canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 367
literatura fantástica
Juego de tronos
toda prisa las espadas de los cintos. Cuando por fin encontró a Pod, el muchacho roncaba suavemente.
Tyrion le dio una patada en las costillas.
—Mi armadura —dijo—. Venga, venga.
Bronn surgió de pronto de entre la niebla, ya con la armadura puesta y a caballo, con su eterno
yelmo abollado.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Tyrion.
—Stark se nos ha adelantado un día —dijo Bronn—. Ha bajado por el camino real en medio
de la noche, y ahora sus huestes están formadas para la batalla a menos de un kilómetro hacia el norte.
«Deprisa —llamaban las trompetas—, deprisa, deprisa, deprisa.»
—Asegúrate de que los hombres de los clanes estén preparados. —Tyrion volvió a entrar en
su tienda—. ¿Dónde está mi ropa? —gritó a Shae—. Muy bien. No, maldita sea, la de cuero. Sí.
Tráeme las botas.
Cuando consiguió vestirse, su escudero le presentó la armadura. Tyrion tenía una armadura
excelente, diseñada para adaptarse a su cuerpo deforme. Por desgracia, la armadura estaba a buen
recaudo en Roca Casterly, y él no. Tuvo que arreglárselas con restos elegidos en los carromatos de
Lord Lefford: una cota de mallas, el gorjal de un caballero caído en batalla, canilleras y guanteletes
articulados, y botas de acero con puntera. Parte de la armadura era sencilla, parte muy ornamentada, y
ni una sola pieza le quedaba bien. La coraza estaba diseñada para un hombre más corpulento, y lo
único que pudo encontrar adecuado al tamaño excesivo de su cabeza fue un yelmo grande, con una
púa triangular de un palmo de largo.
Shae ayudó a Pod con las hebillas y los cierres.
—Si muero, llora por mí —pidió Tyrion a la prostituta.
—¿Cómo sabrás si lloro o no? Estarás muerto.
—Lo sabré.
—Te creo.
Shae le puso el yelmo, y Pod se lo ajustó al gorjal. Tyrion se abrochó el cinturón, del que
colgaban una espada corta y una daga. Para entonces el mozo de cuadra le había llevado ya la
montura, un corcel con una armadura tan formidable como la del propio Tyrion. Tuvieron que
ayudarlo para montar, se sentía como si pesara una tonelada. Pod le tendió su escudo, una enorme
pieza de madera de palo santo con refuerzos de acero. Por último le dieron el hacha de combate. Shae
retrocedió un paso y lo miró.
—Mi señor tiene un aspecto temible.
—Mi señor tiene aspecto de enano con armadura de retales —replicó Tyrion con amargura—,
pero te lo agradezco. Podrick, si la batalla se vuelve contra nosotros, acompaña a la señora a su casa,
quiero que llegue sana y salva.
La saludó con el hacha, hizo dar media vuelta al caballo y se alejó al trote. Tenía el estómago
encogido en un nudo duro, tan prieto que le hacía daño. Tras él, sus criados empezaron a recoger la
tienda a toda prisa. Los primeros rayos rosados del amanecer se divisaban ya hacia el este, a medida
que el sol surgía por el horizonte. El cielo del oeste era de un color púrpura oscuro, salpicado de
estrellas. Tyrion se preguntó si sería aquél el último amanecer que presenciaba... y si el hecho de
preguntárselo denotaba cobardía. ¿Pensaría su hermano Jaime en la muerte antes de una batalla?
Un cuerno de guerra resonó a lo lejos, con una nota profunda, triste, que encogía el alma. Los
hombres de los clanes montaron en sus esqueléticos caballos, entre gritos, maldiciones y bromas
groseras. Varios de ellos parecían borrachos. El sol naciente disipaba ya los tentáculos de niebla
cuando Tyrion se puso al frente de su grupo para iniciar la marcha. La poca hierba que los caballos
habían dejado estaba llena de rocío, como si un dios hubiera salpicado la tierra con diamantes. Los
montañeses cabalgaron tras él, separados por clanes y cada uno con su jefe al frente.
A la luz del amanecer, el ejército de Lord Tywin Lannister se desplegó como una rosa de
hierro, llena de espinas deslumbrantes.
Su tío estaba al mando del grupo central. Ser Kevan había izado sus estandartes por encima
del camino real. Los arqueros de a pie, con las
aljabas colgadas de los cinturones, se situaron en tres largas hileras, cruzando el camino de
este a oeste, y aguardaron en calma con los arcos ya tensos. Entre ellos los hombres armados con picas
formaron en cuadro. Detrás iban los guerreros armados con lanzas, espadas y hachas. Trescientos
jinetes rodeaban a Ser Kevan y a los señores vasallos Lef-ford, Lydden y Serrett, junto a sus guardias
juramentados.
367