canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 365

literatura fantástica
Juego de tronos
Su escudero, un muchacho llamado para su desgracia Podrick Payne, se tragó algo que estaba a punto de decir. El muchacho era primo lejano de Ilyn Payne, el verdugo del rey... y parecía tan silencioso como su pariente, aunque no por falta de lengua. En cierta ocasión Tyrion lo había obligado a enseñársela para estar seguro.— Pues sí, es una lengua— dijo en aquella ocasión—. Quizá algún día aprendas a utilizarla. Pero esa noche carecía de la paciencia necesaria para intentar hacer hablar al chico. Tenía la sensación de que se lo habían asignado como broma cruel. Concentró su atención en la chica.—¿ Es ella?— preguntó a Bronn. La muchacha se levantó con un gesto grácil, y lo miró desde la cima de su altura, un metro y medio, quizá más.— Sí, mi señor, y si te parece bien puede hablar por sí misma.— Soy Tyrion, de la Casa Lannister— dijo Tyrion inclinando la cabeza hacia un lado—. Los hombres me llaman el Gnomo.— Mi madre me llama Shae. Los hombres me llaman... a menudo. Bronn se echó a reír, y el propio Tyrion no pudo contener una sonrisa.— Vamos a la tienda, Shae, si tienes la amabilidad.— Levantó el ala de la tienda para que pasara. Una vez dentro, se arrodilló para encender una vela.
En la vida del soldado había ciertas compensaciones. Todo campamento tenía un grupo de personas que lo seguía. Al final del día, Tyrion había enviado a Bronn a que le buscara entre ellas una prostituta bonita.
— Me gustan razonablemente jóvenes, y mejor si son lindas— le indicó—. Si se ha lavado este año, mucho mejor, si no báñala antes. No te olvides de decirle quién soy, y sobre todo cómo soy.
En ocasiones Jyck se había olvidado de hacerlo. Y las chicas ponían una cara extraña al ver al señor a quien debían complacer... una cara que Tyrion Lannister no quería volver a ver.
Alzó la vela y la examinó. Bronn se había esmerado; tenía ojos de gacela y era esbelta, con pechos pequeños y firmes, y una sonrisa a ratos tímida, a ratos insolente, en ocasiones traviesa. Eso le gustaba.—¿ Me quito el vestido, mi señor?— preguntó.— Todo a su tiempo. ¿ Eres doncella, Shae?— Si vos lo deseáis, mi señor...— contestó con recato.— Lo que deseo es la verdad, muchacha.— Sí, pero eso os costará el doble.— Soy un Lannister— dijo Tyrion, que comprendió que se iban a llevar muy bien—. Si algo me sobra es oro, y no tardarás en ver que soy generoso. Pero querré de ti algo más que lo que tienes entre las piernas, aunque eso también, claro. Compartirás mi tienda, me servirás el vino, reirás mis chistes, me darás masajes en las piernas para quitarme el dolor tras la jornada de marcha... y, tanto si te conservo a mi lado un día como si es un año, mientras estés conmigo no habrá otros hombres en tu cama.
— Me parece justo.— Se inclinó, se cogió el borde del vestido y se lo sacó por la cabeza en un solo movimiento fluido, antes de tirarlo a un lado. Bajo él sólo llevaba la piel—. Si mi señor no deja esa vela se va a quemar los dedos.
Tyrion dejó la vela, la cogió de la mano y la atrajo con gentileza hacia él. La muchacha se inclinó para besarlo. La boca le sabía a miel y a especias, y los dedos con que desató los lazos de sus ropas eran diestros y hábiles.
Cuando la penetró, ella lo recibió con susurros cariñosos y estremecimientos de placer. Tyrion sospechaba que era fingido, pero lo hacía tan bien que no importaba. No necesitaba tanta verdad.
En cambio, como comprendió más tarde, mientras la muchacha yacía tranquila entre sus brazos, sí la había necesitado a ella. O quizá a alguien como ella. Hacía casi un año que no estaba con una mujer, desde que partiera hacia Invernalia en compañía de su hermano y el rey Robert. Quizá muriera al día siguiente, y si era lo que le deparaban los dioses, prefería irse a la tumba pensando en Shae, y no en su señor padre, en Lysa Arryn, ni en Lady Catelyn Stark.
Sentía la suavidad de los pechos de la chica contra el brazo. Era agradable. Una canción le llenó la mente. Empezó a silbar, muy bajito.—¿ Qué sucede, mi señor?— preguntó Shae, acurrucada junto a él.— Nada— respondió—. Una canción que aprendí de niño, nada más. Duerme, pequeña.
365