seguirlos, sin dejar de echar miradas
cautelosas en dirección a los lobos.
El torreón del maestre Luwin estaba tan atestado de cosas que Bran se maravillaba de que
pudiera encontrar algo en medio de aquel caos. Sobre las mesas y las sillas se amontonaban los libros
en precario equilibrio, en los estantes había hileras e hileras de frascos, y no había ni un mueble que no
tuviera charcos de cera seca y trozos de velas a medio consumir. El catalejo myriano estaba sobre un
trípode, junto a la puerta de la terraza; de las paredes colgaban diagramas con la posición de las
estrellas en el cielo; por doquier había mapas, papeles, plumas y tinteros; y todo estaba lleno de
excrementos de los cuervos que se posaban sobre las vigas del techo. Sus graznidos estridentes
retumbaban en la estancia mientras Osha lavaba, limpiaba y vendaba las heridas del maestre,
siguiendo las instrucciones tensas del propio Luwin.
—Esto es demencial —dijo el hombrecillo canoso mientras ella le untaba las mordeduras del
lobo con un ungüento que parecía escocer mucho—. De acuerdo, es curioso que los dos soñarais lo
mismo, pero si os paráis a pensarlo resulta natural. Echáis de menos a vuestro señor padre, y sabéis
que está prisionero. El miedo puede enardecer la mente de los hombres, y hacerles concebir ideas
extrañas. Rickon es demasiado pequeño para entender...
—Ya tengo cuatro años —dijo Rickon. Estaba mirando por el catalejo, apuntado en dirección
a las gárgolas del Primer Torreón. Los lobos huargos estaban sentados, en extremos opuestos de la
habitación redonda, concentrados en lamerse las heridas y roer sendos huesos.
—... demasiado pequeño, y... ay, por los siete infiernos, cómo escuece, no, no pares, ponme
más. Iba diciendo que es demasiado pequeño, Bran, pero tú ya tienes edad para comprender que los
sueños son sólo sueños.
—Unos sí y otros no. —Osha vertió leche de fuego, de color rojo claro, en un largo corte.
Luwin se mordió los labios—. Los niños del bosque sabían mucho acerca de los sueños.
—Los niños... —El maestre tenía el rostro lleno de lágrimas de dolor, pero sacudió la cabeza,
testarudo—. Existen ya sólo en los sueños. Ya no
queda ninguno. Basta, así basta. Ahora el vendaje. Primero compres