literatura fantástica
Juego de tronos
— Bien— dijo el rey Joffrey. Lord Janos salió de la sala a zancadas; sus feos retoños casi tenían que correr tras él, con el gran escudo de metal en el que se veían las armas de la Casa Slynt.
— Alteza— le recordó Meñique al rey—, prosigamos. Los siete son ahora seis. Nos falta una espada para vuestra Guardia Real.— Díselo tú, madre.— Joffrey sonrió.— El rey y el Consejo han decidido que no hay hombre en los Siete Reinos más adecuado para guardar y proteger a Su Alteza que su escudo juramentado, Sandor Clegane.—¿ Qué te parece, Perro?— preguntó el rey Joffrey. El rostro cicatrizado del Perro no dejaba traslucir información. Se detuvo a pensar un largo instante.—¿ Por qué no? No tengo tierras, ni esposa. Y aunque tuviera, ¿ a quién le importaría?—
Torció el lado quemado de la boca—. Pero os lo advierto, no pienso prestar juramento como caballero.— Los Hermanos de la Guardia Real han sido siempre caballeros— dijo Ser Boros con firmeza.— Hasta ahora— replicó el Perro con voz áspera. Ser Boros se quedó en silencio. Cuando el heraldo del rey dio un paso al frente, Sansa comprendió que se acercaba el momento. Nerviosa, se alisó el tejido de la falda. Vestía de luto como muestra de respeto al difunto rey, pero había puesto especial cuidado en estar bonita. Llevaba el vestido de seda marfil que la reina le había regalado, el que Arya estropeara con la naranja, pero lo había teñido de negro y la mancha no se veía. Estuvo horas rebuscando entre sus joyas antes de optar por la elegante sencillez de una cadena de plata.
— Si alguien quiere presentar otros asuntos a Su Alteza— retumbó la voz del heraldo en la sala—, que hable ahora o que se mantenga en silencio.
« Ahora— se dijo Sansa, temblando de miedo—. Tiene que ser ahora, que los dioses me den valor.— Dio un paso, y otro. Los señores y caballeros se apartaron para dejarla pasar—. Tengo que ser tan fuerte como mi señora madre.»— Alteza— dijo con voz temblorosa. La altura del Trono de Hierro hacía que Joffrey dominara la sala mejor que nadie. Fue el primero en verla.— Adelantaos, mi señora— le dijo sonriente. Su sonrisa le dio valor, la hizo sentir hermosa y fuerte. « Me ama, me ama.» Sansa alzó la cabeza y se dirigió hacia él, ni muy despacio ni demasiado deprisa. No debía permitir que vieran lo nerviosa que estaba.— Lady Sansa, de la Casa Stark— anunció el heraldo. Se detuvo bajo el trono, al lado de la capa blanca, el yelmo y la coraza de Ser Barristan.—¿ Quieres presentar algún tema ante el rey y el Consejo, Sansa?— le preguntó la reina desde la mesa del Consejo.
— Así es.— Se arrodilló sobre la capa para no manchar su vestido, y alzó la vista hacia su príncipe, sentado en el temible trono negro—. Alteza, quiero pedir misericordia para mi padre, Lord Eddard Stark, que fue Mano del Rey.— Había ensayado aquellas palabras un centenar de veces.
— Me decepcionas, Sansa.— La reina dejó escapar un suspiro—. ¿ Qué te dije sobre la sangre del traidor?
— Vuestro padre ha cometido crímenes graves y espantosos, mi señora— entonó el Gran Maestre Pycelle.
— Pobrecilla, pobrecilla— suspiró Varys—. No es más que una niña, mis señores, no sabe lo que está pidiendo. Sansa sólo tenía ojos para Joffrey. « Tiene que escucharme, tiene que escucharme », pensó. El rey se movió inquieto en el trono.— Dejad que hable— ordenó—. Quiero escucharla.— Gracias, Alteza.— Sansa le dirigió una sonrisa tímida, secreta, sólo para él. La estaba escuchando. Lo sabía, lo sabía.— La traición es una semilla ponzoñosa— declaró Pycelle con solemnidad—. Hay que arrancarla de raíz, o nacerán nuevos traidores junto al camino.—¿ Negáis los crímenes de vuestro padre?— preguntó Lord Baelish.— No, mis señores.— Sansa sabía qué debía decir—. Sé que merece un castigo. Lo único que pido es piedad. Mi padre debe de lamentar lo que hizo. Era amigo del rey Robert, lo quería con todo su
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