canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 371

literatura fantástica
Juego de tronos
« Sí », pensó Tyrion. Pero la palabra se le atragantaba. El sonido que emitió mientras se incorporaba de rodillas fue más semejante a un graznido. Tanteó a su alrededor en busca de un arma. La espada, la daga, lo que fuera...
—¿ Te rindes?— El caballero se alzaba sobre él, a lomos de su caballo pertrechado. Tanto el hombre como el animal parecían inmensos. La maza describió un círculo perezoso. Tyrion tenía las manos entumecidas, la visión borrosa, la vaina de la espada vacía—. Ríndete o muere— declaró el caballero a la vez que blandía la maza, más deprisa.
Tyrion se puso de pie tan deprisa como pudo, y embistió de cabeza contra el vientre del caballo. El animal lanzó un relincho espantoso, y corcoveó. La sangre y las visceras cayeron como una lluvia sobre la cara de Tyrion, y el animal se derrumbó como una avalancha. Cuando se quiso dar cuenta, tenía el visor sucio de barro y algo le aplastaba el pie. Consiguió liberarse. Tenía un nudo tan tenso en la garganta que apenas si consiguió hablar.—... rindes...— graznó de manera patética.— Sí— gimió una voz llena de dolor. Tyrion se quitó el barro del yelmo para poder ver. El caballo había caído hacia el otro lado, sobre su jinete. El caballero tenía una pierna atrapada debajo, y el brazo con el que había intentado parar la caída estaba doblado en un ángulo grotesco—. Me rindo.— Se tanteó el cinturón con la mano del brazo sano, sacó una espada y la tiró a los pies de Tyrion—. Me rindo, mi señor.
El enano, asombrado, se arrodilló y cogió el arma. Un latigazo de dolor le recorrió el codo al mover el brazo. El combate se había desplazado, ya no tenía lugar a su alrededor. En aquel punto del campo de batalla no quedaba nadie, aparte de los cadáveres. Los cuervos ya los sobrevolaban en círculos y se posaban para comer. Advirtió que Ser Kevan había maniobrado con sus hombres para dar apoyo a la vanguardia, la multitud de hombres armados con picas hacía retroceder a los norteños hacia las colinas. En aquellos momentos forcejeaban en las laderas, las picas chocaban contra otra muralla de escudos, éstos ovalados y reforzados con remaches de hierro. El aire volvió a llenarse de flechas, y los hombres que se parapetaban tras la pared de roble cayeron bajo aquella lluvia mortífera.— Me temo que los vuestros están perdiendo, ser— dijo al caballero atrapado bajo el caballo. El hombre no respondió nada. Tyrion oyó el sonido de unos cascos de caballo a su espalda, y se volvió, aunque el dolor del codo apenas si le permitía sostener la espada. Bronn tiró de las riendas y lo miró desde arriba.— No se puede decir que me hayas ayudado mucho— bufó Tyrion.— Por lo que veo te las has arreglado muy bien solo— replicó Bronn—. Pero has perdido la púa del yelmo. Tyrion se palpó la parte superior del casco. La púa ya no estaba en su lugar.— No la he perdido. Sé perfectamente dónde está. ¿ Has visto mi caballo?
Cuando lo encontraron, las trompetas ya habían sonado de nuevo y la retaguardia de Lord Tywin se acercaba por el río. Tyrion vio pasar a su padre, con el estandarte rojo y oro de los Lannister ondeando a su paso. Lo rodeaban quinientos jinetes, el sol arrancaba destellos de las puntas de sus lanzas. Los restos de las líneas de los Stark se quebraron ante la carga como un cristal con el golpe de un martillo.
Tyrion sentía el codo dolorido y entumecido, y no hizo el menor ademán de unirse a la carnicería. Bronn y él fueron a buscar a sus hombres. A muchos los encontró entre los muertos. Ulf, hijo de Umar, yacía sobre un charco de sangre coagulada, le faltaba un antebrazo, y a su alrededor yacían también una docena de sus Hermanos de la Luna. Shagga estaba bajo un árbol, acribillado a flechazos, con la cabeza de Conn en el regazo. Tyrion creyó que ambos estaban muertos, pero cuando desmontó Shagga abrió los ojos.— Han matado a Conn, hijo de Coratt— dijo. El atractivo Conn no tenía más heridas que la mancha roja del pecho, allí donde la lanzada le había arrancado la vida. Bronn ayudo a Shagga a ponerse en pie, y el montañés pareció advertir por primera vez las flechas que tenía clavadas. Se las fue arrancando una a una, maldiciendo los agujeros que habían hecho las prendas de cuero y mallas, y aullando como una criatura al sacarse las que se le habían enterrado en la carne. Chella, hija de Cheyk, llegó junto a ellos mientras ayudaban a Shagga a quitarse las flechas, y les mostró las cuatro orejas que había capturado. A Timett lo encontraron saqueando los cadáveres, en compañía de sus Hombres Quemados. De los
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