canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 390

literatura fantástica
Juego de tronos
Antes de llegar a la calle de las Hermanas, la multitud era ya tan densa que no se podía caminar sin tropezar con alguien. Arya se dejó llevar por la corriente humana en la subida hasta la cima de la colina de Visenya. La plaza de mármol blanco estaba abarrotada de personas que hablaban a gritos y daban empujones para acercarse más al Gran Sept de Baelor. El tañido de las campanas allí era ensordecedor.
Arya se coló entre la multitud, se agachó para pasar entre las patas de los caballos, siempre con la espada de madera en la mano. Desde el centro de la muchedumbre sólo podía ver brazos, piernas y barrigas, así como las siete esbeltas torres del sept, que se alzaban hacia el cielo. Divisó un carromato de madera, y se le ocurrió que podría subirse encima para ver algo, pero a otros se les había ocurrido la misma idea y el cochero los echó a todos a latigazos, entre maldiciones.
Arya estaba cada vez más nerviosa. Mientras se abría paso hacia la parte delantera, la empujaron contra un pedestal de piedra. Al alzar los ojos vio a Baelor el Santo, el rey septon. Se colgó la espada del cinturón y empezó a trepar. La uña herida dejó marcas de sangre sobre el mármol pintado, pero siguió subiendo, y por fin pudo situarse entre los pies del rey. Y, entonces, vio a su padre. Lord Eddard estaba en el pulpito del Septon Supremo, fuera de las puertas del sept, apoyado entre dos capas doradas. Vestía un rico jubón de terciopelo gris, con un lobo blanco bordado con cuentas en la pechera, y una capa de lana gris ribeteada de piel, pero Arya jamás lo había visto tan flaco, y tenía el rostro marcado por el dolor. Más que mantenerse en pie, lo sujetaban, y la escayola de la pierna rota parecía sucia y podrida.
A su lado estaba el Septon Supremo en persona, un hombrecillo achaparrado, canoso, grueso, vestido con túnica blanca y una corona enorme de oro y cristales que le rodeaba la cabeza con un halo de todos los colores del arco iris cada vez que se movía.
En torno a las puertas del sept y frente al pulpito de mármol había una multitud compuesta por caballeros y grandes señores. Entre ellos destacaba Joffrey, vestido íntegramente de escarlata, con ropas de seda y satén estampadas con dibujos de venados rampantes y leones rugientes. Llevaba en la cabeza una corona de oro. La reina madre estaba a su lado, vestía una túnica negra de luto con adornos color escarlata, y se cubría el cabello con un velo de diamantes negros. Arya reconoció al Perro, que llevaba sobre la armadura gris una capa nivea. Junto a él había cuatro hombres de la Guardia Real. Varys el eunuco paseaba entre los caballeros en zapatillas, vestido con una túnica de damasco estampada, y a Arya le pareció que el hombre bajo la capa plateada y la barbita puntiaguda podía ser el que en cierta ocasión se había batido en duelo por su madre.
Y entre ellos estaba Sansa, vestida con ropas de seda color azul claro, la larga cabellera castaña bien lavada y rizada, y brazaletes de plata en las muñecas. Arya frunció el ceño, ¿ qué hacía allí su hermana? ¿ Y por qué parecía tan contenta?
Una larga hilera de lanceros con capas doradas mantenían a raya a la multitud, dirigidos por un hombre recio, con una armadura muy ornamentada, llena de lacados negros y filigranas de oro. La capa tenía el brillo metálico del hilo de oro.
Cuando las campanas dejaron de sonar, en la plaza se hizo el silencio, y su padre alzó la cabeza y empezó a hablar con voz tan débil que apenas se le oía. «¿ Qué?» y «¡ Más alto!», empezaron a gritar a espaldas de Arya. El hombre de la armadura negra y dorada avanzó hacia su padre y le dio un empujón brusco. Arya habría querido gritar que lo dejaran en paz, pero sabía que nadie la escucharía. Se mordió el labio.
— Soy Eddard Stark, señor de Invernalia y Mano del Rey— dijo su padre empezando de nuevo, en voz más alta, de manera que sus palabras se escucharon en toda la plaza—. Estoy aquí para confesar mi traición ante los dioses y los hombres.
— No— sollozó Arya. Bajo ella, la multitud empezó a gritar insultos y obscenidades. Sansa se ocultó el rostro entre las manos.
— Traicioné la fe de mi rey y la confianza de mi amigo Robert— gritó su padre, alzando más la voz para hacerse oír—. Juré defender y proteger a sus hijos, pero su sangre estaba todavía caliente cuando conspiré para
390