canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 375
literatura fantástica
Juego de tronos
«Se acercan», pensó Catelyn.
—Ya se acercan, mi señora —susurró Hal Mollen. Siempre había sido muy dado a señalar
lo evidente—. Los dioses nos acompañen.
Ella asintió. El bosque en torno a ellos fue quedando en silencio, y entonces los oyó,
lejanos, pero aproximándose: los cascos de muchos caballos, el sonido de espadas, lanzas y
armaduras, el murmullo de voces humanas, de cuando en cuando una risa, una maldición...
Tuvo la sensación de que transcurrían eones. Los sonidos eran cada vez más fuertes. Oyó
más risas, órdenes a gritos, chapoteos cuando cruzaron y volvieron a cruzar el pequeño arroyo. Un
caballo relinchó. Un hombre lanzó una maldición. Y, por último, lo vio. Sólo durante un instante,
entre las ramas de los árboles, desde el lugar donde se dominaba el valle, pero supo que era él.
Pese a la distancia, Jaime Lannister era inconfundible. La luz de la luna le teñía de plata el oro de
la armadura y del cabello, y de negro el escarlata de la capa. No llevaba yelmo.
Apareció y desapareció en un instante, los árboles volvieron a ocultar la armadura
plateada. Otros pasaron tras él, largas columnas de hombres, caballeros, espadas juramentadas,
jinetes libres, tres cuartas partes de los hombres a caballo de los Lannister.
—No es hombre que se siente en una tienda a esperar mientras sus carpinteros construyen
torres de asedio —les había garantizado Ser Brynden—. Ya ha hecho tres expediciones con sus
caballeros, para dar caza a asaltantes, o para asolar alguna aldea rebelde.
Robb había asentido y estudiado el mapa que su tío le había dibujado. Ned le había enseñado a
interpretar los mapas.
—Atacadlo aquí —dijo al tiempo que señalaba un punto—. Que sean unos cientos de
hombres, no más. Vasallos de los Tully. Cuando os persiga, estaremos esperando... —Movió el dedo
un par de centímetros hacia la izquierda—. Aquí.
«Aquí» era un silencio en la noche, sombras y luz de luna, una gruesa alfombra de hojas
muertas, riscos frondosos en pendiente suave hasta el lecho del arroyo.
«Aquí» era su hijo a lomos de un semental, volviendo la vista atrás por última vez para
mirarla, levantado la espada en gesto de saludo.
«Aquí» era la llamada del cuerno de guerra de Maege Mormont, un sonido grave y prolongado
que retumbó en el valle, para informarlos de que el último de los jinetes de Jaime había entrado en la
trampa.
Y Viento Gris echó la cabeza hacia atrás y aulló.
El aullido pareció recorrer la espalda de Catelyn Stark y le provocó escalofríos. Era un sonido
espantoso, aterrador, pero al mismo tiempo tenía música. Por un instante, compadeció a los Lannister
del valle.
«Así que ése es el sonido de la muerte», pensó.
Aruuuuuuuuuuuuu, fue la respuesta que les llegó desde el risco más lejano, cuando el Gran
Jon hizo sonar también su cuerno. Al este y al oeste, las trompetas de los Mallister y los Frey sonaron
clamando venganza. Al norte, donde el valle se estrechaba como un codo elevado, los cuernos de
guerra de Lord Karstark se sumaron al coro con sus voces profundas y tristes. Abajo, en el arroyo, los
hombres gritaban y los caballos corcoveaban.
El bosque susurrante dejó escapar en una sola bocanada todo el aliento contenido cuando los
arqueros que Robb había ocultado entre las ramas de los árboles dispararon sus flechas, y la noche
estalló con los gritos de hombres y caballos. Alrededor de Catelyn los jinetes alzaron las lanzas, y la
tierra y las hojas que hasta entonces habían ocultado el brillo cruel de sus puntas cayeron para dejar al
descubierto todo el esplendor del acero afilado.
—¡Invernalia! —oyó gritar a Robb mientras las flechas silbaban de nuevo. Se alejó de ella al
trote, a la cabeza de sus hombres, colina abajo.
Catelyn se quedó a lomos de su caballo, inmóvil, rodeada por Hal Mollen y por su guardia.
Esperó, como había esperado antes, a Branden, a Ned y a su padre. Estaba en lo más alto del risco, y
los árboles le ocultaban casi todo lo que sucedía abajo. Transcurrió un instante, dos, cuatro, y de
pronto fue como si sus protectores y ella estuvieran a solas en el bosque. Los demás habían
desaparecido entre la espesura.
Pero, cuando miró hacia el risco más lejano, al otro lado del valle, vio cómo los jinetes del
Gran Jon salían de la oscuridad bajo los árboles. Formaban una hilera larga, una hilera infinita, y hubo
un momento, apenas una fracción de segundo, en el que Catelyn no vio más que la luz de la luna
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