canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 347

literatura fantástica Juego de tronos Catelyn Stark compartía las dudas, pero sólo con ver a Ser Stevron supo que no le gustaba lo que estaba oyendo. Unas pocas palabras más, y perderían la ocasión. Tenía que actuar enseguida. —Iré yo —dijo en voz alta. —¿Vos, mi señora? —El Gran Jon frunció el ceño. —Madre, ¿estás segura? —Obviamente Robb no lo estaba. —Por supuesto —mintió Catelyn con tono alegre—. Lord Walder es vasallo de mi padre. Lo conozco desde que era niña. Jamás me haría daño alguno. «A no ser que con ello consiguiera algún beneficio», añadió para sus adentros. Pero algunas veces era imprescindible mentir. —Estoy seguro de que mi señor padre estará encantado de hablar con Lady Catelyn —dijo Ser Stevron—. Como salvaguardia de nuestras buenas intenciones, mi hermano Ser Perwyn permanecerá aquí hasta que ella vuelva con vosotros sana y salva. —Será nuestro huésped de honor —dijo Robb. Ser Perwyn, el más joven de los cuatro Frey del grupo, desmontó y tendió a uno de sus hermanos las riendas de su caballo—. Quiero que mi señora madre esté de vuelta al caer la noche, Ser Stevron —siguió Robb—. No tengo intención de demorarme más aquí. —Como queráis, mi señor —asintió Ser Stevron Frey con cortesía. Catelyn picó espuelas, sin volver la vista atrás. Los hijos y los soldados de Lord Walder siguieron sus pasos. En cierta ocasión su padre le había dicho que Walder Frey era el único señor de los Siete Reinos capaz de sacarse un ejército de los calzones. Cuando el señor del Cruce recibió a Catelyn en la sala principal del castillo oriental, rodeado por sus veinte hijos que todavía vivían (descontando a Ser Perwyn, que habría sido el veintiuno), treinta y seis nietos, diecinueve bisnietos, y numerosas hijas, nietas, bastardos e hijos de bastardos, entendió perfectamente lo que le había querido decir. Lord Walder tenía noventa años, aspecto de morsa rosada, con cabeza calva, y demasiado gotoso para mantenerse en pie sin ayuda. Su última esposa, una chiquilla de dieciséis años pálida y frágil, caminaba junto a la litera en la que lo transportaban. Era la octava Lady Frey. —Es un placer volver a veros tras tantos años, mi señor —dijo Catelyn. —¿De verdad? —El anciano la miró con desconfianza—. Lo dudo mucho. No me vengáis con palabras bonitas, Lady Catelyn, estoy viejo para eso. ¿Qué hacéis aquí? ¿Acaso vuestro hijo es demasiado orgulloso para venir en persona? ¿Qué voy a hacer con vos? Catelyn era una niña la última vez que estuvo de visita en los Gemelos, y ya entonces Lord Walder era un hombre irascible, de lengua mordaz y modales bruscos. Por lo visto había empeorado con los años. Tendría que elegir las palabras con cuidado y hacer todo lo posible para no ofenderlo. —Padre —le reprochó Ser Stevron—, ¿dónde están tus modales? Lady Stark es nuestra invitada. —¿Acaso te lo he preguntado a ti? Aún no eres Lord Frey, y no lo serás hasta que yo muera. ¿Tengo pinta de muerto? No. Así que no me des instrucciones. —Ésa no es manera de hablar delante de nuestra noble invitada, padre —intervino uno de sus hijos más jóvenes. —Ahora hasta mis bastardos me quieren dar lecciones de cortesía —se quejó Ser Walder—. Maldita sea, diré lo que me venga en gana. He recibido a tres reyes diferentes en mis salas, y también a reinas, ¿crees que me puedes dar lecciones de modales, Ryger? La primera vez que le puse mi semilla, tu madre se dedicaba a ordeñar cabras. —Despidió con un movimiento de la mano al joven sonrojado, y llamó a dos de sus