literatura fantástica
Juego de tronos
Y en aquel momento, una mano surgió de entre la multitud y se cerró en torno a su brazo como una trampa para lobos, con tanta fuerza que Aguja se le escapó de entre los dedos. La mano la levantó casi en vilo, la manejaba como si fuera una muñeca. Un rostro se presionó contra el suyo, una cabeza de pelo largo negro, barba enmarañada y dientes podridos.—¡ No mires!— ladró una voz ronca.— No... no... no...— sollozó Arya. El anciano la sacudió con tanta fuerza que los dientes le entrechocaron.
— Cierra la boca y cierra los ojos, chico.— A lo lejos, como envuelto en niebla, oyó un... un sonido... un ruido suave, siseante, como si un millón de personas dejaran de contener el aliento a la vez. Los dedos del anciano, duros como el hierro, se le clavaban en el brazo—. Eso es, mírame a mí.— El aliento le olía a vino agrio—. ¿ Me recuerdas, chico?
El olor la ayudó a recordar. Arya vio el pelo grasicnto, la capa negra polvorienta y llena de parches que le cubría los hombros caídos, los ojos negros entrecerrados que la miraban. Y reconoció al hermano negro que había ido a visitar a su padre.
— Me recuerdas, ¿ eh? Muy bien, eres un chico listo.— Escupió al suelo—. Esto ya ha terminado. Vendrás conmigo, y sin abrir la boca.— Arya fue a decir algo, pero la sacudió con más fuerza todavía—. He dicho que sin abrir la boca.
La multitud empezaba a marcharse de la plaza. Ya no la empujaban, todos volvían a sus vidas cotidianas. En cambio ella ya no tenía vida. Como entumecida, siguió a... « Yoren, eso es, se llama Yoren.» No vio cómo recogía a Aguja, hasta que se la devolvió.— Espero que sepas cómo se utiliza esto, chico.— No soy un...— empezó. El hombre la empujó hacia el hueco de una puerta, le metió los dedos sucios entre el pelo, y la obligó a levantar la cabeza.— No eres un chico inteligente. Eso es lo que ibas a decir, ¿ verdad? En la otra mano tenía un cuchillo. Cuando la hoja bajó como una centella hacia su rostro, Arya se echó hacia atrás, pataleó salvajemente y movió la cabeza de un lado a otro, pero la tenía sujeta por el pelo, tan fuerte que sintió como si le desgarrase el cuero cabelludo, y notó en los labios el sabor salado de las lágrimas.
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