literatura fantástica
Juego de tronos
talló una cara en cada árbol de la isla, y después se fundó la sagrada orden de los hombres verdes, para guardar la Isla de los Rostros.
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» E1 Pacto marcó el inicio de cuatro mil años de amistad entre los hombres y los niños. Con el tiempo los primeros hombres olvidaron a sus antiguos dioses, y empezaron a adorar a los dioses secretos del bosque. La firma del Pacto puso fin a la Era del Amanecer, y marcó el comienzo de la Edad de los Héroes.
— Pero has dicho que los niños del bosque ya no existen— dijo Bran cerrando los dedos en torno a la brillante punta de flecha.
— Aquí no— dijo Osha mientras cortaba con los dientes el último trozo de venda—. Pero al norte del Muro la cosa cambia. Allí es adonde fueron los niños, y los gigantes, y las otras razas antiguas.
— Mujer, lo lógico sería que estuvieras muerta o cargada de cadenas— dijo el maestre Luwin con un suspiro—. Los Stark te han tratado con más bondad de la que mereces. No está bien que se lo pagues llenando de tonterías las cabezas de los chicos.— Pues dime adonde fueron— insistió Bran—. Quiero saberlo.— Y yo, y yo— apoyó Rickon.— De acuerdo— gruñó Luwin—. Mientras los reinos de los primeros hombres resistieron, el Pacto se mantuvo en pie, abarcó la Edad de los Héroes, la Larga Noche y el nacimiento de los Siete Reinos. Pero llegó un momento, pasados ya muchos siglos, en que otros pueblos cruzaron el mar Angosto.
» Los ándalos fueron los primeros, eran una raza de guerreros altos de cabellos rubios, que llegaron con acero, con fuego y con la estrella de siete puntas de los nuevos dioses pintada en el pecho. Las guerras duraron cientos de años, pero al final los seis reinos del sur cayeron ante ellos. Sólo aquí siguieron dominando los primeros hombres, porque el Rey en el Norte derrotó a todo ejército que intentó cruzar el Cuello. Los ándalos quemaron los bosques de arcianos, talaron los rostros, asesinaron a los niños allí donde los encontraron, y proclamaron por doquier el triunfo de los Siete sobre los antiguos dioses. Así, los niños huyeron hacia el norte... Verano empezó a aullar. El maestre Luwin se interrumpió, sobresaltado. Entonces, Peludo se levantó y aulló a coro con su hermano, y el corazón de Bran se llenó de temor.
— Ya viene— susurró con la seguridad de la desesperación. Comprendió que lo había sabido desde la noche anterior, desde que el cuervo lo llevó a las criptas para despedirse. Lo había sabido, pero se negaba a creerlo. Deseaba que el maestre Luwin tuviera razón. « El cuervo— pensó—, el cuervo de tres ojos.» Los aullidos cesaron tan bruscamente como habían comenzado. Verano caminó hacia Peludo, y empezó a lamer el pelo ensangrentado del cuello de su hermano. En la ventana se oyó un revolotear de alas.
Un cuervo se posó sobre el alféizar de piedra gris, abrió el pico y lanzó un graznido ronco, áspero. Rickon se echó a llorar. Las puntas de flecha se le fueron cayendo una por una de la mano.
Bran se acercó a él como pudo y lo abrazó.
El maestre Luwin miró al pájaro negro como si fuera un escorpión con plumas. Se levantó despacio, como un sonámbulo, y se acercó a la ventana. Silbó, y el cuervo saltó para posársele en el antebrazo vendado. Tenía sangre seca en las alas.
— Un halcón— murmuró Luwin—. O quizá un buho. Pobrecillo, es increíble que haya llegado.— Cogió la carta que llevaba atada a la pata. Empezó a desenrollar el papel. Bran se dio cuenta de que temblaba.—¿ Qué dice?— preguntó mientras abrazaba a su hermano más fuerte todavía.— Ya sabes qué dice, chico— dijo Osha, con voz no exenta de cariño y le puso una mano en la cabeza.
El maestre Luwin alzó la vista hacia ellos, conmocionado. Era un hombre menudo, canoso, con la manga de la túnica de lana gris llena de sangre, y lágrimas en los ojos también grises.
— Mis señores— dijo a los hijos, con voz ronca, ahogada—. Tenemos... tenemos que buscar un buen escultor que conociera su rostro...
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