canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 348

literatura fantástica Juego de tronos —Hacia Aguasdulces —asintió Catelyn. No había razón alguna para negarlo—. Donde pensaba encontraros a vos, mi señor. Seguís siendo vasallo de mi padre, ¿no es así? —Je —fue la respuesta de Lord Walder, un sonido a medio camino entre una carcajada y un gruñido—. He convocado a mis hombres; desde luego, aquí están, ya los habéis visto en las murallas. Mi intención era ponerme en marcha cuando hubiera reunido todas las fuerzas. Bueno, que mis hijos se pusieran en marcha. Yo ya no estoy para esas cosas, Lady Catelyn. —Miró a su alrededor en busca de una confirmación, y señaló a un hombre alto, encorvado, de unos cincuenta años—. Díselo tú, Jared. Dile que eso era lo que iba a hacer. —Así es, mi señora —asintió Ser Jared Frey, uno de sus hijos, fruto de su segundo matrimonio—. Lo juro por mi honor. —¿Acaso es culpa mía que el estúpido de vuestro hermano perdiera la batalla antes de que nos pusiéramos en camino? —Se inclinó hacia adelante y la miró con el ceño fruncido, como si la desafiara a poner en duda su versión de los hechos—. Me han dicho que el Matarreyes atravesó sus ejércitos como un hacha que cortara un queso curado. ¿Y queréis que mis hijos vayan corriendo al sur para morir? Todos los que fueron hacia el sur vuelven ahora corriendo al norte. Catelyn habría escupido de buena gana a la cara del anciano quejumbroso y lo habría empujado al fuego, pero sólo tenía de plazo hasta el anochecer para conseguir que se abriera el puente. —Razón de más para que lleguemos pronto a Aguasdulces —dijo con calma—. ¿Podemos hablar en algún sitio, mi señor? —Ya estamos hablando —se quejó Lord Frey. Movió la cabeza calva y rosada de un lado a otro—. ¿Qué estáis mirando todos? —gritó a sus parientes—. Fuera de aquí. Lady Stark desea hablar conmigo en privado. Puede que tenga dudas sobre mi lealtad, je. Fuera todos, a ver si hacéis algo útil. Sí, mujer, tú también. Fuera, fuera, ¡fuera! —Mientras sus hijos, nietos, sobrinos y bastardos salían de la estancia, se inclinó más hacia Catelyn—. Todos están esperando a que muera —le confesó—. Stevron lleva cuarenta años aguardando ese momento, pero cada día hago lo posible por decepcionarlo. Je. ¿Por qué voy a morir, para que él pueda heredarlo todo? Ni hablar. —Tengo la esperanza de que viváis hasta los cien años. —Eso sí que los haría enfadar, je. Desde luego. A ver, ¿qué queríais decirme? —Deseamos cruzar —respondió Catelyn. —Ah, ¿sí? Qué directa. ¿Y por qué debería permitíroslo? —Si tuvierais fuerzas suficientes para subir a las almenas —dijo Catelyn sin poder contener la ira—, veríais que mi hijo tiene un ejército de veinte mil hombres ante vuestras murallas. —Que serán veinte mil cadáveres cuando llegue Lord Tywin —replicó el anciano—. No intentéis asustarme, señora. Vuestro esposo está encerrado por traidor en alguna celda de la Fortaleza Roja, vuestro padre yace enfermo, tal vez moribundo, y Jaime Lannister ha tomado prisionero a vuestro hermano. ¿Por qué voy a teneros miedo? ¿Por vuestro hijo? Puedo enfrentarme a vos hijo contra hijo, y todavía me quedarían dieciocho después de matar a todos los vuestros. —Hicisteis un juramente ante mi padre —le recordó Catelyn. —Oh, sí. —Inclinó la cabeza a un costado, sonriente—. Pronuncié unas cuantas palabras, pero si mal no recuerdo también hice juramentos a la corona. Ahora Joffrey es el rey, y eso os convierte en rebeldes a vos, a vuestro hijo y a todos esos idiotas de ahí afuera. Si tuviera el sentido común de un pescado, ayudaría a los Lannister a acabar con vosotros. —¿Y por qué no lo hacéis? —lo desafió. —Lord Tywin —dijo Lord Walder con un bufido desdeñoso—, el orgulloso y espléndido Lord Tywin, Guardián del Occidente, Mano del Rey, qué gran hombre, él, con su oro para acá y su oro para allá, leones para acá y leones para allá. Pues seguro que, si come demasiadas judías, se tira pedos igual que yo. Pero él jamás lo admitirá, claro que no. ¿Por qué está tan hinchado? Sólo tiene dos hijos varones, y uno de ellos es un monstruo deforme. ¡Puedo enfrentarme a él hijo contra hijo, y todavía me quedarían diecinueve y medio después de matar a los suyos! —Soltó una risita—. Si Lord Tywin quiere mi ayuda, más le valdría pedirla. 348