literatura fantástica
Juego de tronos
El ala derecha correspondía por completo a la caballería, unos cuatro mil hombres con pesadas armaduras. Allí se concentraban más de tres cuartas partes de los jinetes, apiñados como un gigantesco puño de acero. Ser Addam Marbrand estaba al mando. Tyrion vio que en aquel momento su portaestandarte desplegaba la enseña, un árbol en llamas, anaranjado y humeante. Detrás ondeaban el unicornio púrpura de Ser Flement, el jabalí pinto de Crakehall, el gallo de Swyft, y muchos más.
Incluso desde lejos, su señor padre tenía un aspecto esplendoroso. La armadura de combate de Tywin Lannister era aún más rica que la dorada de su hijo Jaime. Llevaba una amplia capa de hilo de oro, tan pesada que apenas le ondeaba a la espalda al cabalgar, y tan larga que cuando montaba cubría casi por completo los cuartos traseros de su semental. No había broche que soportara tal peso, de manera que se la sujetaba en los hombros con dos pequeñas leonas que parecían a punto de saltar. El macho, un león de magnífica melena, descansaba sobre el gran yelmo de Lord Tywin, con las fauces abiertas en un rugido, y una zarpa amenazadora en el aire. Los tres leones eran de oro, con ojos de rubíes. La armadura era de grueso acero esmaltado en escarlata, con canilleras y guanteletes llenos de incrustaciones de oro en forma de volutas. Las róndelas tenían forma de soles, todos los broches estaban chapados en oro, y el acero rojo estaba tan bruñido que brillaba como el fuego a la luz del sol naciente.
A los oídos de Tyrion llegaba ya el retumbar de los tambores del enemigo. Recordó a Robb Stark tal como lo había visto la última vez, en el trono de su padre, en la Sala Principal de Invernalia, con la espada desenvainada en las manos. Recordó también cómo habían salido de entre las sombras los dos huargos, y volvió a verlos ante él, mostrando los colmillos, gruñendo y lanzando dentelladas. ¿ Acompañarían al chico durante la batalla? La sola idea lo ponía nervioso.
Los norteños estarían agotados tras la larga noche de marcha, sin dormir. Tyrion estaba intrigado, ¿ qué habría planeado el muchacho? ¿ Acaso había pretendido cogerlos desprevenidos mientras dormían? Era poco probable. De Tywin Lannister se podían decir muchas cosas, pero no que fuera idiota.
La vanguardia se estaba agrupando a la izquierda. Lo primero que vio fue el estandarte, tres perros negros sobre campo de oro. Bajo él cabalgaba Ser Gregor, a lomos del caballo más grande que Tyrion había visto en su vida. Bronn le echó un vistazo y sonrió.— En la batalla, sigue siempre al hombre más grande.—¿ Y eso por qué?— Tyrion lo miró con el ceño fruncido.— Son un blanco magnífico. Y ese hombre va a atraer las miradas de todos los arqueros.— La verdad es que nunca lo había considerado desde esa perspectiva.— Tyrion se echó a reír, y vio a la Montaña con otros ojos.
En Clegane no había nada de espléndido. Su armadura era de acero gris opaco, deslucida y arañada por el uso, sin ningún blasón ni adorno. Iba señalando a los hombres sus posiciones con movimientos del enorme espadón; Ser Gregor lo movía con una sola mano, con la misma facilidad con que otro habría manejado una daga.
—¡ Yo mismo mataré al que vea huir!— rugía. En aquel momento vio a Tyrion—. ¡ Gnomo! Ve a la izquierda. Defiende el río. Si puedes.
La izquierda de la izquierda. Para situarse en aquel flanco, los Stark necesitarían caballos capaces de correr sobre las aguas. Tyrion guió a sus hombres hacia la orilla.
—¡ Mirad!— gritó al tiempo que apuntaba con el hacha—. El río.— Un manto de neblina cubría aún la superficie del agua, la corriente verdosa discurría bajo ella. Los bajíos eran lodosos y llenos de plantas acuáticas—. Ese río es nuestro. Pase lo que pase, no os alejéis del agua. No lo perdáis de vista. Ningún enemigo debe interponerse entre nuestro río y nosotros. Si ensucian nuestras aguas, cortadles las pollas y echadlas de comer a los peces. Shagga llevaba un hacha en cada mano. Las entrechocó con un sonido estremecedor.—¡ Mediohombre!— gritó. Otros Grajos de Piedra repitieron el grito, y también lo hicieron los Orejas Negras y los Hermanos de la Luna. Los Hombres Quemados no gritaron, pero entrechocaron las espadas y las lanzas—. ¡ Mediohombre! ¡ Mediohombre! ¡ Mediohombre!
Tyrion hizo dar media vuelta a su caballo para examinar el campo de batalla. En aquella zona el terreno era ondulado y desigual. Al lado del río era blanco y lodoso, luego se alzaba en una pendiente suave hacia el camino real, y al otro lado de la vía, hacia el este, resultaba pedregoso. En las laderas de la colina había algunos árboles, pero la mayor parte de la tierra se utilizaba para cultivos. El corazón le latía al ritmo de los tambores, y bajo las capas de cuero y acero sentía la piel fría de sudor. Vio cómo Ser Gregor, la Montaña, recorría las líneas a caballo, siempre gritando y gesticulando. También
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