canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 393
literatura fantástica
Juego de tronos
BRAN
—¡Peleas como un ganso! —volvía a gritar Ser Rodrik abajo, en el patio—. ¡Él te pica y tú lo
picas más fuerte! ¡Para los golpes! Bloquéalos, pelear como gansos no sirve de nada. ¡Si esto fueran
espadas de verdad, el primer picotazo te había cortado el brazo! —Otro de los muchachos soltó una
carcajada, y el anciano caballero se volvió hacia él—. Ríete lo que quieras. Sí, tú. ¡Qué descaro! Tú,
que peleas como un puerco espín...
—Hubo una vez un caballero que no veía —insistió Bran, testarudo, mientras en el patio Ser
Rodrik seguía con su reprimenda—. La Vieja Tata me habló de él. Tenía un cayado largo, con hojas
afiladas en los dos extremos, lo hacía girar con las manos y mataba a dos enemigos a la vez.
—Symeon Ojos de Estrella —dijo Luwin mientras anotaba cifras en un libro—. Cuando
perdió los ojos, se puso zafiros estrellados en las cuencas vacías, o al menos eso dicen los bardos. No
es más que un cuento, Bran, igual que las historias de Florian el Bufón. Fábulas de la Edad de los
Héroes. —El maestre chasqueó la lengua—. Tienes que olvidarte de esos sueños, sólo servirán para
hacerte daño.
—Anoche volví a soñar con el cuervo. —La mención de los sueños se lo había recordado—.
El de los tres ojos. Entró volando en mi dormitorio y me dijo que fuera con él, y lo hice. Bajamos a las
criptas. Mi padre estaba allí, y hablamos. Parecía triste.
—Y eso ¿por qué? —preguntó Luwin mientras miraba por el catalejo.
—Creo que por algo relacionado con Jon. —El sueño había sido muy inquietante, más que
ninguno de los otros sueños del cuervo—. Hodor no quiere bajar a las criptas. —Bran se dio cuenta de
que el maestre apenas le había prestado atención, pero en aquel momento apartó los ojos del catalejo y
parpadeó.
—¿Que Hodor no quiere qué?
—Bajar a las criptas. Cuando me desperté, le dije que me llevara abajo a ver si mi padre
estaba allí de verdad. Al principio no me entendió, pero hice que fuéramos hasta las escaleras y le dije:
«Por ahí, por ahí», y no quiso bajar. Se quedó diciendo «Hodor», como si le diera miedo la oscuridad,
¡pero yo llevaba una antorcha! Me enfadé tanto que estuve a punto de darle un capón, como hace
siempre la Vieja Tata. —Vio que el maestre fruncía el ceño—. Pero no lo hice —se apresuró a añadir.
—Bien. Hodor es un hombre, no una muía a la que se pueda apalear.
—En el sueño vuelo con el cuervo, pero cuando estoy despierto no puedo —explicó Bran.
—¿Y para qué quieres bajar a las criptas?
—Ya te lo he dicho. Para buscar a mi padre.
Los mayores eran hombres adultos, de diecisiete o dieciocho años. Uno tenía más de
veinte. Pero la mayoría eran más jóvenes, de dieciséis años o menos.
Bran los observó desde la balconada en la torre del maestre Luwin, los oyó gruñir,
esforzarse y maldecir mientras blandían los cayados y las espadas de madera. El patio resonaba
con el chocar de la madera contra la madera, salpicado demasiado a menudo por los gritos de
dolor cuando un golpe acertaba en el cuero o en la carne. Ser Rodrik cabalgaba entre los
muchachos, con el rostro enrojecido bajo los bigotes blancos, dando instrucciones a todos y cada
uno de ellos. Bran no recordaba haber visto nunca al viejo caballero tan indignado.
—No —decía sin parar—. No. No. No.
—No pelean demasiado bien —comentó Bran, dubitativo. Rascó distraídamente a Verano
detrás de las orejas, mientras el lobo huargo arrancaba un bocado de un trozo de carne. Trituró los
huesos entre los dientes.
—Desde luego —asintió el maestre Luwin con un suspiro. El maestre estaba mirando por
su gran catalejo myriano, medía las sombras y anotaba la posición del cometa que se veía muy
cercano en el cielo de la mañana—. Pero, en estos tiempos que corren... Ser Rodrik tiene razón,
necesitamos hombres que monten guardia en la muralla. Tu señor padre se llevó a Desembarco
del Rey la flor y nata de su guardia, y el resto siguieron a tu hermano, al igual que todos los
muchachos aptos en leguas a la redonda. Muchos no volverán jamás, y tenemos que buscar
hombres que ocupen sus lugares.
Bran miró con resentimiento a los jóvenes sudorosos del patio.
—Si tuviera bien las piernas podría derrotarlos a todos. —Recordó la última ocasión en
que había tenido una espada en la mano, cuando el rey visitó Invernalia. No era más que una
espada de madera, pero con ella había derribado al príncipe Tommen media docena de veces—.
393