literatura fantástica
Juego de tronos
nada a cambio... nada excepto cierta aldea que le había sido arrebatada a su abuelo, y derechos de caza al norte de cierto río, y permiso para represar el Cuchillo Blanco, si al señor le parecía bien.
Robb respondía a todos con cortesía fría, de la misma forma que habría hecho su padre, y de alguna manera se las arregló para que se plegaran a su voluntad.
Y cuando Lord Umber, al que sus hombres llamaban el Gran Jon, que era tan alto como Hodor y el doble de ancho, lo amenazó con llevarse a sus huestes si durante la marcha lo situaban detrás de los Hornwood y los Cerwyn, Robb le dijo que podía hacerlo cuando gustara.
— Y cuando acabemos con los Lannister— siguió al tiempo que rascaba a Viento Gris detrás de la oreja—, volveremos al norte, os sacaremos a rastras de vuestro castillo y os colgaremos por romper vuestro juramento.
El Gran Jon maldijo a gritos, tiró una jarra de cerveza al fuego y aulló que Robb estaba tan verde que seguramente meaba hierba. Hallis Mollen fue a contenerlo, pero él lo derribó por tierra, saltó sobre una mesa, y desenvainó el espadón más grande y amenazador que Bran había visto en su vida. En los bancos sus hijos, sus hermanos y sus espadas juramentadas se pusieron en pie, con las manos sobre las empuñaduras de las espadas.
Robb se limitó a decir una palabra en voz baja, y en un abrir y cerrar de ojos se oyó un gruñido y Lord Umber se encontró tumbado de espaldas, con la espada girando en el suelo a un metro de él y la mano chorreando sangre, porque Viento Gris le había arrancado dos dedos de un mordisco.
— Mi señor padre me enseñó que desenfundar el arma contra el señor de uno significaba la muerte— dijo Robb—. Pero creo que sólo queríais ayudarme a cortar la carne.
A Bran se le hicieron agua las entrañas al ver que el Gran Jon se ponía en pie lamiéndose los muñones ensangrentados... pero entonces, para su sorpresa, el hombretón se echó a reír.— Vuestra carne— rugió— es jodidamente dura. Después de aquello el Gran Jon se convirtió en la mano derecha de Robb, en su defensor más acérrimo, proclamaba a gritos que el muchacho era un verdadero Stark, y que más valía que doblaran la rodilla ante él si no querían que se la arrancaran de un bocado.
Pero aquella misma noche su hermano fue a verlo al dormitorio, después de que los fuegos del Salón Principal se hubieran apagado. Estaba pálido y tembloroso.
— Pensé que me iba a matar— le confesó Robb—. ¿ Viste cómo tiró a Hal a un lado, como si fuera tan pequeño como Rickon? Dioses, qué miedo tuve. Y el Gran Jon no es el peor, únicamente el más escandaloso. Lord Roose nunca dice ni una palabra, solamente me mira, y yo en lo único en lo que puedo pensar es en aquella habitación que tienen en Fuerte Terror, donde los Bollón cuelgan los pellejos de sus enemigos.
— Eso no es más que uno de los cuentos de la Vieja Tala— dijo Bran. Pero había un loque de duda en su voz—. ¿ Verdad?
No lo sé.— Sacudió la cabeza, agolado—. Lord Cerwyn pretende que su hija viaje con nosolros al sur. Dice que para que le prepare las comidas. Theon está seguro de que la noche menos pensada me la encontraré bajo las mantas. Ojalá... ojalá estuviera padre aquí.
En eso estaban de acuerdo todos, Bran, Rickon y Robb el Señor; todos habrían deseado que su padre estuviera con ellos. Pero Lord Eddard se encontraba a mil leguas, cautivo en alguna mazmorra, o huyendo para salvar su vida, o tal vez muerto. Nadie lo sabía a ciencia cierta, cada viajero contaba una historia diferente, y cada una más aterradora que la anterior. Las cabezas de los guardias de su padre se pudrían empaladas en estacas, en los muros de la Fortaleza Roja. El rey Robert había muerto a manos de su padre. Los Baratheon asediaban Desembarco del Rey. Lord Eddard había huido hacia el sur con Renly, el malvado hermano del rey. El Perro había asesinado a Arya y a Sansa. Su madre había asesinado a Tyrion el Gnomo, y tenía su cadáver colgado de las murallas de Aguasdulces. Lord Tywin Lannister marchaba contra el Nido de Águilas, quemando aldeas enteras a su paso y asesinando a sus habitantes. Un cuentacuentos, ebrio como una cuba, había llegado a decir que Rhaegar Targaryen estaba de regreso de entre los muertos, al mando de una vasta horda de antiguos héroes, reunidos en Rocadragón, desde donde iba a recuperar el trono de su padre.
Cuando llegó el cuervo con una carta que tenía el sello de su padre, escrita del puño y letra de Sansa, la cruel verdad no fue menos increíble. Bran jamás olvidaría la expresión en el rostro de Robb al leer las palabras de su hermana.
— Dice que padre conspiró con los hermanos del rey para cometer traición— leyó—. El rey Robert ha muerto, y madre y yo debemos ir a la Fortaleza Roja para jurar lealtad a Joffrey.
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