canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 314
literatura fantástica
Juego de tronos
Bran no había calculado aquello. Le daba miedo. Si ni siquiera los dioses podían ayudar a su
hermano, todo estaba perdido. Aunque quizá Osha no hubiera entendido bien. Inclinó la cabeza a un
lado y escuchó de nuevo. Le pareció percibir la tristeza, sí, pero nada más.
El susurro entre las hojas se hizo más audible. Bran escuchó unas pisadas amortiguadas y un
canturreo, y Hodor salió de entre los árboles, desnudo y sonriente.
—¡Hodor!
—Nos ha debido de oír hablar —dijo Bran—. Hodor, se te ha olvidado la ropa.
—Hodor —asintió Hodor. Estaba chorreando del cuello para abajo, la piel le desprendía vapor
en el aire gélido. Tenía el cuerpo cubierto de un espeso vello castaño, y la virilidad entre las piernas le
colgaba larga, pesada.
—Esto sí que es un hombre —dijo Osha mirándolo con una sonrisa amarga—. Si no tiene
sangre de gigante, yo soy la reina.
—El maestre Luwin dice que los gigantes ya no existen. Dice que están todos muertos, igual
que los niños del bosque. Ya sólo quedan los huesos en la tierra; a veces los campesinos los
encuentran al arar.
—Pues dile al maestre Luwin que cabalgue más allá del Muro —dijo Osha—. Encontrará a los
gigantes, o los gigantes lo encontrarán a él. Mi hermano mató a una. Medía más de tres metros, y era
de las pequeñas. Los hay de casi cuatro metros. Dicen que son seres temibles, todo pelo
y dientes, y que las mujeres tienen barba igual que los varones, así que no hay manera de
diferenciarlos. Las hembras se acuestan con humanos, y así nacen los mestizos. A las humanas que
capturan no les va tan bien. Los hombres son tan grandes que las destrozan antes de poder dejarlas
preñadas. —Le sonrió—. Seguro que no sabes de lo que te hablo, ¿verdad, chico?
—Sí que lo sé —insistió Bran. Sabía todo lo de la cópula, había visto a los perros en el patio, y
una vez vio a un semental montando a una yegua. Pero hablar de aquello lo incomodaba. Miró a
Hodor y le dijo—: Ve a buscar tus ropas, Hodor. Vístete.
—Hodor. —El hombretón se alejó por donde había llegado, pero tuvo que agacharse para
esquivar una rama baja. Bran se lo quedó mirando. Era increíblemente grande, pensó.
—¿De verdad hay gigantes más allá del Muro? —preguntó a Osha, inseguro.
—Gigantes y cosas peores, joven señor. Intenté decírselo a tu hermano cuando me interrogó, y
también al maestre, y a ese chico, Grey-joy, que no hace más que sonreír. Se están levantando vientos
fríos, los hombres que se alejan de sus fuegos ya no vuelven... o si vuelven ya no son hombres, sino
espectros, con ojos azules y manos frías y negras. ¿Por qué crees que vine al sur con Stiv, Hali y el
resto de aquellos idiotas? Manee cree que puede luchar, es un encanto, pero tan testarudo... como si los
caminantes blancos no fueran más que exploradores. ¿Qué sabrá él? Se llena la boca diciendo que es el
Rey-más-allá-del-Muro, pero no es más que otro cuervo viejo que huyó de la Torre Sombría. Nunca ha
probado el invierno. Yo nací allí arriba, chico, igual que mi madre, y la madre de mi madre, y también
su madre. Nací del Pueblo Libre. Nosotros recordamos. —Osha se levantó, sus cadenas tintinearon—.
Intenté decírselo a tu señor hermano. Ayer mismo, cuando lo vi en el patio. Lo llamé «Mi señor
Stark», toda respetuosa. Pero él me miró como si no me viera, y ese gordo sudoroso, Gran Jon Umber,
me apartó a un lado de un manotazo. Pues como quiera. Llevaré grilletes y cerraré la boca. El hombre
que no quiere escuchar no puede oír.
—Cuéntamelo a mí. Robb me escuchará, estoy seguro.
—¿De verdad? Ya veremos. Pues dile esto, mi señor: dile que va a marchar en la dirección
que no debe. Tendría que llevar sus espadas hacia el norte, no hacia el sur. ¿Me entiendes?
Bran asintió.
—Se lo diré.
Pero aquella noche, durante el banquete del Salón Principal, Robb no estuvo presente.
Hizo que le llevaran la cena a sus habitaciones para tomarla con Lord Rickard, el Gran Jon y otros
señores vasallos, con intención de ultimar los planes para la larga marcha que los esperaba. A
Bran le correspondía ocupar su puesto en la cabecera de la mesa, y actuar como anfitrión para los
hijos de Lord Karstark y sus honorables amigos. Ya estaban todos en sus sitios cuando Hodor
entró con Bran en la espalda y se arrodilló ante el asiento más elevado. Dos criados lo sacaron de
la cesta. Bran sentía los ojos de todos los desconocidos clavados en él. Se había hecho un gran
silencio.
—Mis señores —anunció Hallis Mollen—, Brandon Stark, de Inver-nalia.
—Os doy la bienvenida junto a nuestros hogares encendidos —dijo Bran, con rigidez—, y
os ofrezco pan y aguamiel en nombre de nuestra amistad.
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