canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 351

literatura fantástica
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Juego de tronos

JON

—¿ Te encuentras bien, Nieve?— preguntó Lord Mormont con el ceño fruncido.— Bien— graznó el cuervo—. Bien.— Sí, mi señor— mintió Jon en voz muy alta, como si así lo hiciera más cierto—. ¿ Y vos?— Ha intentado asesinarme un hombre muerto— replicó Mormont con mala cara—. ¿ Cómo voy a estar bien?— Se rascó la barbilla. El fuego le había chamuscado la barba gris, y se la había afeitado. La sombra del nuevo bigote lo hacía parecer viejo, indigno, gruñón—. No tienes buen aspecto. ¿ Qué tal va esa mano?
— Se me está curando.— Jon flexionó los dedos vendados para demostrárselo. Al coger las cortinas en llamas se había hecho quemaduras más graves de lo que creía, y tenía la mano derecha envuelta en sedas hasta el codo. En un primer momento no notó nada, el dolor comenzó más tarde. La piel roja empezó a supurar, y le aparecieron entre los dedos ampollas del tamaño de cucarachas—. El maestre dice que me quedarán cicatrices, pero que podré usar la mano como antes.— Una mano con cicatrices no importa. En el Muro vas a llevar guantes casi siempre.— Así es, mi señor.— No eran las cicatrices lo que le preocupaba, sino todo lo demás. El maestre Aemon le había dado la leche de la amapola, pero aun así el dolor había llegado a ser espantoso. Al principio le parecía que todavía le ardía la mano, día y noche. Apenas conseguía cierto alivio si la metía en un barreño de nieve y hielo picado. Gracias a los dioses, sólo Fantasma lo había visto tendido en la cama, sollozando de dolor. Y cuando conseguía dormirse, soñaba, lo que era todavía peor. En el sueño el cadáver con el que había peleado tenía los ojos azules, las manos negras y el rostro de su padre. Eso no se atrevió a contárselo a Mormont.
— Dywen y Hake volvieron anoche— dijo el Viejo Oso—. No encontraron ni rastro de tu tío. Igual que los demás.
— Lo sé.— Jon había conseguido llegar a la sala común para comer con sus amigos, y la búsqueda fallida de los exploradores era el tema de conversación.
— Lo sabes— gruñó Mormont—. ¿ Cómo es que aquí todo el mundo lo sabe todo?— No parecía esperar una respuesta—. Por lo visto sólo había dos de esas... de esas criaturas, fueran lo que fueran, no pienso decir que eran hombres. Gracias a los dioses. Unas pocas más y... bueno, más vale no pensar en ello. Pero seguro que hay más. Me lo dicen mis viejos huesos, y el maestre Aemon está de acuerdo. Los vientos soplan cada vez más fríos. El verano toca a su fin, y se acerca un invierno como el mundo jamás ha visto.
« Se acerca el Invierno.» El lema de los Stark jamás le había parecido a Jon tan sombrío y ominoso.— Mi señor— preguntó, titubeante—, se comenta que anoche llegó un pájaro...— Sí. ¿ Y qué?— Pensaba que tal vez trajera noticias de mi padre.— Padre— se burló el viejo cuervo, que paseaba de un hombro de Mormont al otro—. Padre. El Lord Comandante alzó la mano para cerrarle el pico, pero el cuervo saltó sobre su cabeza, sacudió las alas y voló por la sala para ir a posarse sobre la ventana.
— Ruido y dolor— gruñó Mormont—. Es lo único que traen los cuervos. No sé por qué aguanto a ese pajarraco. Si fueran noticias de-Lord Eddard, ¿ no crees que te habría hecho llamar? Bastardo o no, eres sangre de su sangre. El mensaje era sobre Ser Barristan Selmy. Por lo visto lo han echado de la Guardia Real. Ahora ocupa su lugar ese perro negro de Clegane, y se busca a Selmy por traición. Al parecer, los muy imbéciles enviaron a dos hombres a detenerlo, pero mató a ambos y escapó.— Mormont soltó un bufido que dejaba bien clara su opinión sobre alguien tan estúpido como para enviar a unos capas doradas contra un caballero renombrado como Barristan el Bravo—. En los bosques hay sombras blancas, los muertos recorren nuestras habitaciones, y ahora hay un niño en el Trono de Hierro— añadió, asqueado.— Niño, niño, niño, niño— graznó el cuervo. Jon recordó que el Viejo Oso había puesto sus esperanzas en Ser Barristan. Si el anciano había caído en desgracia, ¿ qué esperanza había de que se prestara atención a su carta? Apretó el puño. El dolor le azotó los dedos quemados como un latigazo.—¿ Se sabe algo de mis hermanas?— En el mensaje no se mencionaba a Lord Eddard ni a las niñas.— Se encogió de hombros, irritado—. Puede que no recibieran mi carta. Aemon envió dos copias, con sus mejores pájaros, pero,