canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 364

literatura fantástica
Juego de tronos
quizá quisieran recuperar la salchicha. Por suerte Bronn consiguió impedir que Shagga le cortara la verga al cadáver, pero aun así Ulf exige compensación económica por la sangre, y desde luego Conn y Shagga se niegan a pagar.
— Si a los soldados les falta disciplina, la culpa es de su lord comandante— señaló su padre.
Su hermano Jaime siempre había logrado que los hombres lo siguieran de buena gana, que dieran la vida por él si era necesario. Tyrion no tenía aquel don. Compraba la lealtad con oro, e imponía obediencia con su nombre.— Un hombre más alto podría meterlos en cintura. ¿ No es eso lo que intentas decir, mi señor?— Si los hombres de mi hijo no obedecen sus órdenes— dijo Lord Tywin Lannister a su hermano—, la vanguardia no es el lugar que le corresponde. Sin duda se sentirá más a su gusto en la retaguardia, con los carromatos del equipaje.
— No me hagas favores, padre— dijo, airado—. Si no tienes otro mando que ofrecerme, iré a la cabeza de tu vanguardia.
— No he hablado de darte ningún mando.— Lord Tywin miró a su hijo enano—. Servirás a las órdenes de Ser Gregor. Tyrion mordió un trozo de cochinillo, lo masticó un instante y lo escupió, furioso.— No tengo tanta hambre como pensaba— dijo mientras se bajaba torpemente del banco—.
Ruego a mis señores que me disculpen.
Lord Tywin inclinó la cabeza en gesto de despedida. Tyrion se dio media vuelta y se alejó. Al cojear colina abajo, sentía los ojos de todos clavados en la espalda. Oyó una carcajada compartida, pero no se volvió. Deseó fervorosamente que se les atragantara el lechón asado.
El crepúsculo hacía que todos los estandartes parecieran negros. El campamento Lannister se extendía kilómetros y kilómetros entre el río y el camino real. Era fácil perderse entre tantos hombres, caballos y árboles, y eso fue lo que hizo Tyrion. Pasó junto a una docena de grandes pabellones y un centenar de hogueras donde se preparaban las cenas. Las luciérnagas revoloteaban entre las tiendas como estrellas errantes. Le llegó el olor de salchichas con ajo, especiadas y sabrosas, tan tentador que el estómago le empezó a rugir. A lo lejos se oían voces que entonaban una canción grosera. Una mujer pasó corriendo junto a él, riendo, desnuda bajo una capa oscura, mientras su perseguidor, borracho, tropezaba con las raíces de los árboles. Más adelante dos hombres con lanzas se enfrentaban separados por un estrecho arroyo, practicando lanzamientos y esquivando a la escasa luz, con los torsos desnudos y empapados de sudor.
Nadie se fijó en él. Nadie le dirigió una mirada. Nadie le prestó atención. Estaba rodeado de hombres que habían jurado lealtad a la Casa Lannister, un vasto ejército de veinte mil hombres, pero se encontraba solo.
Cuando oyó el rugido de la risa de Shagga en la oscuridad, lo siguió hasta el rincón donde se encontraban los Grajos de Piedra. Conn, hijo de Coratt, le mostró una jarra de cerveza.
—¡ Tyrion Mediohombre! Ven, siéntate junto a nuestro fuego, comparte carne con los Grajos de Piedra. Tenemos un buey.
— Ya lo veo, Conn, hijo de Coratt.— El enorme trozo de carne roja estaba suspendido sobre el fuego, atravesado por un espetón del tamaño de un árbol pequeño. Probablemente se trataba de un árbol pequeño. Dos Grajos de Piedra daban vueltas a la carne, y la sangre y la grasa goteaban sobre las llamas—. Te lo agradezco. Llamadme cuando esté hecho.— Por el aspecto de la carne, quizá fuera antes de la batalla. Se alejó de allí.
Cada uno de los clanes tenía su hoguera. Los Orejas Negras no comían con los Grajos de Piedra, los Grajos de Piedra no comían con los Hermanos de la Luna, y con los Hombres Quemados no comía nadie. La modesta tienda que había conseguido sacarle a Lord Lefford se alzaba en el centro de las cuatro hogueras. Tyrion vio a Bronn, que compartía un pellejo de vino con uno de los nuevos criados. Lord Tywin le había enviado un caballerizo y un asistente personal, incluso se empeñó en que tuviera escudero propio. Todos estaban sentados en torno a una hoguera pequeña. Los acompañaba una muchacha delgada, de pelo oscuro, que no aparentaba más de dieciocho años. Tyrion examinó su rostro un momento, antes de ver las espinas entre las cenizas.—¿ Qué habéis comido?— Truchas, mi señor— dijo el caballerizo—. Las pescó Bronn. « Truchas— pensó—, cochinillo asado... Maldito sea mi padre.» Contempló los restos con tristeza. Le rugía el estómago.
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