literatura fantástica
Juego de tronos
pelo. Aunque no le hacía ninguna falta que se lo revolvieran. Se había visto reflejada en los charcos, y no creía posible que pudiera haber un cabello más revuelto que el suyo.
Había tratado de hablar con los niños que veía en las calles, con la esperanza de trabar amistad con alguno que le ofreciera un lugar donde dormir, pero seguramente se había expresado mal o algo así. Los pequeños la miraban con cautela, y si se acercaba a ellos echaban a correr. Sus hermanos mayores le hacían preguntas a las que Arya no podía responder, la insultaban, e intentaban robarle lo que tenía. El día anterior una muchacha flaca y descalza, que la doblaba en edad, la tiró al suelo e intentó quitarle las botas, pero Arya la golpeó en la oreja con la espada de madera, y la otra se alejó ensangrentada y sollozante.
Mientras bajaba por la ladera de la colina hacia el Lecho de Pulgas, una gaviota pasó volando sobre ella. Arya la miró, pensativa, aunque estaba fuera del alcance de su espada. La había hecho pensar en el mar. Quizá aquélla fuera la salida. La Vieja Tata contaba cuentos acerca de muchachos que embarcaban como polizones en galeras mercantes, navegaban y corrían aventuras. A lo mejor Arya también podía hacerlo. Decidió ir hasta el río. Le quedaba de camino hacia la Puerta del Lodazal, que todavía no había visitado aquel día.
Cuando llegó, los muelles estaban extrañamente silenciosos. Divisó a una pareja de capas doradas que caminaban por el mercado del pescado, pero ellos no la miraron. La mitad de los puestos estaban vacíos, y le pareció que en las dársenas había muchos menos barcos de los que recordaba. Tres galeones de guerra del rey avanzaban en formación por el Aguasnegras, los cascos pintados de color oro hendían las aguas a medida que los remos subían y bajaban. Arya los observó un rato y echó a andar por la ribera.
Cuando vio a los guardias en el tercer malecón, con capas de lana gris ribeteadas de seda blanca, casi se le paró el corazón. Los colores de Invernalia le llenaron los ojos de lágrimas. Estaban cerca de una pequeña galera mercante trirreme, amarrada junto a la orilla. Arya no supo leer el nombre, estaba escrito en un idioma extraño, myriano, bravoosi, tal vez alto valyriano. Agarró por la manga a un estibador que pasó junto a ella.— Por favor— dijo—, ¿ qué barco es ése?— Es el Bruja del Viento, de Myr— le respondió el hombre.—¡ Sigue aquí!— exclamó Arya. El estibador le lanzó una mirada desconcertada, se encogió de hombros y siguió su camino. Arya corrió hacia el malecón. El Bruja del Viento era el barco que había apalabrado su padre para llevarla a casa... ¡ y aún estaba allí! Creía que habría zarpado hacía ya muchos días.
Dos de los guardias jugaban a los dados, mientras el tercero hacía una ronda con la mano sobre el pomo de la espada. No quería que la vieran llorar como a una niñita, así que se detuvo para frotarse los ojos. Los ojos los ojos los ojos... ¿ por qué? « Mira con los ojos », oyó susurrar a Syrio. Arya miró. Conocía a todos los hombres de su padre. Los tres de las capas grises eran desconocidos.— Eh, tú— dijo el que hacía la ronda—. ¿ Qué buscas aquí, chico? Los otros dos alzaron la vista. Arya hizo un esfuerzo supremo por controlarse para no salir corriendo, sabía que si lo hacía la perseguirían. Se obligó a acercarse. Esperaban a una chica, pero la habían tomado por un chico. Pues, entonces, sería un chico.—¿ Queréis comprar una paloma?— Le mostró el pájaro muerto.— Largo de aquí— replicó el guardia. Arya obedeció. No tuvo que fingir miedo, lo sentía de verdad. A su espalda, los hombres volvieron a concentrarse en los dados.
Nunca supo cómo había conseguido regresar al Lecho de Pulgas, pero cuando llegó a las callejuelas retorcidas y sin pavimentar que discurrían entre las colinas estaba jadeante y sudorosa. El Lecho tenía un olor propio, apestaba a pocilgas, establos y curtidurías, y también a pellejos de vino agrio y a burdeles baratos. Arya recorrió el laberinto como en sueños. Hasta que no le llegó el olor del guiso que se cocía en un tenderete, no se dio cuenta de que ya no tenía la paloma. Se le debía de haber caído del cinturón al correr, o tal vez se la habían robado sin que se diera cuenta. Sintió ganas de llorar de nuevo. Tendría que volver a la calle de la Harina, y no sabía si podría cazar otra tan gorda.
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