literatura fantástica Juego de tronos
A lo lejos, al otro lado de la ciudad, las campanas empezaron a sonar. Arya alzó la vista y escuchó, ¿ qué significaría aquel nuevo repique?—¿ Qué pasa ahora?— preguntó un hombre gordo, desde uno de los tenderetes de los calderos.— Los dioses se apiaden de nosotros, otra vez las campanas— aulló una vieja.—¿ Se ha muerto el niño rey?— gritó una prostituta pelirroja, envuelta en finas sedas, asomándose a la calle por la ventana de un segundo piso—. Es lo que tienen los niños, no duran nada.— Se echó a reír, y un hombre desnudo la agarró desde atrás, le mordió el cuello y le sobó los grandes pechos blancos, que se veían por debajo de la escasa ropa.
— Puta imbécil— replicó también a gritos el hombre gordo—. El rey no ha muerto, son campanas de llamada. Sólo las de una torre. Cuando muere el rey suenan todas las de la ciudad.
— Oye, deja de morderme o te voy a hacer sonar yo a ti las campanas— dijo la mujer de la ventana al hombre que estaba detrás de ella, al tiempo que lo apartaba de un codazo—. Entonces, ¿ quién se ha muerto?— Es una llamada— repitió el gordo. Dos chicos de la edad de Arya pasaron junto a ella, pisoteando un charco. Una anciana los maldijo, pero ellos siguieron corriendo. No eran los únicos, todo el mundo se dirigía colina arriba para ver a qué venía tanto jaleo. Arya corrió tras el chico que iba más despacio.—¿ Qué pasa?— Los capas doradas lo llevan al sept.— El chico se había vuelto para mirarla, sin aminorar el paso.—¿ A quién?— gritó sin parar de correr.—¡ A la Mano! Buu dice que le van a cortar la cabeza. Un carromato había dejado un surco profundo en la calle. El chico lo salvó de un salto, pero Arya no lo vio. Tropezó y cayó de bruces, se hizo un arañazo profundo en la rodilla contra una piedra y se magulló los dedos al caer en la tierra dura. Aguja se le enredó entre las piernas. Contuvo un sollozo mientras se ponía en pie. Tenía el pulgar de la mano izquierda lleno de sangre. Cuando se lo lamió, vio que se había arrancado la mitad de la uña. Las manos le dolían, y también tenía la rodilla ensangrentada.
—¡ Abrid paso!— gritó alguien desde la calle transversal—. ¡ Abrid paso a mis señores de Redwyne!
Arya apenas tuvo tiempo de apartarse del camino para que no la arrollaran cuatro guardias a lomos de caballos enormes que pasaron al galope. Llevaban capas a cuadros de colores azul y vino. Tras ellos iban dos jóvenes señores, que parecían idénticos, a lomos de yeguas zainas también iguales. Arya los había visto un centenar de veces en el patio, eran los gemelos Redwyne, Ser Horas y Ser Hobber, dos muchachos poco agraciados, de cabellos rojos y rostros cuadrados llenos de pecas. Sansa y Jeyne Poole los llamaban Ser Horror y Ser Baboso, y siempre que los veían hacían comentarios entre risitas. En aquel momento no tenían nada de graciosos.
Todo el mundo iba en la misma dirección, con prisa por averiguar a qué venía el tañido de las campanas. Sonaban cada vez más fuerte, a nadie le podía pasar desapercibida su llamada. Arya se unió a la riada de gente. La uña del pulgar le dolía tanto que tenía que aguantarse para no llorar. Iba chupándose el dedo a medida que caminaba, escuchando los comentarios a su alrededor.—... la Mano del Rey, Lord Stark. Lo llevan al Sept de Baelor.— Pero ¿ no estaba muerto?— Ya no le falta mucho. Me apuesto un venado de plata a que lo decapitan.— Eso espero, el muy traidor.— El hombre escupió al suelo.— Él jamás...— empezó Arya, intentando que la oyeran. Pero eran adultos, y ella sólo una chiquilla.—¡ No seas idiota! No le van a cortar la cabeza. ¿ Desde cuándo llevan a los traidores a las escaleras del Gran Sept?
— Pues desde luego no lo van a ungir caballero. Me han dicho que fue Stark el que mató al viejo rey Robert. Le cortó el gaznate en el bosque, y cuando lo encontraron estaba tan tranquilo, diciendo que había sido un jabalí.— No es verdad, el que lo mató fue su hermano, el tal Renly, el del casco con astas de oro.— Cierra esa boca mentirosa, mujer, no sabes lo que dices; el hermano del difunto rey era un buen hombre.
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