literatura fantástica
Juego de tronos
Dice que debemos ser leales, y que cuando se case con Joffrey le suplicará que perdone la vida a nuestro señor padre.— Cerró el puño, arrugando la carta de Sansa—. Y no dice nada de Arya, nada, ¡ ni una palabra! ¡ Maldita sea! ¿ Esa chica es idiota o qué? Bran sintió que se helaba por dentro.— Perdió a su loba— dijo en tono débil, recordando el día en que cuatro guardias de su padre volvieron del sur con los huesos de Dama.
Verano, Viento Gris y Peludo habían empezado a aullar aun antes de que cruzaran el puente levadizo, y su aullido era triste, desolador. A la sombra del Primer Torreón había un pequeño cementerio donde los antiguos Reyes del Invierno habían enterrado a sus sirvientes más fieles. Allí enterraron ellos a Dama, mientras sus hermanos de carnada caminaban entre las tumbas como sombras inquietas. Se había ido al sur, y sólo habían regresado sus huesos.
Su abuelo, el viejo Lord Rickard, también había ido al sur con su hijo Branden, que era el hermano de su padre, y doscientos de sus mejores hombres. Ninguno de ellos regresó. Y su padre se había ido al sur, con Arya y Sansa, y también con Jory, Hullen, Tom el Gordo y los demás; y luego se habían ido su madre y Ser Rodrik, y ellos tampoco habían regresado. Y Robb quería irse. No a Desembarco del Rey, ni a jurar lealtad, sino a Aguasdulces, con una espada en la mano. Y si su padre estaba prisionero, aquello significaría sin duda la muerte para él. Bran tenía mucho, mucho miedo.
— Si Robb tiene que irse, velad por el— suplicó Bran a los antiguos dioses que lo vigilaban con los ojos rojos del árbol corazón—, y velad también por sus hombres, por Hal, y Quent, y los demás, y por Lord Umber y Lady Mormont y los otros señores. Y bueno, por Theon también. Velad por ellos y protegedlos, si es vuestra voluntad, dioses. Ayudadlos a detener a los Lannister y a salvad a padre, y que vuelvan todos sanos y salvos a casa.
Una tenue brisa susurró a través del bosque de dioses, y las hojas rojas se agitaron y murmuraron. Verano enseñó los dientes.—¿ Los has oído, chico?— preguntó una voz. Bran alzó la cabeza. Osha estaba al otro lado del estanque, bajo un roble viejo, con el rostro casi oculto entre las hojas. Pese a los grilletes, la salvaje se movía silenciosa como un gato. Verano rodeó el estanque y la olfateó. La mujer alta retrocedió, atemorizada.
— Ven aquí, Verano— llamó Bran. El lobo huargo la olfateó por última vez, se dio media vuelta y regresó con él. Bran le echó los brazos al cuello—. ¿ Qué haces aquí?— No había vuelto a ver a Osha desde que la cogieron prisionera en el Bosque de los Lobos, aunque sabía que la habían puesto a trabajar en las cocinas.
— También son mis dioses— dijo Osha—. Más allá del Muro no hay otros.— Le estaba creciendo el pelo, castaño y desgreñado. Ya parecía algo más femenina, gracias a eso y al sencillo vestido de tejido basto que le habían dado para sustituir la cota de mallas y las prendas de cuero—. Gage me permite venir a rezar de cuando en cuando, siempre que lo necesito, y yo le dejo hacer lo que quiera debajo de mi falda, siempre que lo necesita. A mí no me importa. Me gustan sus manos, huelen a harina, y es más amable que Stiv.— Hizo una torpe reverencia—. Te dejo solo. Me faltan muchas ollas por fregar.— No, quédate— ordenó Bran—. Dime qué querías decir con eso de oír a los dioses.— Tú les hablaste, y ellos respondieron— dijo Osha mirándolo detenidamente—. Abre las orejas, escucha, y los oirás. Bran prestó atención.— No es más que el viento— dijo, inseguro—. El viento entre las hojas.—¿ Y quién crees que envía el viento? Los dioses.— Se sentó frente a él, al otro lado del estanque, con un suave tintineo. Mikken le había puesto grilletes de hierro en los tobillos, unidos por una pesada cadena. Podía caminar, siempre que diera pasos cortos, pero no tenía manera de correr, trepar o montar a caballo—. Los dioses te ven, chico. Te han oído. Ese susurro entre las hojas es su respuesta.—¿ Y qué decían?— Están tristes. No pueden ayudar a tu señor hermano allí donde va. Los antiguos dioses no tienen poder en el sur, talaron los arcianos hace miles de años. ¿ Cómo van a velar por tu hermano, si no tienen ojos?
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