canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 386
literatura fantástica
Juego de tronos
ARYA
El aroma del pan caliente que salía de las tiendas en la calle de la Harina era más dulce que
ningún perfume que Arya hubiera olido jamás. Respiró hondo y se acercó un paso más a la paloma.
Era un ave rechoncha, con manchas marrones, que parecía muy ocupada picoteando un trozo de
corteza incrustado entre dos piedras de la calle, pero alzó el vuelo en cuanto la sombra de Arya la rozó.
La espada de madera silbó, y acertó al animal a medio metro del suelo. Cayó en un revoloteo
de plumas marrones. La niña saltó sobre ella en un abrir y cerrar de ojos, la agarró por un ala mientras
se debatía y le lanzaba picotazos a los dedos. La cogió por el cuello y se lo retorció hasta que sintió
cómo se rompía el hueso.
Comparadas con los gatos, las palomas eran muy fáciles.
Un septon que pasaba por allí la miró con recelo.
—Es el mejor lugar para cazar palomas —le dijo Arya al tiempo que se estiraba las ropas y
recogía la espada de madera—. Vienen a por las migas.
Él se alejó a toda prisa. Arya se ató la paloma al cinturón y echó a andar calle abajo. Un
hombre empujaba un carrito de dos ruedas lleno de tartas. El aire se impregnó del olor de los
arándanos, los limones y los albaricoques. El estómago le rugió con un sonido hueco.
—¿Me dais una? —se oyó decir—. De limón, o... de lo que sea.
—Son tres monedas de cobre —dijo el hombre del carrito después de mirarla de arriba abajo.
Obviamente, lo que veía no le gustaba.
—Os la cambio por una paloma bien gorda —dijo Arya dándose unos golpecitos en la bota
con la espada de madera.
—Los Otros se lleven tu paloma —replicó el hombre del carrito.
Las tartas estaban recién salidas del horno. El olor le hacía la boca agua, pero no tenía tres
monedas de cobre. Ni siquiera una. Miró al hombre, recordando lo que le había dicho Syrio acerca de
ver de verdad. Era bajo, tenía una barriga redonda, y parecía apoyarse más en la pierna izquierda al
caminar. Pensó que, si cogía una tarta y echaba a correr, no podría atraparla, pero él pareció leerle el
pensamiento.
—Ni se te ocurra acercar esas manos sucias. Los capas doradas saben qué hacer con las ratas
ladronas como tú, no lo dudes.
Arya miró hacia atrás con cautela. En la entrada de un callejón había dos guardias de la
ciudad. Las capas les llegaban casi hasta el suelo, eran
gruesas, de lana teñida de color dorado, mientras que las cotas de mallas, las botas y los
guantes eran negros. Uno llevaba una espada larga colgada del cinturón, el otro una porra de hierro.
Arya lanzó una última mirada anhelante a las tartas, y se alejó del carrito a buen paso. Los capas
doradas no se habían fijado en ella, pero con sólo verlos se le ponía un nudo en el estómago. Se había
mantenido lo más lejos posible del castillo, pero pese a la distancia las cabezas que se pudrían en la
cima de los muros rojos se veían demasiado bien. Los cuervos revoloteaban ruidosos sobre ellas. En el
Lecho de Pulgas se comentaba que los capas doradas se habían aliado con los Lannister, y que su
comandante tenía ahora rango de lord, además de tierras en el Tridente y un asiento en el Consejo
Privado del rey.
También había oído otros comentarios, cosas que daban miedo, cosas que no comprendía.
Unos decían que su padre había asesinado al rey Robert, y que Lord Renly lo había matado a él. En
cambio otros aseguraban que Renly había matado al rey en una pelea, cuando los dos hermanos
estaban borrachos. Si no, ¿por qué había huido en medio de la noche, como un vulgar ladrón? Según
una versión, al rey lo había matado un jabalí durante la cacería, y según otra, había muerto comiendo
jabalí con tanta gula que había estallado en la mesa. Otros decían que no, que el rey había muerto
sentado a la mesa, pero porque Varys la Araña lo había envenenado. No, lo había envenenado la reina.
No, había muerto de viruelas. No, se había ahogado con una espina de pescado.
Lo único que tenían en común todos los rumores era la certeza de que el rey Robert había
muerto. Las campanas de las siete torres del Gran Sept de Baelor habían repicado todo un día y toda
una noche, el retumbar de su dolor recorrió la ciudad como una marea de bronce. Las campanas sólo
repicaban así por la muerte de un rey, según le contó a Arya el hijo de un curtidor.
Ella lo único que quería era volver a casa, pero no era tan sencillo salir de Desembarco del
Rey. Los rumores de guerra estaban en todas las bocas, y los capas doradas estaban sobre los muros de
la ciudad como pulgas sobre... bueno, sobre ella, por ejemplo. Había estado durmiendo en el Lecho de
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