canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 361

literatura fantástica
Juego de tronos
Dany conocía la palabra, la había oído en un cuento aterrador que le contó Jhiqui una noche, junto a la hoguera. Las maegis eran mujeres que yacían con demonios y practicaban la hechicería más negra, un arte malvado, vil y sin alma, que llegaba a los hombres en la oscuridad de la noche, y les sorbía la vida y la fuerza de los cuerpos.— Soy sanadora— dijo Mirri Maz Duur.— Sanadora de ovejas— se burló Qotho—. Sangre de mi sangre, haz matar a esta maegi y espera a los hombres sin pelo.—¿ Dónde aprendiste a curar, Mirri Maz Duur?— Dany hizo caso omiso del exabrupto del jinete de sangre. Aquella mujer anciana, fea, gruesa, no tenía aspecto de maegi.
— Mi madre fue esposa de dios, y me enseñó las canciones y los hechizos que más complacen al Gran Pastor, y a preparar los humos y ungüentos sagrados con hojas, raíces y bayas. Cuando era más joven y hermosa, viajé en una caravana a Asshai de la Sombra, para aprender de sus magos. A Asshai llegaban barcos procedentes de muchas tierras, de manera que allí aprendí las artes de curación de pueblos muy lejanos. Un bardo lunar de Jogos Nhai me regaló sus cantos para el parto, una mujer de vuestro pueblo de jinetes me enseñó la magia de la hierba, el maíz y el caballo, y un maestre de las Tierras de Poniente abrió un cuerpo delante de mí, y me mostró todos los secretos que se ocultan bajo la piel.—¿ Un maestre?— intervino Ser Jorah Mormont.— Decía llamarse Marwyn— replicó la mujer en la lengua común—. Vino del mar. De más allá del mar. De los Siete Reinos, de las Tierras de Poniente. Donde los hombres son de hierro y reinan los dragones. Me enseñó su idioma.
— Un maestre en Asshai— caviló Ser Jorah—. Dime, esposa de dios, ¿ qué llevaba ese tal Marwyn en torno al cuello?
— Una cadena muy apretada, siempre parecía a punto de ahogarlo, Señor de Hierro. Los eslabones eran de muchos metales.
— Sólo los hombres que han aprendido en la Ciudadela de Antigua llevan cadenas así— dijo el caballero volviéndose hacia Dany—, y esos hombres son buenos sanadores.—¿ Y por qué quieres ayudar a mi khall— Nos han enseñado que todos los hombres pertenecen al mismo rebaño— respondió Mirri
Maz Duur—. El Gran Pastor me envió a la tierra para curar a sus corderos, estén donde estén.— No somos corderos, maegi.— Qotho abofeteó a la mujer.— Basta ya— dijo Dany, furiosa—. Es mía. No toleraré que se le haga daño.— Hay que sacar la flecha, Qotho— gruñó Khal Drogo.— Sí, Gran Jinete— respondió Mirri Maz Duur al tiempo que se llevaba una mano al rostro magullado—. Y también hay que lavar y coser la herida del pecho, o se pudrirá.— Pues hazlo— ordenó Khal Drogo.— Gran Jinete— dijo la mujer—, mis instrumentos y pócimas se encuentran en la casa de dios, donde los poderes de curación son más fuertes.— Yo te llevaré, sangre de mi sangre— se ofreció Haggo.— No necesito ayuda de ningún hombre— dijo Khal Drogo con voz alta y orgullosa, apartándolo con un gesto. Se levantó sin ayuda, su altura era tal que los dominaba a todos. La sangre fresca manó de su pecho, allí donde el arakh de Ogo le había cortado el pezón.
— Yo no soy un hombre— susurró Dany que corrió a su lado—. Así que puedes apoyarte en mí.
Drogo le puso una mano enorme en el hombro, y Dany soportó una parte de su peso al caminar hacia el gran templo de barro. Los tres jinetes de sangre los siguieron. Dany ordenó a Ser Jorah y a los guerreros de su khas que vigilaran la entrada para que nadie prendiera fuego al edificio mientras estaban dentro.
Cruzaron una serie de antesalas hasta llegar a la alta cámara central, bajo la cebolla. Una luz tenue entraba por las ventanas ocultas en la parte superior. En los escasos candelabros de las paredes brillaban antorchas humeantes, y el suelo estaba cubierto de pellejos de oveja.
— Es ahí— dijo Mirri Maz Duur, al tiempo que señalaba hacia el altar, una enorme piedra con vetas azules y con grabados en los que se veían pastores y sus rebaños. Khal Drogo se tendió sobre ella. La mujer echó un puñado de hojas secas a un brasero, y la sala se llenó de un humo aromático—. Es mejor que esperéis fuera— dijo a los demás.
— Somos sangre de su sangre— dijo Cohollo—. Esperaremos aquí.
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