canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 369
literatura fantástica
Juego de tronos
aquella ala era de caballería, pero, mientras la derecha era una pina de caballeros con armaduras y
lanceros bien protegidos, en la vanguardia estaban los desperdicios del oeste: arqueros a caballo con
chalecos de cuero, un hervidero de jinetes libres y mercenarios sin disciplina, labriegos montados
sobre caballos que hasta hacía poco araban la tierra, armados con guadañas y las espadas oxidadas de
sus padres, muchachos sin entrenamiento, procedentes de los antros de Lannisport... y Tyrion, con sus
hombres de los clanes montañeses.
—Alimento para los cuervos —murmuró Bronn a su lado, poniendo voz a las palabras que
Tyrion no había querido pronunciar.
Tuvo que asentir. ¿Acaso su señor padre había perdido el juicio? Ninguna pica, pocos
arqueros, apenas un puñado de caballeros, los hombres con peores armas y armaduras, todos a las
órdenes de un salvaje que se guiaba por la rabia... ¿cómo esperaba su padre que quedara protegido el
flanco izquierdo durante la batalla?
No tuvo tiempo para pensarlo. Los tambores estaban tan cerca que el ritmo se le metía bajo la
piel y le producía cosquilieos en las manos. Bronn desenvainó la espada larga, y de pronto el enemigo
apareció ante ellos, por encima de las colinas, avanzando a paso mesurado tras una muralla de escudos
y picas.
«Malditos sean los dioses, son muchos», pensó Tyrion, aunque sabía que su padre contaba con
más hombres. Sus capitanes cabalgaban a lomos de caballos de guerra bien pertrechados, al lado de
sus portaestandartes. Divisó el alce de los Hornwood, el sol de los Karstark, el hacha de combate de
Lord Cerwyn, el puño con guantelete de los Glover... y las torres de los Frey, azul sobre gris. Con lo
seguro que había estado su padre de que Lord Walder no intervendría... El blanco de la Casa Stark
ondeaba por doquier, los huargos grises parecían a punto de saltar de los estandartes, desde lo más
elevado de las astas. Tyrion no vio a Robb, cosa que le resultó intrigante.
Resonó la llamada de un cu