literatura fantástica Juego de tronos
I
Dany vio que un niño trataba de huir en dirección al río. Un jinete le cortó el paso, y otros lo rodearon, haciendo restallar los látigos ante su rostro, obligándolo a correr de un lado a otro. Uno galopó tras él y le azotó las nalgas hasta que tuvo los muslos cubiertos de sangre. Por fin, cuando el niño ya no era capaz más que de arrastrarse, se aburrieron del juego y lo mataron de un flechazo.
Ser Jorah se reunió con ella al otro lado de los restos de la entrada. Llevaba un chaleco verde oscuro sobre la cota de mallas. Los guanteletes, las canilleras y el yelmo eran de acero gris oscuro. Los dothrakis se burlaron de él y lo llamaron cobarde al ver su armadura, pero el caballero los insultó a su vez, los temperamentos se ofuscaron, la espada larga chocó contra el arakh, y el jinete cuyas burlas habían sido las más sonoras quedó atrás, desangrándose hasta la muerte.
— Vuestro señor esposo os aguarda en la ciudad— dijo Ser Jorah, que mientras cabalgaba hacia Dany, se había levantado el visor del yelmo.—¿ Ha sufrido Drogo algún daño?— Unos cuantos cortes— replicó Ser Jorah—. Nada grave. Hoy ha matado a dos khals. Primero a Khal Ogo, y luego a su hijo Fogo, que pasó a ser khal tras la muerte de Ogo. Sus jinetes de sangre les cortaron las campanas del pelo, y ahora los pasos de Khal Drogo suenan con más fuerza que antes.
Ogo y su hijo habían compartido el banco principal con su señor esposo durante del festín del nombre, en la coronación de Viserys. Pero aquello había sido en Vaes Dothrak, bajo la Madre de las Montañas, donde todo jinete era un hermano y las disputas quedaban aplazadas. Afuera, en la hierba, las cosas cambiaban. El khalasar de Ogo estaba atacando la ciudad cuando Khal Drogo cayó sobre él. Dany se preguntaba qué habrían pensado los hombres cordero cuando vieron acercarse desde sus muros de barro la polvareda que levantaban los caballos. Quizá algunos, los más jóvenes y estúpidos, los que todavía creían que los dioses responden a las plegarias de los hombres desesperados, pensaran que eran sus salvadores.
Al otro lado del camino, una chica de la edad de Dany sollozó con voz aguda cuando uno de los jinetes la tiró de bruces sobre un montón de cadáveres y la penetró. Otros desmontaron para ocupar su lugar cuando terminara. Aquélla era la salvación que llevaban los dothrakis a los hombres cordero.
« Soy de la sangre del dragón », se recordó Daenerys Targaryen, volviendo la vista. Apretó los labios, endureció el corazón, y cabalgó hacia la puerta.
— Casi todos los jinetes de Ogo consiguieron huir— dijo Ser Jorah—. Aun así, nos quedarán al menos diez mil cautivos.
« Esclavos— pensó Dany. Khal Drogo los llevaría río abajo, a alguna de las ciudades que se alzaban en la Bahía de los Esclavistas. Tenía ganas de llorar, pero se obligó a ser fuerte—. Esto es una guerra, así son las guerras, éste es el precio del Trono de Hierro.»
— Le he dicho al khal que debería ir a Meereen— dijo Ser Jorah—. Allí le pagarían mejor que en una caravana de esclavos. Illyrio dice en su carta que el año pasado hubo una epidemia, así que en los burdeles pagan el doble por chicas jóvenes que estén sanas, y el triple por niños de menos de diez años. Si suficientes niños sobrevivieran al viaje, tendríamos oro para comprar todos los barcos necesarios y contratar hombres que los tripulen.
Detrás de ellos, la chica a la que estaban violando lanzó un aullido largo, agudo, desgarrador, que no parecía tener fin. Dany agarró las riendas con fuerza, e hizo que la plata volviera la cabeza.— Haced que se detengan— ordenó a Ser Jorah.—¿ Khaleesi?— El caballero se había quedado perplejo.— Ya me habéis oído— dijo—. Detenedlos.— Se volvió hacia su khas y les habló en dothraki—. Jhogo, Quaro, ayudad a Ser Jorah. No quiero violaciones. Los guerreros se miraron, asombrados. Jorah Mormont acercó su caballo a la yegua de Dany.— Princesa— dijo—, tenéis un corazón bondadoso, pero no lo comprendéis. Las cosas han sido siempre así. Esos hombres han derramado sangre por el khal. Y quieren cobrar su recompensa. Al otro lado del camino, la chica seguía gritando en una lengua que Dany no comprendía. El primer hombre había terminado, y otro ocupaba su lugar.
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