literatura fantástica
Juego de tronos
— Ése de ahí es Jon Stark. Cuando los asaltantes del mar desembarcaron en el este, él los expulsó y construyó el castillo de Puerto Blanco. Su hijo fue Rickard Stark, no el padre de mi padre, sino otro Rickard, éste le arrebató el Cuello al Rey del Pantano y se casó con su hija. Aquél tan delgado, el del pelo largo y la barbita, es Theon Stark. Lo llamaban « Lobo Hambriento », porque siempre estaba haciendo la guerra. Ése es un Brandon, aquél, el alto, el de los ojos soñadores. Branden el Armador, porque le gustaba mucho el mar. Su tumba está vacía. Quiso navegar hacia el oeste por el mar del Poniente, y nadie volvió a verlo jamás. Su hijo fue Brandon el Incendiario, porque de puro dolor prendió fuego a todos los barcos de su padre. Ahí está Rodrik Stark, que ganó la Isla del Oso en una competición de lucha, y la entregó a los Mormont. Y ése es Torrhen Stark, el Rey que se Arrodilló. Fue el último de los Reyes en el Norte y el primer señor de Invernalia, tras rendirse ante Aegon el Conquistador. Ah, y ése es Cregan Stark; en cierta ocasión se enfrentó al príncipe Aemon, y el Caballero Dragón dijo que era la mejor espada que había visto jamás.— Ya casi estaban terminando, y Bran sintió que la tristeza lo invadía—. Ése es mi abuelo, Lord Rickard, que fue decapitado por Aerys, el Rey Loco. Su hija Lyanna y su hijo Branden están en las tumbas contiguas. No soy yo, es otro Brandon, el hermano de mi padre. No les correspondían estatuas, son sólo para los señores y los reyes, pero mi padre los quería tanto que ordenó que las esculpieran.— La doncella es muy hermosa— señaló Osha.— Robert iba a casarse con ella— explicó Bran—, pero el príncipe Rhaegar la secuestró y la violó. Robert fue a la guerra para recuperarla. Mató a Rhaegar con su martillo en el Tridente, pero Lyanna murió, así que no la recuperó.— Es una historia muy triste— dijo Osha—. Pero esos agujeros vacíos son más tristes todavía.— Es la tumba de Lord Eddard, para cuando llegue su hora— dijo el maestre Luwin—. ¿ Ahí es donde estaba tu padre en el sueño, Bran?— Sí.— El recuerdo lo hizo estremecer. Miró a su alrededor, intranquilo, se le había erizado el vello de la nuca. ¿ No había oído un ruido? ¿ Había alguien allí abajo?
— Pues ya lo ves, no está aquí.— El maestre Luwin se adelantó hacia el sepulcro abierto, con la antorcha en la mano—. Ni lo estará hasta dentro de muchos años. Los sueños no son más que sueños, pequeño.— Metió el brazo en la oscuridad de la tumba, como si fuera la boca de una bestia inmensa—. ¿ Ves? No hay na... La oscuridad saltó hacia él con un gruñido aterrador. Bran vio unos ojos que parecían fuego verde, un relámpago de colmillos, un pelaje tan negro como la tumba de la que salía. El maestre Luwin dejó escapar un grito y levantó las manos. La antorcha se le escapó de los dedos y salió volando para estrellarse contra el rostro pétreo de Brandon Stark. Cayó a los pies de la estatua y las llamas lamieron las piernas. A la luz temblorosa, vio que Luwin se debatía con el lobo huargo, golpeándole el hocico con una mano. El otro brazo estaba atrapado entre las mandíbulas del animal.—¡ Verano!— gritó Bran. Y Verano surgió como un rayo de la oscuridad, surcó el aire de un salto tras ellos. Cayó sobre Peludo y lo derribó, y los dos lobos huargos rodaron en un torbellino de pelaje negro y gris, lanzándose mordiscos y dentelladas, mientras el maestre Luwin se incorporaba para ponerse de rodillas con dificultad, con el brazo desgarrado y ensangrentado. Osha sentó a Bran contra el lobo de piedra de Lord Rickard y corrió para 704 auxiliar al maestre. La luz titubeante de la antorcha hacía que sombras de lobos de seis metros de altura pelearan en la pared y en el techo.— Peludo— llamó una vocecita aguda. Bran alzó la vista. Su hermano pequeño estaba de pie, en la entrada de la tumba de su padre.
Peludo lanzó una última dentellada a Verano y corrió al lado de Rickon.— Deja en paz a mi padre— advirtió el pequeño a Luwin—. Déjalo en paz.— Rickon— intervino Bran con voz amable—. Padre no está aquí.— Sí que está. Lo he visto yo.— El rostro de Rickon estaba cubierto de lágrimas—. Lo vi anoche.—¿ Soñaste...? Rickon asintió.— Que lo dejen en paz. Que lo dejen en paz. Va a volver a casa, como prometió. Ya vuelve a casa. 395