canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Página 374

literatura fantástica
Juego de tronos
«¿ Dónde están?», se preguntó. ¿ Acaso se había equivocado su tío? Todo dependía de lo que les había dicho. Robb había puesto trescientos hombres bien elegidos a las órdenes del Pez Negro, y los envió por delante.
— Jaime no lo sabe— le había dicho Ser Brynden a su regreso—. Me apostaría la vida. Mis arqueros se han encargado de que no le llegara ningún pájaro. Hemos visto a algunos de sus oteadores, pero los que llegaron a vernos a nosotros no viven para contarlo. Jaime debería haber dedicado más hombres a esa misión. No lo sabe.
—¿ Cómo es su ejército?— había preguntado su hijo.
— Doce mil hombres a pie, dispersos en torno al castillo en tres campamentos diferentes, separados por los ríos— fue la respuesta de su tío. Tenía en el semblante arrugado la sonrisa que ella recordaba tan bien—. No hay otra manera de asediar Aguasdulces, pero puede resultar fatal para ellos. Dos o tres mil a caballo.— El ejército del Matarreyes triplica al nuestro— señaló Galbart Glover.— Es cierto— asintió Ser Brynden—. Pero Ser Jaime carece de una cosa.—¿ De qué?— inquirió Robb.— De paciencia. Su ejército era más numeroso que al pasar por los Gemelos. Lord Jason Mallister había acudido desde Varamar con sus hombres, y se reunió con ellos cuando rodearon las aguas del Forca Azul. También se les habían unido otros: caballeros sin señor, señores menores, guerreros libres que huyeron hacia el norte cuando el ejército de su hermano Edmure cayó ante los muros de Aguasdulces... Todos habían galopado sin descanso para llegar a aquel lugar antes de que Jaime Lannister recibiera noticias de su avance, y el momento estaba próximo.
Catelyn vio montar a su hijo. Olyvar Frey le sujetó el caballo. Era el hijo de Lord Walder, dos años mayor que Robb, pero diez años más inmaduro, y mucho más nervioso. Aseguró el escudo de Robb, y le tendió el yelmo. Cuando el muchacho se cubrió con él el rostro que Catelyn tanto amaba, un caballero alto y joven, a lomos de un semental gris, ocupó el lugar donde había estado su hijo. Entre los árboles reinaba la oscuridad, la luz de la luna no llegaba allí. Cuando Robb se volvió para mirarla, detrás de su visor sólo había negrura.
— Debo ir a la cabeza, madre— le dijo—. Padre siempre dice que hay que dejar que los hombres te vean antes de la batalla.— Pues ve— dijo—. Que te vean.— Eso les dará valor— dijo Robb. «¿ Y quién me dará valor a mí?», estuvo a punto de preguntar. Pero guardó silencio y consiguió dedicarle una sonrisa. Robb hizo dar la vuelta al gran semental gris, y se alejó despacio de ella, con Viento Gris siguiendo sus pasos como una sombra. Tras él, su guardia de batalla se puso en formación. Cuando obligó a Catelyn a aceptar protectores, ella insistió a su vez en que él estuviera guardado, y los señores vasallos estuvieron de acuerdo. Muchos de sus hijos exigieron a gritos el honor de cabalgar con el Joven Lobo, como habían empezado a llamarlo. Entre los treinta guardias de Robb estaban Torrhen Karstark y su hermano Eddard, además de Patrek Mallister, Pequeño Jon Umber, Daryn Hornwood, Theon Greyjoy, nada menos que cinco de los hijos de Walder Frey, y hombres mayores como Ser Wendel Manderly y Robin Flint. Uno de los guardias era una mujer, Dacey Mormont, la hija mayor de Lady Maege, heredera de la Isla del Oso, desgarbada con su más de un metro ochenta de estatura, que había recibido como regalo una maza de combate a la edad en que a otras niñas se les dan muñecas. Algunos de los señores refunfuñaron al verla, pero Catelyn no prestó atención a sus protestas.
— Aquí no se trata del honor de vuestras casas— les dijo—. Se trata de mantener a mi hijo sano y salvo. « Y para eso, ¿ bastará con treinta hombres?— se preguntó—. ¿ Bastará con seis mil?» Un pájaro empezó a piar a lo lejos, era un trino agudo que a Catelyn le produjo la misma sensación que una mano helada en la nuca. Otro respondió, y un tercero, y un cuarto. Conocía bien aquellos trinos, había pasado mucho tiempo en Invernalia. Alcaudones de las nieves. A veces aparecían en lo peor del invierno, cuando el bosque de dioses estaba blanco y silencioso. Eran pájaros del norte.
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