canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 387
literatura fantástica
Juego de tronos
Pulgas, en tejados y en establos, en cualquier lugar donde encontraba un rincón para tenderse, y no
había tardado en comprender por qué aquel barrio tenía semejante nombre.
Tras escapar de la Fortaleza Roja, no había pasado un día sin que Arya visitara las siete
puertas de la ciudad. La Puerta del Dragón, la Puerta del León y la Puerta Antigua estaban cerradas y
con barrotes. La Puerta del Lodazal y la Puerta de los Dioses estaban abiertas, pero sólo para los que
querían entrar en la ciudad: los guardias no permitían que
nadie saliera por ellas. Los que querían marcharse tenían que hacerlo por la Puerta del Rey o
por la Puerta de Hierro, que estaban vigiladas por guerreros Lannister con sus capas rojas y sus yelmos
adornados con leones. Arya los había espiado desde el tejado de una posada cercana a la Puerta del
Rey, y había visto que registraban los carros y carromatos, que obligaban a los jinetes a abrir sus
alforjas, y que interrogaban a todo el que quería salir a pie.
A veces consideraba la posibilidad de salir a nado, pero el río Aguas-negras era ancho y
profundo, y todo el mundo decía que las corrientes eran traicioneras. Y no tenía dinero para pagar a un
barquero, ni sacar pasaje en una nave.
Su señor padre le había enseñado que no debía robar jamás, pero cada vez le resultaba más
difícil recordar por qué. Si no conseguía salir, y pronto, tendría que arriesgarse con los capas doradas.
Desde que aprendió a cazar palomas con la espada de madera no había vuelto a pasar hambre, pero
tenía miedo de ponerse enferma si seguía comiendo aquella carne. Antes de encontrar el Lecho de
Pulgas, se había comido las primeras crudas.
En el Lecho había tenderetes con calderos en cada callejón, en los que hervían guisos que
llevaban años al fuego; allí se podía cambiar media paloma por un pedazo de pan del día anterior y un
«cuenco de estofado», y hasta te ponían la otra mitad al fuego y te la asaban, siempre que uno mismo
le quitara las plumas. Arya habría dado cualquier cosa por un tazón de leche y un pastelillo de limón,
pero el estofado tampoco estaba tan mal. Por lo general llevaba cebada, trozos de zanahoria, nabo y
cebolla, y en ocasiones hasta manzana, y siempre había una capa de grasa en la superficie. Ella
procuraba no pensar en la carne. Una vez le había tocado un trozo de pescado.
Pero los tenderetes de los calderos siempre estaban llenos y, aunque se apresuraba a recoger la
comida Arya notaba los ojos clavados en ella. Algunos le miraban las botas o la capa, y sabía qué
estaban pensado. En cambio otros le metían la mirada por debajo de las ropas. No sabía qué pensaban
ésos, cosa que le daba todavía más miedo. En un par de ocasiones la persiguieron por los callejones,
pero hasta entonces no la habían atrapado.
El brazalete de plata que había pensado vender se lo robaron la primera noche que pasó fuera
del castillo, junto con el hato de ropa buena, mientras dormía entre los restos quemados de una casa
del callejón del Cerdo. Lo único que le quedaba era la capa con que se tapaba, las prendas de cuero
sobre las que se había acostado, la espada de madera... y Aguja. Por
suerte dormía sobre ella, de lo contrario también la habría perdido. Valía más que el resto de
los objetos juntos. Desde entonces Arya había llevado siempre la capa echada sobre el brazo derecho,
para ocultar la espada que le colgaba de la cintura. En cambio la espada de madera la llevaba en la
mano izquierda, para que todo el mundo la viera, con la esperanza de desanimar a los ladrones. Pero
en los tenderetes de los calderos había hombres que no se desanimarían aunque llevara un hacha de
guerra. Aquello bastaba para quitarle las ganas de comer paloma y pan duro. A menudo prefería
acostarse con hambre antes que arriesgarse a las miradas.
Cuando saliera de la ciudad podría recoger bayas, o robar manzanas y cerezas en los huertos.
Recordaba haber visto varios desde el camino real, cuando llegaron al sur. También podría buscar
raíces en el bosque, o incluso cazar algún conejo. En la ciudad los únicos animales que corrían eran las
ratas, los gatos y algunos perros famélicos. Le habían dicho que en los tenderetes de los calderos se
pagaba un puñado de monedas de cobre por una carnada de cachorros, pero no quería ni pensar en eso.
Al final de la calle de la Harina había un laberinto de callejuelas sinuosas y callejones sin
salida. Arya pasó entre la multitud, tratando de alejarse lo máximo posible de los capas doradas. Había
descubierto que lo mejor era ir por el centro de la calle. A veces tenía que esquivar caballos o
carromatos, pero al menos los veía venir. Si caminaba cerca de los edificios, alguien podía agarrarla.
En algunos callejones había que ir rozando los muros, porque los edificios estaban tan próximos que
casi se tocaban.
Una pandilla de niñitos escandalosos pasó corriendo junto a ella mientras hacían rodar un aro.
Arya los miró con rencor, le recordaban los tiempos en que jugaba al aro con Bran, con Jon y con el
pequeño Rickon. Se preguntó cuánto habría crecido ya Rickon, y si Bran estaría muy triste. Habría
dado cualquier cosa por tener allí a Jon, oír cómo la llamaba «her-manita» y sentir cómo le revolvía el
387