literatura fantástica
Juego de tronos
— Has de saber algo, esposa del Dios Cordero.— Qotho dio un paso hacia Mirri Maz Duur—. Haz algún daño al khal, y tú sufrirás el mismo daño.— Desenvainó su cuchillo de despellejar, y le mostró la hoja.
— No le hará ningún mal.— Dany presentía que podía confiar en aquella mujer vieja, fea, de nariz plana. Al fin y al cabo, ella la había salvado de las manos bruscas de sus violadores.
— Pues si vais a quedaros, ayudadme— dijo Mirri a los jinetes de sangre—. El Gran Jinete es demasiado fuerte para mí. Mantenedlo quieto mientras le saco la flecha de las carnes.— Dejó que los harapos de su túnica le cayeran hasta la cintura mientras abría un cofre tallado y rebuscaba entre frascos y cajas, cuchillos y agujas. Cuando por fin estuvo lista, rompió la punta dentada de la flecha, y extrajo el asta sin dejar de entonar cánticos en la lengua monótona de los Ihazareen. Calentó una jarra de vino sobre el brasero hasta que hirvió, y lo derramó sobre las heridas. Khal Drogo la maldijo, pero no se movió. La mujer envolvió la herida de la flecha con un emplasto de hojas húmedas, y se concentró en la herida del pecho, que untó con una pasta color verde claro antes de volver a colocar la piel en su lugar. El khal apretó los dientes y ahogó un grito. La esposa de dios sacó una aguja de plata y una bobina de hilo de seda, y empezó a coser la carne. Cuando terminó, pintó la piel con ungüento rojo, la cubrió con más hojas y envolvió el pecho con un trozo de piel de cordero.
— Deberás recitar las plegarias que te daré, y conservar puesta esta piel de cordero diez días con sus noches— dijo—. Sentirás fiebre, y picores, y cuando estés curado te quedará una gran cicatriz.
— Mis cicatrices son gloria, mujer oveja.— Khal Drogo se sentó y sus campanillas tintinearon. Flexionó el brazo, y frunció el ceño.
— No bebas vino, ni la leche de la amapola— le advirtió—. Sufrirás dolor, pero tu cuerpo debe estar fuerte para combatir a los espíritus venenosos.
— Soy el khal— dijo Drogo—. Escupo sobre el dolor, y bebo lo que quiero. Cohollo, dame mi chaleco. El jinete de mayor edad salió a cumplir el encargo.— Antes hablaste de unos cantos para el parto...— dijo Dany a la fea mujer.— Conozco todos los secretos del lecho ensangrentado, Dama de Plata, y jamás he perdido un bebé— replicó Mirri Maz Duur.— Se acerca la hora del nacimiento— siguió Dany—. Si estás de acuerdo, quiero que me atiendas tú.
— Luna de mi vida, a un esclavo no se le hacen preguntas— dijo Drogo riéndose—, se le dan órdenes. Hará lo que quieras.— Bajó de un salto del altar—. Vamos, sangre mía. Los sementales llaman, este lugar está en ruinas. Es hora de cabalgar.
Haggo siguió al khal hacia la salida del templo, pero Qotho se demoró lo justo para mirar a
Mirri Maz Duur.— Recuerda, maegi, lo que le pase al khal será lo mismo que te pase a ti.— Como tú digas, jinete— replicó la mujer al tiempo que recogía las jarras y frascos—. El
Gran Pastor vela por su rebaño.
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