literatura fantástica
Juego de tronos
— Es una chica cordero— dijo Quaro en dothraki—. No es nada, khaleesi. Para ella es un honor que la monten los jinetes. Los hombres cordero yacen con ovejas, lo sabe todo el mundo.— Lo sabe todo el mundo— repitió su doncella, Irri, como un eco.— Lo sabe todo el mundo— asintió Jhogo, a lomos del alto semental gris que le había regalado
Drogo—. Si sus gritos te ofenden, Jhogo te traerá su lengua, khaleesi.— Desenvainó el arakh.— No quiero que le hagáis daño— replicó Dany—. La exijo para mí. Haced lo que os he ordenado, o tendréis que dar explicaciones a Khal Drogo.— Ai, khaleesi— respondió Jhogo al tiempo que espoleaba su caballo. Quaro y los demás lo siguieron, en medio del tintineo de las campanillas de sus cabelleras.— Id con ellos— ordenó a Ser Jorah.— A vuestras órdenes.— El caballero le dirigió una mirada extraña—. No cabe duda, sois de la misma sangre que vuestro hermano.—¿ Que Viserys?— Dany no comprendió.— No— replicó él—. Que Rhaegar.— Se alejó al galope. Dany oyó gritar a Jhogo. Los violadores se rieron de él, y uno le respondió algo también a gritos. El arakh de Jhogo centelleó, y la cabeza del otro hombre cayó rodando por el suelo. Las risas se trocaron en maldiciones, y los jinetes fueron a sacar sus armas, pero en aquel momento llegaron Quaro, Aggo y Rakharo. Vio que Aggo señalaba el punto del camino donde ella se encontraba, a lomos de la plata. Los jinetes la miraron con ojos fríos y negros. Uno escupió. Los demás, refunfuñando, se dirigieron hacia sus monturas.
Mientras tanto, el hombre que estaba poseyendo a la chica cordero no se había detenido, estaba tan concentrado en su placer que no parecía consciente de qué sucedía a su alrededor. Ser Jorah desmontó y lo apartó a un lado bruscamente. El dothraki cayó al suelo embarrado, se levantó al instante con un cuchillo en la mano y murió con una flecha de Aggo en la garganta. Mormont levantó a la chica del montón de cadáveres y la envolvió con su capa manchada de sangre. La llevó hasta donde estaba Dany.—¿ Qué queréis que se haga con ella? La chica temblaba, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Tenía el pelo sucio de sangre.— Doreah, cúrale las heridas. No tienes aspecto de jinete, quizá a ti no te tenga miedo. Los demás, seguidme.— Cruzó la destrozada puerta de madera montada en la plata.
Dentro de la ciudad la situación era aún peor. Muchas de las casas estaban ardiendo, y los jaqqa rhan habían cumplido su macabra misión. En las callejuelas estrechas y llenas de recovecos había cadáveres decapitados. Pasaron junto a otras mujeres a las que estaban violando, y ante cada una de ellas Dany tiró de las riendas, ordenó a su khas que pusieran fin a aquello, y exigió que la víctima le fuera entregada como esclava. Una de ellas, una mujer gruesa y de nariz plana, de unos cuarenta años, bendijo a Dany en la lengua común, pero las demás tenían los ojos perdidos. Comprendió con tristeza que le tenían miedo; temían que las hubiera salvado para depararles un destino aún peor.
— No podéis exigirlas a todas como esclavas— dijo Ser Jorah la cuarta vez que detuvieron, mientras los guerreros de su khas guiaban tras ella a las nuevas esclavas.
— Soy la khaleesi, heredera de los Siete Reinos, de la sangre del dragón— le recordó Dany—. No os corresponde a vos decir qué puedo y qué no puedo hacer.
Al otro lado de la ciudad, un edificio se derrumbó en medio de una explosión de fuego y humo. A sus oídos llegaron gritos y aullidos de niños asustados.
Khal Drogo estaba sentado ante un templo cuadrado, sin ventanas, con gruesas paredes de barro y una cúpula bulbosa que parecía una enorme cebolla marrón. A su lado había un montón de cabezas más alto que él. Tenía clavada en el antebrazo una de las flechas cortas de los hombres cordero y la sangre le cubría el lado izquierdo del pecho desnudo como si fuera una mancha de pintura. Sus tres jinetes de sangre estaban a su lado.
Jhiqui ayudó a Dany a desmontar; a medida que su vientre se hacía más voluminoso y pesado, ella se sentía más torpe. Se arrodilló ante el khal.— Mi sol y estrellas está herido. El corte del arakh era ancho, pero poco profundo. El pezón izquierdo había desaparecido, y del pecho le colgaba una tira de carne y piel, como si fuera un trapo húmedo.— Es arañazo, luna de mi vida, hizo arakh de un jinete de sangre de Khal Ogo— dijo Khal
Drogo en la lengua común—. Lo maté por eso, y maté a Ogo.— Giró la cabeza, y las campanillas de
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