canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 346

literatura fantástica Juego de tronos
—¿ Y si me niego a pagar ese peaje?— Entonces tendrás que retirarte de vuelta a Foso Cailin, desplegarte para enfrentarte a Lord
Tywin... o esperar a que te salgan alas. No se me ocurren más opciones. Catelyn picó espuelas y se alejó para que su hijo tuviera tiempo de meditar sobre sus palabras.
No serviría de nada que se sintiera como si su madre estuviera usurpando su puesto. «¿ Le enseñaste sabiduría, además de valor, Ned?— se preguntó—. ¿ Le enseñaste a doblar la rodilla?» Los cementerios de los Siete Reinos
estaban llenos de valientes que jamás habían aprendido aquella lección. Era ya mediodía cuando la vanguardia divisó los Gemelos, el asentamiento de los señores del
Cruce.
Allí el Forca Verde era un río rápido y profundo, pero los Frey lo dominaban desde hacía siglos, y se habían enriquecido gracias a lo que otros les pagaban por cruzarlo. Su puente era un arco gigantesco de roca gris pulida, tan ancho que cabían dos carros juntos; en la mitad se alzaba la Torre del Agua, desde la que se dominaba tanto el camino como el río, con troneras para los arqueros y rastrillos. Los Frey habían tardado tres generaciones en completar el puente. Cuando terminaron, situaron fortificaciones de madera en ambas orillas, para que nadie pudiera cruzar sin su permiso.
La madera había dejado lugar a la piedra hacía ya mucho tiempo. Los Gemelos, dos castillos achaparrados, feos, idénticos en todos los sentidos, unidos por el puente, llevaban siglos vigilando el cruce. Estaban protegidos por murallas, fosos profundos y pesados portalones de hierro y roble, y los extremos del puente surgían de sus entrañas. En cada orilla había un rastrillo y una barbacana, y la Torre del Agua defendía el puente en sí.
A Catelyn le bastó una mirada para comprender que no se podía tomar el castillo. En las almenas se divisaban lanzas, espadas y escorpiones. En cada tronera había un arquero, el puente levadizo estaba levantado, el rastrillo bajado, y las puertas cerradas y atrancadas.
En cuanto vio qué les aguardaba, el Gran Jon empezó a jurar y a maldecir. Lord Rickard
Karstark se limitó a mirar en silencio.— Mis señores, eso es inexpugnable— anunció Roose Bolton.— Y tampoco podemos vencerlos por asedio, necesitaríamos un ejército en la otra orilla para el segundo castillo— señaló Helman Tallhart, sombrío. Al otro lado de las aguas turbulentas, la torre occidental parecía un reflejo de su hermana oriental—. Ni aunque tuviéramos tiempo... que, desde luego, no tenemos.
Mientras los señores norteños examinaban el castillo, se abrió una puerta lateral, alguien tendió un puente de tablones para salvar el foso, y una docena de jinetes salieron hacia ellos, guiados por cuatro de los muchos hijos de Lord Walder. Su blasón eran dos torres gemelas, azul oscuro sobre campo de plata grisácea. Ser Stevron Frey, el heredero de Lord Walder, era el portavoz. Todos los Frey tenían aspecto de morsa: Ser Stevron, con más de sesenta años y nietos propios ya, se asemejaba especialmente a una morsa vieja y cansada. Pero se mostró muy educado.— Mi señor padre me envía a saludaros, y a preguntar quién dirige tan poderoso ejército.— Yo.— Robb hizo avanzar a su caballo. Llevaba puesta la armadura, de la silla de su caballo colgaba el escudo de Invernalia con el lobo huargo, y Viento Gris trotaba junto a él. El anciano caballero lo miró con una tenue chispa de diversión en los ojos grises acuosos, pero su capón se removió inquieto ante la presencia del huargo.— Para mi señor padre sería un honor que compartierais con él la carne y el aguamiel en el castillo, y le explicaseis vuestro propósito en estas tierras. Sus palabras cayeron entre los señores vasallos como la piedra lanzada por una catapulta. A ninguno le parecía bien. Maldijeron, discutieron, se gritaron unos a otros.— No lo hagáis, mi señor— suplicó Galbart Glover a Robb—. Lord Walder no es digno de confianza. Roose Bolton estaba de acuerdo.— Si entráis ahí solo, estaréis en su poder. Podrá venderos a los Lannister, arrojaros a una mazmorra o cortaros la garganta, lo que le plazca.— Si quiere hablar con nosotros, que abra las puertas, así compartiremos todos su pan y su aguamiel— declaró Ser Wendel Manderly.— O que salga y agasaje a Robb aquí, a la vista de sus hombres y de los vuestros— sugirió su hermano, Ser Wylis.
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