canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 360
literatura fantástica
Juego de tronos
su cabellera tintinearon—. Eso que oyes es Ogo, y su khalakka Fogo, que pasó a ser khal cuando lo
maté.
—Ningún hombre puede enfrentarse al sol de mi vida —dijo Dany—, el padre del semental
que monta el mundo.
Un guerrero a caballo se acercó hasta ellos y se bajó de la silla. Habló con Haggo en un
dothraki demasiado rápido y furioso para que Dany lo comprendiera. El corpulento jinete de sangre
echó un vistazo en dirección a ella antes de volverse hacia su khal.
—Éste es Mago, que cabalga en el khas de Ko Jhaqo. Dice que la khaleesi le ha arrebatado su
botín, una hija de corderos a la que iba a montar. —El rostro de Khal Drogo era duro e inexpresivo,
pero los ojos que clavó en Dany denotaban curiosidad—. Dime la verdad acerca de esto, luna de mi
vida —ordenó en dothraki.
Dany le explicó lo que había hecho en su lengua, con palabras simples y directas, para que el
khal la comprendiera mejor. Cuando terminó de hablar, Drogo tenía el ceño fruncido.
—Así es la guerra. Estas mujeres son nuestras esclavas, podemos hacer con ellas lo que nos
plazca.
—A mí me place protegerlas —respondió Dany, que empezaba a temer que se había
excedido—. Si tus guerreros quieren montar a estas mujeres, que lo hagan con gentileza y las tomen
como esposas. Que les den un lugar en el khalasar, y que permitan que engendren a sus hijos.
—¿Acaso el caballo se aparea con la oveja? —preguntó Qotho riéndose. Siempre había sido el
más cruel de los jinetes de sangre.
—El dragón se alimenta del caballo y la oveja por igual. —Dany se había vuelto hacia él,
furiosa; algo en su tono de voz le había recordado a Viserys.
—¡Cada día es más fiera! —exclamó Khal Drogo sonriente—. Eso es mi hijo, que crece
dentro de ella, el semental que monta el mundo la llena con su fuego. Cabalga con cautela, Qotho... si
la madre no te abrasa con su aliento, el hijo te arrastrará por el barro. En cuanto a ti, Mago, cuidado
con lo que dices. Búscate otra oveja que montar. Éstas son de mi khaleesi. —Hizo ademán de extender
un brazo hacia Daenerys, pero una ráfaga de dolor repentino le hizo girar la cabeza.
—¿Dónde están los sanadores? —preguntó Dany, que casi sentía su sufrimiento. Las heridas
eran peores de lo que le había dicho Ser Jorah. En el khalasar había dos clases de sanadores: mujeres
estériles y esclavos eunucos. Las mujeres de las hierbas se encargaban de las pócimas y los hechizos, y
los eunucos del cuchillo, la aguja y el fuego—. ¿Por qué no están atendiendo al khal!
—El khal echó a los hombres sin pelo, khaleesi —le dijo el anciano Cohollo.
Dany vio que el jinete de sangre también estaba herido, tenía un corte profundo en el hombro
izquierdo.
—Hay muchos jinetes heridos —dijo Khal Drogo, testarudo—. Que los curen a ellos primero.
Esta flecha no es más que la picadura de una mosca, este cortecito apenas una nueva cicatriz de la que
alardear ante mi hijo.
Dany veía los músculos del pecho, allí donde la piel los había dejado al descubierto. Por el
brazo de la flecha le corría un reguero de sangre.
—Khal Drogo no debe esperar —proclamó—. Jhogo, ve a buscar a esos eunucos, que vengan
al momento.
—Dama de Plata —dijo una voz de mujer a su espalda—. Yo puedo curar las heridas del Gran
Jinete.
Dany se volvió. La que había hablado era una de las esclavas rescatadas, la mujer gruesa de la
nariz plana que la había bendecido.
—El khal no necesita ayuda de mujeres que yacen con corderos —ladró Qotho—. Aggo,
córtale la lengua.
Aggo la agarró por el pelo y le puso un cuchillo contra la garganta. Dany alzó una mano.
—No. Es mía. Dejad que hable.
Aggo la miró, luego miró a Qotho. Al final bajó el cuchillo.
—No pretendía ofender a los bravos guerreros. —La mujer hablaba bien el dothraki. La túnica
que llevaba había sido de la más ligera y fina de las lanas, llena de bordados, pero en aquel momento
estaba manchada de barro y sangre, y desgarrada. Se cerraba con las manos el tejido roto para cubrirse
los grandes pechos—. Tengo ciertas habilidades en el arte de curar.
—¿Quién eres? —preguntó Dany.
—Me llaman Mirri Maz Duur. Soy esposa de dios de este templo.
—Una maegi —gruñó Haggo al tiempo que rozaba con el dedo el filo de su arakh.
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