canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 391

literatura fantástica Juego de tronos I deponer y asesinar a su hijo, y apoderarme del trono. Que el Septon Supremo, Baelor el Bienamado y los Siete sean testigos de que lo que digo es verdad: Joffrey Baratheon es el heredero legítimo del Trono de Hierro, Señor y Protector de los Siete Reinos, por la gracia de todos los dioses. Alguien entre la multitud lanzó una piedra, que acertó a su padre. Arya gritó. Los capas doradas impidieron que cayera, pero la sangre le manaba de una herida profunda en la frente. Llovieron más piedras. Una golpeó al guardia que estaba a la derecha de su padre, otra chocó contra la coraza del caballero de la armadura negra y dorada. Dos hombres de la Guardia Real se situaron ante Joffrey y la reina para protegerlos con sus escudos. Deslizó la mano bajo la capa, y palpó la empuñadura de Aguja en su vaina. Apretó el puño con los dedos, con todas sus fuerzas. «Por favor, dioses —rezó—. Protegedlo, que no hagan daño a mi padre.» —Tal como pecamos, hemos de pagar —entonó el Septon Supremo con voz profunda, mucho más alta que la de su padre, mientras se arrodillaba ante Joffrey y su madre—. Este hombre ha confesado sus crímenes aquí, en este lugar sagrado, ante los ojos de los dioses y los hombres. —Alzó las manos en gesto suplicante, y un halo de colores pareció rodearle la cabeza—. Los dioses son justos, pero Baelor el Santo nos enseñó que también son misericordiosos. ¿Qué se hará con este traidor, Alteza? Mil voces se alzaban en gritos, pero Arya no las oyó. El príncipe Joffrey... no, el rey Joffrey, salió de detrás de los escudos de sus guardias. —Mi madre me pide que permita a Lord Eddard vestir el negro, y Lady Sansa me ha suplicado piedad para su padre. —Miró a Sansa, sonrió y por un momento Arya pensó que los dioses la habían escuchado. Pero Joffrey se volvió hacia la multitud y siguió hablando—. Son mujeres, y sus corazones son blandos. Mientras yo sea vuestro rey, la traición no quedará sin castigo. ¡Ser Ilyn, traedme su cabeza! La multitud rugió, y Arya sintió que la estatua de Baelor se movía, empujada por la muchedumbre. El Septon Supremo agarraba la capa del rey, Varys se le acercó agitando los brazos, hasta la reina le decía algo, pero Joffrey hizo un gesto de negación. Señores y caballeros se hicieron a un lado para dejar paso al hombre alto y descarnado, un esqueleto con cota de mallas, la Justicia del Rey. Arya oyó, muy lejos, el grito de su hermana. Sansa había caído de rodillas y sollozaba histérica. Ser Ilyn Payne subió por los peldaños del pulpito. Arya se escurrió entre los pies de Baelor y saltó entre la multitud al tiempo que sacaba a Aguja. Cayó sobre un hombre que llevaba delantal de carnicero y lo derribó. Alguien chocó contra su espalda y estuvo a punto de tirarla por los suelos. Todo el mundo empujaba y se apretaba para adelantarse, pisoteando al pobre carnicero. Arya trató de abrirse paso con Aguja. En lo más alto del pulpito, Ser Ilyn Payne hizo un gesto, y el caballero vestido de oro y negro dio una orden. Los capas doradas tiraron a Lord Eddard sobre el mármol, con la cabeza y el pecho por encima del borde. —¡Eh, tú! —gritó a Arya una voz furiosa. Pero ella siguió corriendo, empujando a unos, esquivando a otros, derribando a todo el que se cruzaba en su camino. Una mano intentó agarrarle la pierna, Arya se defendió lanzando un tajo, pateó espinillas, una mujer cayó y Arya pasó por encima de ella, tirando de espada a diestro y siniestro, pero no servía de nada, de nada, había demasiadas personas: en cuanto conseguía abrirse un hueco, el camino se volvía a cerrar. Alguien la derribó hacia un lado. Todavía alcanzaba a oír los gritos de Sansa. Ser Ilyn sacó de la vaina que llevaba a la espalda un enorme espadón. Cuando alzó la hoja por encima de la cabeza, la luz del sol pareció dibujar ondas en el metal oscuro, y arrancó destellos de un filo más cortante que el de cualquier navaja. «Hielo —pensó—. Tiene a Hielo.» Las lágrimas le corrieron por el rostro y la cegaron. 391